El libro

Phoebe Sommerville acaba de heredar el equipo de fútbol de los Chicago Stars, sólo hay un pequeño problema. Para que sea finalmente suyo, su padre ha estipulado en el testamento que el equipo deberá ganar la copa de la AFC sino el equipo pasará a ser propiedad de su primo.

Lo cierto es que tras esa condición existen otras cosas menos evidentes y es innegable que el testamento no deja de ser el último intento de su padre para que Phoebe haga lo que él quiere.

 

 

Al principio Phoebe intenta negarse a seguirle el juego, pero presionada por el jefe de entrenadores del equipo, Dan Calebow, al final decide intentarlo.

Entre Dan y Phoebe saltan las chispas desde el principio, ambos se sienten irremediablemente atraídos, pero a Phoebe le asustan los hombre grandes y dominantes como Dan y Dan quiere conocer a una chica hogareña y maternal para por fin dejar de dar tumbos. Por supuesto, la hermosa Phoebe no podía estar más lejos de ese prototipo.

 

 

 

 

 

¿Qué se puede esperar de un libro con estos ingredientes?

 

Veamos, hagamos resumen de ellos: Una rubia tonta y escultural, un machote dominante y agresivo, un equipo de fútbol sin rumbo, un director general inexperto, una hermanastra borde y desagradable, un primo cabrón, un padre machista y cómo no, una caniche mimada.

Pues lo que yo encontré es uno de los mejores libros que me he leído nunca. Ya desde el principio SEP —una verdadera artista a la hora de dibujar personajes y situaciones, con diálogos dinámicos y brillantes— nos deja claro que nada es lo que parece. Que la rubia tonta no es sino lista, que el machote dominante tiene un lado tierno y oscuro, que el director general en realidad lleva años dirigiendo el equipo y que la hermanastra lo que siente es inseguridad (eso sí, al cabrón del primo no lo salva nadie desde el principio y no tengo palabras lo suficientemente insultantes para hablar del padre)

El libro va entrelazando los personajes con maestría, nos va mostrando por qué cada uno de ellos es como es ahora. Lo que ha padecido Phoebe para comportarse como una vampiresa cuando en realidad siente miedo de los hombres y como Dan no quiere otra cosa que la familia que no pudo tener en su infancia.

La cosa es que la química entre ellos es —muy a su pesar— intensa y pronto sucumben una y otra vez a ella hasta que finalmente todas las piezas encajan para darse cuenta que no podía ser de otra manera. It had to be you, el título —además de una fabulosa canción de Rod Steward— viene a decir eso, que tenía que ser así, que para cada uno de ellos no existía otra persona. El final del libro es trepidante, todo se desencadena muy rápido, mostrándonos como, por muy increíble que parezca, una situación extrema tiene la facultad de poner todas las prioridades en su justo lugar.

Le pongo a este libro un diez. Ha pasado a ser uno de mis favoritos, uno de esos libros que te llevarías a una isla desierta o que salvarías de un incendio.

 

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