Capitulo 1

CÁZAME SI PUEDES

 

A nuestros hijos…
y las mujeres que aman

 

1

 

De no haberse encontrado con el cuerpo de un hombre debajo de Sherman, Annabelle no habría llegado tarde a su cita con la Pi­tón. Pero dos pies descalzos y sucios asomaban de debajo del viejo Crown Victoria de Nana. Un prudente vistazo reveló que pertene­cían a un sin techo conocido únicamente por el mote de Ratón, fa­moso en el barrio de Wicker Park por su falta de higiene y su afi­ción al vino de garrafa. Cerca del pecho del hombre, que subía y bajaba al ritmo de sus húmedos ronquidos, había una botella de ta­pón de rosca. Tan importante era para ella su cita con la Pitón, que consideró por un instante la posibilidad de sacar el coche haciendo una maniobra alrededor del cuerpo. Pero su plaza de aparcamien­to tenía el espacio justo.
Había previsto un tiempo más que suficiente para vestirse y ha­cer el trayecto hasta el centro para su cita a las once de la mañana. Por desgracia, no hacía más que topar con obstáculos, empezando por el señor Bronicki, que la abordó en la puerta del edificio y se negó a dejarla marchar hasta espetarle todo lo que tenía que decir­le. No obstante, el incidente con el vagabundo aún no constituía una emergencia. Sólo tenía que sacar a Ratón de debajo de Sherman.
Le dio un suave puntapié en el tobillo y, al hacerlo, notó que la mezcla de jarabe de chocolate Hershey’s y cola Elmer que había aplicado a una rozadura en el tacón de sus sandalias de tiras favori­tas no ocultaba el daño por completo.
—¿Ratón?
Le dio un golpe un poco más fuerte.
—Ratón, despierta. Tienes que salir de ahí.
Nada. De no ser por sus ruidosos ronquidos, habría podido tra­tarse de un cadáver.
Lo sacudió con mayor vigor.
—No es por nada, ¿sabes?, pero éste es el día más importante de mi vida profesional. No me vendría mal un poco de cooperación.
Ratón no estaba por la labor.
Necesitaba un punto de apoyo. Apretando los dientes, se reco­gió cuidadosamente la falda del traje de seda cruda amarillo pálido que había comprado el día anterior en unas rebajas con un sesenta por ciento de descuento y se puso en cuclillas junto al parachoques.
—Si no sales ahora mismo, avisaré a la policía.
Ratón resopló.
Annabelle hincó los tacones en el suelo y tiró de los mugrien­tos tobillos. Sintió en la nuca el latigazo del sol de la mañana. Ratón se dio la vuelta hasta que su hombro chocó con el bastidor. Annabelle volvió a tirar de él. Debajo de la chaqueta, la blusa sin man­gas que había elegido para complementar los pendientes de lágrima de perla de Nana empezó a pegársele a la piel. Procuró no pensar en lo que le estaría ocurriendo a su pelo. No era el mejor día para quedarse sin gel fijador, y rogó para que el aerosol de máxima fi­jación Aqua Net que había encontrado bajo el lavabo fuese capaz de mantener a raya la rebelión de sus rizos rojos, una maldición permanente en su vida, sobre todo durante los húmedos veranos de Chicago.
Si no conseguía sacar a Ratón en cinco minutos, acabaría meti­da en un serio problema. Se dirigió hacia la puerta del conductor. Sus tacones crujieron cuando volvió a inclinarse y miró la cara con la mandíbula suelta del vagabundo.
—Ratón, ¡levántate! ¡No puedes quedarte ahí!
Un ojo sucio se entreabrió sólo para volver a cerrarse.
—¡Escúchame! Si sales de ahí, te daré cinco dólares.
Ratón movió la boca y dejó escapar un ruido gutural junto con un hilo de saliva:
—Jamen… paz.
El olor hizo que a Annabelle le lagrimearan los ojos. <<¿Por qué tuviste que elegir justamente hoy para perder el conocimiento deba­jo de mi coche? —pensó—. ¿No podrías haber elegido el coche de Bronicki?>> El señor Bronicki estaba jubilado, vivía enfrente y dedicaba su tiempo a pergeñar nuevas maneras de hacerle la vida imposible.
Quedaba poco tiempo y empezó a dejarse llevar por el pánico.
—Quieres acostarte conmigo? Si sales, podríamos discutirlo.
Más babas y ronquidos hediondos. Era un caso perdido. Anna­belle se incorporó de un salto y corrió hacia su casa.
Diez minutos más tarde consiguió que saliera con el reclamo de una lata de cerveza abierta. Annabelle había tenido días mejores.
Cuando consiguió sacar a Sherman del callejón, sólo tenía vein­tiún minutos para sortear el tráfico hasta el centro y encontrar apar­camiento. Tenía las piernas sucias, la falda arrugada y se había roto una uña al abrir la lata de cerveza. El medio kilo de más que desde la muerte de Nana había acumulado en su cuerpo de huesos peque­ños ya no le parecía un verdadero problema.
Las 10.39.
No podía arriesgarse a quedarse parada en la autopista Ken­nedy, así que cogió un atajo por División. En el retrovisor vio cómo otro rizo se liberaba de la opresión del fijador y la frente se le em­papaba de sudor. Cogió un desvío por Halsted para evitar otro tra­mo en obras. Mientras maniobraba el enorme vehículo en medio del tráfico, se restregó la suciedad de las piernas con el papel de cocina húmedo que había traído de casa. ¿Por qué Nana no pudo elegir un pequeño y bonito Honda Civic en lugar de aquel repug­nante armatoste verde devorador de combustible? Con su metro sesenta de estatura, Annabelle tenía que sentarse sobre un cojín para poder ver por encima del volante. Nana nunca se había toma­do la molestia de colocar un cojín, pero también es verdad que ape­nas conducía. Después de doce años de uso, el cuentakilómetros de Sherman no llegaba a los 63.000.
Un taxi le cerró el paso. Tocó el claxon con rabia, y un hilo de sudor se deslizó entre sus pechos. Echó un vistazo a su reloj: las 10.50. Intentó recordar si se había puesto desodorante después de ducha. Por supuesto que sí. Siempre lo hacía. Levantó el brazo para asegurarse, pero ni bien aspiró se metió en un bache y su boca chocó contra la solapa de su chaqueta, dejando una mancha de ba­rra de labios pardo rojizo.
Profirió una exclamación de disgusto y extendió el brazo hasta otro extremo del largo asiento frontal, sólo para dejar caer el bolso en el Gran Cañón de los bajos. El semáforo de Halsted y Chica­go se puso en rojo. Annabelle sintió que el cabello se le estaba pe­gando a la nuca y cada vez había más rizos sueltos. Intentó practi­car su respiración yoga, pero sólo había asistido a una clase y no sirvió de nada. ¿Por qué Ratón tuvo que elegir justamente ese día, en que el futuro financiero de Annabelle estaba en juego, para dor­mir la mona bajo su coche?
Entró lentamente en el Centro. Las 10.59. Otro tramo en obras. Pasó junto al Daley Center. No tuvo tiempo para su práctica habi­tual de patrullar las calles hasta encontrar una plaza con parquí­metro lo suficientemente grande para Sherman. En lugar de eso se metió en el primer párking (exorbitantemente caro) que encontró, arrojó las llaves del coche al encargado y salió a la calle a la carrera.
Las 11.05. No hacía falta entrar en estado de pánico. Sencilla­mente explicaría lo de Ratón. Sin duda, la Pitón lo entendería.
O no.
Una ráfaga de aire acondicionado la golpeó al entrar en el vestí­bulo de un imponente edificio de oficinas. Las 11.08. El ascensor estaba felizmente vacío, y oprimió el botón de la decimocuarta planta.
«No dejes que te intimide —le había dicho Molly por teléfo­no—. La Pitón se alimenta del miedo.»
Para ella era fácil decirlo. Molly tenía una vida envidiable, con un atractivo jugador de fútbol americano por marido, una magnífi­ca carrera y dos hijos adorables.
Las puertas se cerraron. Annabelle se vio a sí misma en la pared espejada e hizo una mueca de disgusto. Su traje de seda cruda se ha­bía convertido en una masa informe de arrugas de color amarillo pálido, la falda estaba sucia por un lado y la marca de barra de la­bios de la solapa llamaba la atención como un cartel luminoso. Y lo peor de todo era que su pelo se estaba liberando, rizo por rizo, del fijador; los mechones que se soltaban caían sin vida a los lados de la cara como los muelles de un colchón arrojados por la ventana de un tugurio y abandonados a la voracidad del óxido en un callejón.
Por lo general, cuando le disgustaba su aspecto —que incluso su propia madre describía como «mono»—, se decía a sí misma que de­bía sentirse agradecida por unos rasgos nada desdeñables: unos bo­nitos ojos color miel, pestañas gruesas y un cutis suave con una decena de pecas más o menos. Pero ninguna dosis de pensamiento positivo podía evitar que la imagen que le devolvía el espejo la horrorizara. Se puso a ocultar un par de rizos detrás de las orejas y a alisar la falda, pero las puertas del ascensor se abrieron antes de que consiguiera reparar al menos una parte del estropicio.
Las 11.09.
Delante de ella había una pared de cristal en la que, con letras doradas, rezaba: CHAMPION. GESTIÓN DEPORTIVA. Recorrió de­prisa el pasillo alfombrado y abrió una puerta con asa de metal. En la zona de recepción había un sofá de piel y sillones a juego, fotos de ocasiones deportivas enmarcadas y un televisor de pantalla grande en el que se veía un partido de béisbol sin sonido. La recepcionista tenía el cabello corto de un gris acerado y unos labios muy finos. Reparó en el aspecto descuidado de Annabelle a través de unas gafas de lectura metálicas de color azul.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Soy Annabelle Granger. Tengo una cita con la Pi… Con el se­ñor Champion.
—Me temo que llega tarde, señorita Granger.
—Sólo diez minutos.
—Diez minutos era todo el tiempo que el señor Champion po­día dedicarle.
Sus sospechas se vieron confirmadas. Había aceptado verla sólo porque Molly insistió, y no quería quedar mal con la esposa de su mejor cliente. Echó un vistazo desesperado al reloj de la pared.
—En realidad, sólo me he retrasado nueve minutos. Me queda un minuto.
—Lo siento. —La recepcionista le dio la espalda y empezó a te­clear en el ordenador.
—Un minuto —suplicó Annabelle—. Es todo lo que pido.
—Me temo que no puedo hacer nada.
Annabelle necesitaba ese encuentro, y lo necesitaba ya. Giró so­bre sus tacones y corrió hacia la puerta al otro extremo de la sala de recepción.
—¡Señorita Granger!
Entró como una exhalación en un pasillo abierto con sendos despachos a los lados, uno de ellos ocupado por dos jóvenes con traje y corbata. Ignorándolos, se dirigió hacia una imponente puerta de caoba situada en el centro de la pared trasera y giró el pomo.
El despacho de la Pitón era del color del dinero: paredes lacadas en jade, alfombra gruesa de color musgo, y muebles tapizados en distintos tonos de verde resaltados con cojines rojo sangre. Detrás del sofá colgaba una colección de fotos periodísticas, junto con una señal en metal blanco oxidado y el nombre BEAU VISTA impreso en letras mayúsculas negras algo descoloridas. Adecuado, consideran­do los ventanales que dominaban el lago Michigan a la distancia.
La propia Pitón estaba sentada detrás de un elegante escritorio en for­ma de U, su sillón de respaldo alto orientado hacia la vista del lago. Al alcance de la mano tenía un ordenador de sobremesa de última generación, un pequeño portátil, un BlackBerry y un sofisticado te­léfono negro con suficientes botones como para hacer aterrizar un Jumbo. Junto al teléfono descansaban unos cascos de ejecutivo. La Pitón hablaba directamente al auricular.
—El sueldo del tercer año parece prometedor, pero no si rescin­den antes el contrato —dijo en una voz resonante y clara con acen­to del Medio Oeste—. Sé que es un riesgo, pero si firmas por un año podemos jugar en el mercado libre. —Annabelle sólo alcanzaba a ver una muñeca fuerte y bronceada, un reloj sólido y unos dedos largos sujetando el auricular—. En cualquier caso, eres tú quien tiene que tomar la decisión, Jamal. Lo único que puedo hacer es aconsejarte.
La puerta se abrió a su espalda y la recepcionista entró precipi­tadamente.
—Lo siento, Heath. Se me ha colado.
La Pitón se volvió lentamente en su sillón, y Annabelle sintió como si le hubieran asestado un golpe en el estómago.
Tenía una mandíbula cuadrada y fuerte, y todo en él era la pro­clamación del hombre con arrestos que se ha hecho a sí mismo…, el tipo duro que había suspendido en seducción las primeras dos veces pero que finalmente había conseguido aprobar el tercer examen. El color de su pelo, grueso y vigoroso, era una mezcla entre portafo­lios de piel y botella de Budweiser. Su nariz recta transmitía con­fianza en sí mismo, y sus cejas oscuras, audacia. Una de ellas estaba hendida cerca del extremo por una fina cicatriz pálida. Las líneas bien perfiladas de sus labios sugerían escasa tolerancia con la gente estúpida, una pasión por el trabajo duro rayana en la obsesión y, po­siblemente —aunque esto último podía ser producto de su imaginación—, la determinación de poseer un pequeño chalet cerca de Saint Tropez antes de cumplir los cincuenta. De no ser por una vaga irregularidad en sus facciones, habría sido insoportablemente atrac­tivo. En cambio, era un tipo extremadamente guapo. ¿Para qué ne­cesitaba una casamentera un hombre así?
Sin dejar de hablar por teléfono, le dirigió una mirada. Sus ojos eran exactamente del mismo color verde que un billete de cien dó­lares con los bordes quemados con desagrado.
—Para eso me pagas, Jamal. —Contempló el aspecto desaliña­do de Annabelle y lanzó una mirada dura a la recepcionista—. Ha­blaré esta tarde con Ray. Cuida ese ligamento. Y dile a Audette que le voy a enviar otra caja de grande cuvée Krug.
—Tu cita de las once —explicó la recepcionista tan pronto hubo colgado—. Le dije que había llegado demasiado tarde para verte.
Apartó un ejemplar de Pro Football Weekly. Sus manos eran an­chas y tenía las uñas limpias y cuidadosamente cortadas. Aún así, no era difícil imaginarlas pringadas en aceite de motor. Ella observó la corbata azul marino que probablemente costaba más que todo su atuendo y el corte perfecto de su camisa azul pálido, que sólo podía haber sido hecha a la medida para acomodar la amplitud de sus hom­bros antes de estrecharse hacia la cintura.
—Al parecer, es dura de oído. —Al girarse en su sillón, dejó en­trever unos pectorales impresionantes. Incómoda, Annabelle pen­só en una clase de ciencias del bachillerato sobre pitones que recor­daba vagamente.
Devoraban entera a su presa, empezando por la cabeza.
—¿Quieres que llame a seguridad? —preguntó la recepcionista.
A él le bastó volver sus ojos de predador hacia ella para desar­marla y dejarla a punto para asestarle uno de esos golpes mortales. A pesar del esfuerzo que había hecho por pulir todas las asperezas, no podía ocultar al camorrista de bar que llevaba dentro.
—Creo que me las podré arreglar solo.
Annabelle experimentó un arrebato sexual…, tan inoportuno, tan fuera de lugar, que tropezó con una de las sillas. Nunca se había sentido cómoda en presencia de hombres excesivamente seguros de sí mismos, y la imperiosa necesidad de impresionar a aquel espécimen en particular hizo que maldijera en silencio su torpeza, además de su aspecto ajado y su cabellera de Medusa.
Molly le había aconsejado que fuera agresiva. «Se ha abierto paso a golpes hasta la cumbre, cliente tras cliente. Heath Champion no conoce otra cosa que la fuerza bruta.» Pero Annabelle no era una persona naturalmente agresiva. Todos se aprovechaban de ella, des­de los empleados bancarios hasta los taxistas. Apenas una semana antes había perdido un pulso con un chico de nueve años de edad al que había pillado tirando huevos a Sherman. Incluso su propia fa­milia, especialmente su propia familia, se aprovechaba de ella.
Y estaba harta. Harta de que la tratasen con condescendencia, harta de que todo el mundo la utilizara, harta de sentirse fracasada. Si se echaba atrás ahora, ¿dónde acabaría? Miró sus ojos color verde dinero y supo que había llegado la hora de recurrir a la reserva ge­nética de los Granger y mostrarse implacable.
—Me encontré un cadáver bajo el coche. —Era casi verdad. Ra­tón había sido un peso muerto.
Afortunadamente, la Pitón no pareció impresionada; proba­blemente había dejado tantos cadáveres en su carrera hacia la cima que el concepto mismo de la muerte le aburría. Soltó un profundo suspiro.
—Toda esa burocracia… hizo que me retrasara. Si no, habría llegado puntual. Más que puntual. Soy extraordinariamente res­ponsable. Y profesional. —Se quedó sin aire—. ¿Le importa que me siente?
—Sí.
—Gracias. —Annabelle se dejó caer en el sillón más cercano.
—Es dura de oído, ¿verdad?
—¿Cómo?
El la escrutó unos instantes antes de dirigirse a su recepcionista:
—No me pases llamadas durante cinco minutos, Sylvia, a me­nos que se trate de Phoebe Calebow. —La mujer salió, y él dejó es­capar un suspiro de resignación—. Supongo que usted es la amiga de Molly. —Incluso sus dientes resultaban intimidantes: fuertes, cuadrados y muy blancos.
—Compañeras de colegio.
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
—No quiero ser grosero, pero no ando sobrado de tiempo.
¿A quién quería tomar el pelo? Lo suyo era ser grosero. Se lo imaginó en la universidad, sacando por la ventana del dormitorio algún pobre empollón o riéndose a la cara de alguna novia sollozante y presumiblemente embarazada. Adoptó una postura más recta a fin de transmitir confianza en sí misma.
—Soy Annabelle Granger, de Perfecta para Ti.
—La casamentera. —Sus dedos dejaron de tamborilear sobre la mesa.
—Prefiero considerarme una facilitadora de bodas.
—Vaya. —Volvió a taladrarla con aquellos ojos de dinero acu­mulado—. Molly me dijo que su empresa se llama algo así como Myrna la Casamentera.
Demasiado tarde. Cayó en la cuenta de que había pasado por al­to aquel punto específico durante sus conversaciones con Molly.
—Bodas Myrna fue fundada en los setenta, por mi abuela. Mu­rió hace tres meses. Desde entonces, he estado modernizando la empresa, y también le he dado un nuevo nombre que refleja nues­tra filosofía de servicio personalizado para el directivo exigente. «Lo siento, Nana, pero tenía que hacerlo.»
—¿Cómo es de grande su empresa exactamente?
Un teléfono, un ordenador, el viejo y polvoriento archivador de Nana y ella misma.
—Es de un tamaño manejable. Creo que la clave de la flexibi­lidad es trabajar con el personal justo. —Y agregó—: Aunque here­dé la empresa de mi abuela, estoy perfectamente cualificada para di­rigirla.
Su preparación consistía en una licenciatura en artes escénicas por la Northwestern que nunca había utilizado oficialmente, un efí­mero periodo en una «punto com» que había quebrado, una aso­ciación en una tienda de regalos fracasada y, más recientemente, un puesto en una agencia de colocación que había tenido que cerrar.
El se retrepó en su sillón.
—Iré al grano. He firmado un contrato con Portia Powers.
Annabelle estaba preparada para ello. Portia Powers, de Parejas Power, dirigía la agencia matrimonial más exclusiva de Chica­go, Powers había levantado su negocio gracias a altos ejecutivos demasiado atareados para encontrar a las mujeres-trofeo que deseaban y con dinero suficiente para pagar sus exorbitantes honorarios. Tenía buenas conexiones, era agresiva y con reputación de despiadada, aunque esta opinión provenía de su competencia y, por tanto, podía ser producto de la envidia. Puesto que Annabelle no la conocía en persona, prefirió no hacer un juicio de valor.
—Estoy al corriente, pero eso no le impide beneficiarse de Per­fecta para Ti.
Él dirigió la vista hacia los botones parpadeantes de su teléfono, la frente surcada por una línea vertical de impaciencia.
—¿Por qué habría de hacerlo?
—Porque trabajaré para usted con más ahínco del que se pueda imaginar. Y porque le presentaré un grupo de mujeres con cerebro y credenciales, mujeres que no le aburrirán cuando haya desapare­cido la novedad.
Él arqueó una ceja.
—Cree que me conoce bien, ¿eh?
—Señor Champion —«Ése no puede ser su nombre verdade­ro»—, evidentemente está acostumbrado a rodearse de mujeres hermosas, y estoy segura de que ha tenido más oportunidades de casarse con ellas que las que se pueden contar con los dedos de las manos. Pero no lo ha hecho. Eso significa que busca una mujer más polifacética que una simple esposa despampanante.
—Y no cree que la pueda encontrar con Portia Powers.
No le gustaba hablar mal de la competencia, a pesar de que sa­bía que Powers le presentaría justamente a modelos y famosas.
—Sólo sé lo que Perfecta para Ti le puede ofrecer, y creo que quedará impresionado.
—Apenas tengo tiempo para Parejas Power, mucho menos para añadir otra persona a la ecuación. —Se levantó del sillón. Era alto, así que tardó un poco en incorporarse.
Ella ya había reparado en la amplitud de sus hombros. Ahora contempló el resto. Tenía un cuerpo atlético y musculoso, sin un ápice de grasa. Si te iban los hombres con abundante testosterona y te gustaba llevar una vida sexual peligrosa, él era el candidato per­fecto a ocupar el primer lugar en tu lista de marcación rápida. No es que Annabelle estuviese pensando en su vida sexual. Al menos, no lo había hecho hasta que él se puso en pie.
Se inclinó sobre su escritorio y le tendió la mano.
—Buen intento, Annabelle. Gracias por su tiempo.
No estaba dispuesto a darle una oportunidad. Nunca había es­tado dispuesto a hacer nada más que cumplir con el guión para contentar a Molly. Annabelle pensó en el esfuerzo que le había supuesto llegar allí, los veinte pavos que le costaría sacar a Sherman del parking, el tiempo que había dedicado a averiguarlo todo acerca del exitoso pueblerino de treinta y cuatro años de edad que tenia ante ­sí. Pensó en las esperanzas puestas en ese encuentro, en su sueño de hacer de Perfecta para Ti una empresa única y prestigiosa. Varios años de frustración alimentada por juicios estúpidos, mala suerte y oportunidades perdidas empezaron a hervir en su interior.
Se puso en pie de un salto sin responder a la mano tendida, e inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—¿Recuerda aún lo que era ser rechazado, señor Champion, o fue hace mucho tiempo? ¿Recuerda cuando tenía tantas ansias por cerrar un trato que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por conse­guirlo? Conducir toda la noche para desayunar con un candidato al Heisman. Pasar horas y horas en el aparcamiento del campo de los Bears tratando de atraer la atención de alguno de los veteranos. ¿Y cuando se levantaba de la cama aunque estuviera con un resfria­do galopante para pagar la fianza del cliente de otro agente?
—Veo que ha hecho sus deberes. —Dirigió una mirada impa­ciente a los parpadeantes botones del teléfono, pero no la echó, así que ella siguió hablando.
—Cuando empezó en este negocio, jugadores como Kevin Tucker no tenían tiempo para concederle una entrevista. ¿Recuerda cómo se sentía? ¿Recuerda cuando los periodistas no lo llamaban para pe­dirle información confidencial? ¿Cuando no llamaba por su nombre de pila a todo el que es alguien en la Liga Nacional de Fútbol?
—Si le digo que me acuerdo, ¿se irá? —Cogió los auriculares abandonados junto al teléfono.
Annabelle apretó los puños con la esperanza de sonar más apa­sionada que chiflada.
—Lo único que quiero es una oportunidad. La misma oportu­nidad que usted tuvo cuando Kevin rompió el contrato con su agente y puso su carrera en manos de un enteradillo en deportes que hablaba muy deprisa y se había abierto camino desde un pueblucho insignificante del sur de Illinois hasta la Facultad de Derecho de Harvard.
El volvió a sentarse en su sillón, con una ceja ligeramente enar­cada.
—Un muchacho de origen humilde que jugaba al fútbol para ganarse la beca universitaria, pero que confiaba en su cerebro pa­ra salir adelante. Un chico con grandes sueños y una sólida ética de trabajo como única carta de presentación. Un joven que…
—Deténgase antes de que me salten las lágrimas —la interrum­pió en tono seco.
—Sólo le pido una oportunidad. Déjeme organizar un encuen­tro. Uno solo. Si no le gusta la mujer elegida, no volveré a moles­tarlo más. Por favor. Haré lo que sea.
Estas últimas palabras atrajeron su atención. Puso a un lado los auriculares, inclinó el sillón hacia atrás y se frotó la comisura de los labios con el pulgar.
—¿Lo que sea?
Annabelle sostuvo la mirada escrutadora.
—Lo que haga falta —dijo.
La mirada siguió un calculado recorrido desde la despeinada ca­bellera roja hasta la boca, y luego descendió por el cuello hasta los pechos.
—Bueno, hace mucho que no echo un polvo.
Notó cómo se le relajaban los músculos del cuello. La Pitón es­taba jugueteando con ella.
—Entonces, ¿por qué no le buscamos una solución permanen­te? —Cogió su bolso de piel de imitación y sacó la carpeta con el material que había terminado de preparar a las cinco de la mañana—. Aquí encontrará más información sobre Perfecta para Ti. He in­cluido nuestra declaración de principios, un programa y nuestro es­quema de precios.
Después de divertirse un poco, volvió a los negocios.
—Me interesan los resultados, no las declaraciones de princi­pios.
—Y eso es lo que obtendrá.
—Veremos.
Ella tomó aire con dificultad.
—¿Quiere decir que…?
Él cogió el auricular del teléfono y se lo pasó alrededor del cuello, dejando que el cable colgara sobre la camisa como una serpentina.
—Tiene una oportunidad. Mañana por la noche. Presénteme a su mejor candidata.
—¿De verdad? —Se le aflojaron las rodillas—. ¡Fantástico! Pero…, necesito aclarar qué busca exactamente.
—Demuéstreme lo buena que es. —Volvió a coger el auriculares—. A las nueve en el Sienna’s, en Clark Street. Preséntenos, pero no nos deje solos. Siéntese a la mesa con nosotros y mantenga viva la conversación. Trabajo muy duro en lo mío. No tengo ganas de hacerlo también en esto.
—¿Quiere que me quede?
—Veinte minutos exactamente. Luego llévesela con usted.
—¿Veinte minutos? ¿No cree que lo puede encontrar un poco… ofensivo?
—No si es la mujer adecuada. —Le dedicó su sonrisa de chico de pueblo—. ¿Y sabe por qué, señorita Granger? Porque la chica adecuada es demasiado dulce para sentirse ofendida. Ahora már­chese de aquí antes de que me arrepienta.
Lo hizo.

***

Cuando entró en el lavabo del McDonald’s, Annabelle ya había dejado de temblar. Se puso unos pantalones capri, una camiseta sin mangas y unas sandalias. La experiencia vivida no había hecho sino reforzar su fobia a las serpientes. Pero otras mujeres no se llevarían la misma impresión de Heath Champion. Era rico, tenía éxito y es­taba como la gloria, lo que lo convertía en el partido de ensueño, siempre y cuando no diese un susto de muerte a las mujeres con las que se citara, lo que constituía una posibilidad nada desdeñable. Lo único que tenía que hacer era encontrar a la mujer adecuada.
Se recogió el pelo que caía desordenado sobre la cara con un par de pasadores. Prefería llevar el pelo corto para mantenerlo bajo con­trol, pero sus mechones rizados le daban un aspecto de estudiante de primer año de universidad antes que de profesional seria, de mo­do que había decidido hacer de tripas corazón y dejárselo crecer. No era la primera vez que deseaba tener ahorrados quinientos dó­lares para que se los alisara un profesional, pero ni siquiera podía pagar los gastos de casa.
Guardó los pendientes de perlas de Nana en una cajita Altoids y tomó un trago de agua tibia de uno de los botellines que había de­senterrado del asiento trasero de Sherman. Solía tener el coche bien abastecido: snacks y botellas de agua; compresas y artículos de to­cador; sus nuevos folletos y tarjetas de visita; unas mancuernas por si le entraban ganas de hacer ejercicio, lo que rara vez ocurría, y, des­de hacía poco, una caja de preservativos en caso de que alguno de sus clientes sintiera de pronto una necesidad imperiosa, si bien Ernie Marks y John Nager no eran, precisamente, hombres impul­sivos. Ernie era el director de una escuela de enseñanza primaria, ca­riñoso con los niños pero inseguro con las mujeres, y John el hipo­condríaco era incapaz de echar un polvo sin hacer que su pareja se sometiese a todas las pruebas pertinentes en la Clínica Mayo.
De una cosa estaba segura: nunca se vería en la tesitura de tener que darle condones de emergencia a Heath Champion. Un hombre como él iba siempre preparado.
Frunció la nariz. Había llegado la hora de sobreponerse a sus antipatías. Deba igual que fuera prepotente y autoritario, además de demasiado rico y exitoso para su propio bien. Era la clave de su fu­turo económico. Si quería que Perfecta para Ti saliese adelante co­mo un servicio matrimonial especializado de alta categoría, tenía que conseguirle una esposa. Si se la conseguía, la noticia se propa­garía y Perfecta para Ti se convertiría en la empresa matrimonial de moda en Chicago. Algo de lo que distaba mucho de ser en la actua­lidad, porque heredar el negocio de su abuela también había su­puesto heredar los clientes que le quedaban. Aunque Annabelle ha­cía lo posible por honrar la memoria de Nana, había llegado la hora de dar el salto.
Se echó un chorro de jabón líquido en las manos y consideró su lugar en el mundo empresarial. Había agencias matrimoniales para todos los gustos, y el auge de los servicios de contactos por Internet había obligado a muchas empresas tradicionales como la suya a cerrar mientras otras se mataban por encontrar su lugar. Ofrecían encuentros grupales, veladas nocturnas y excursiones de aventura. Algunas organizaban cenas para solteros, mientras que otras se especializaban en licenciados de universidades prestigio­sas o en miembros de determinadas confesiones religiosas. Unas pocas, como Parejas Power, se mantenían a flote como «servicios para ricos» y sólo aceptaban clientes varones a los que cobraban pasmosas sumas por presentarles mujeres hermosas.
Annabelle estaba dispuesta a hacer de Perfecta para Ti una empresa distinta de todas las demás. Quería que su nombre fuera el primero en venir a la mente de los solteros, tanto hombres como mujeres, de clase alta de Chicago, dispuestos a dar el paso del com­promiso y conscientes de que la mejor manera de hacerlo es a tra­vés de un servicio personalizado tradicional. Ya tenía algunos clientes de los cuales Ernie y John eran los más recientes—, pero no los suficientes para que la empresa fuera rentable. Y hasta que no se hiciera un nombre, no podría elevar las tarifas. Encontrar pareja a Heath Champion le permitiría conseguir esos clientes selectos y aumentar sus tarifas. Pero seguía sin entender por qué él no había sido capaz de encontrar esposa.
Tendría que dejar sus especulaciones para más tarde, porque era hora de ponerse a trabajar. Se había propuesto pasar la tarde visi­tando los cafés del centro, terreno fértil para buscar tanto futuros clientes como posibles parejas para los que ya tenía, pero eso fue an­tes de saber que no disponía de mucho tiempo para encontrar una candidata que dejase sin habla a Heath Champion.
Sintió el calor que desprendía el asfalto mientras atravesaba el párking en dirección a su coche. Había un olor a frituras y gases de tubo de escape en el aire. Junio estaba empezando y Chicago ya ha­bía declarado el primer día de Protección de la Capa de Ozo­no del verano. Tiró el traje amarillo completamente ajado en un cu­bo de basura para no tener que volver a verlo.
Su móvil sonó mientras se montaba en el sofocante coche. Abrió la puerta para poder respirar.
—Annabelle.
—Annabelle, tengo una gran noticia.
Suspiró y apoyó la frente sobre el volante caliente. Justo cuan­do creía que lo peor ya había pasado.
—Hola, mamá.
—Tu padre ha hablado con Doug hace una hora. Tu hermano es oficialmente vicepresidente. Lo anunciaron esta mañana.
—¡Es fantástico!
Y aunque Annabelle no cabía en sí de alegría y entusiasmo, la percepción extrasensorial de su madre no se hizo esperar:
—Por supuesto que es fantástico —dijo bruscamente—. De ver­dad, Annabelle, no sé por qué tienes que ser tan envidiosa. Doug ha trabajado duro para llegar a donde está. Nadie le dio nada.
Excepto unos padres amantísimos, una educación universitaria de primer orden y un generoso regalo de graduación en metálico para ayudarle a empezar.
Las mismas cosas que había recibido Annabelle.
—Sólo tiene treinta y cinco años —prosiguió Kate Granger— y ya es vicepresidente de una de las empresas de contabilidad más im­portantes del sur de California.
—Es un crack. —Annabelle levantó la frente del abrasador vo­lante antes de que la marcase con el estigma de Caín.
—Candace va a ofrecer una fiesta en la piscina, el próximo fin de semana, para celebrar el ascenso de Doug. Han invitado a Johnny Depp.
Por alguna razón, Annabelle no podía imaginarse a Johnny Depp en una de las fiestas en la piscina de su cuñada, pero no era tan estúpida como para expresar su escepticismo.
—¡Vaya! ¡Es increíble!
—Candace no se decide entre una fiesta del Pacífico Sur y algo más propio del Oeste.
—Es una gran anfitriona; estoy segura de que, haga lo que haga, será un éxito.
Las habilidades psíquicas de Kate Granger estaban a la altura de su propia línea 800.
—Annabelle, tienes que esforzarte más por superar tu hosti­lidad hacia Candace. No hay nada más importante que la familia. Doug la adora. Y es una madre maravillosa.
La frente estaba empezando a llenársele de gotitas de sudor.
—¿Cómo le va a Jamison con el entrenamiento para dejar los pañales?
Nada de Jimmy, ni Jamie, ni Jim, ni ninguna de las variaciones comunes. Sencillamente, Jamison.
—Es tan listo… Sólo es cuestión de tiempo. Tengo que admitir que era algo escéptica acerca de todas esas cintas de aprendizaje, pero no hay más que ver, sólo tiene tres años de edad y fíjate qué vocabulario maneja.
—¿Sigue diciendo «gilipollas»?
—Eso no tiene ninguna gracia.
En los viejos tiempos, cuando su madre tenía sentido del humor, habría sido gracioso, pero, a los sesenta y dos años de edad, Kate Granger no conseguía habituarse a su nueva vida de jubilada. Si bien los padres de Annabelle se habían comprado una espectacular casa en la playa, en Naples, Florida, Kate echaba de menos San Luis. De naturaleza inquieta, dirigía toda la energía, que en el pasado había volcado en una carrera bancaria de éxito, hacia sus tres hijos adultos. Especialmente hacia Annabelle, su único fracaso.
—¿Cómo está papá? —preguntó Annabelle, con la esperanza de posponer lo inevitable.
—¿Cómo crees que está? Juega dieciocho hoyos por la mañana y se pasa toda la tarde viendo el canal de golf. Lleva meses sin abrir una revista médica. Lo normal sería que, después de cuarenta años como cirujano, sintiese alguna curiosidad, pero las únicas ocasiones en que muestra algún interés por la medicina es cuando habla con tu hermano.
Segundo capítulo de la sorprendente saga de Los asombrosos mellizos Granger, dedicado a la extraordinaria vida del doctor Adam Granger, el reconocido cardiocirujano de St. Louis. Annabelle co­gió su botellín de agua y lamentó no haber tenido la previsión de llenarla con vodka con sabor a melocotón.
—Estoy metida en un atasco, mamá. Voy a tener que cortar muy pronto.
—Tu padre está tan orgulloso de Adam… Le acaban de publicar otro artículo en el Diario de cirugía torácica y cardiovascular. Ayer, cuando nos reunimos con los Anderson para la Noche Caribeña en el club, tuve que darle una patada bajo la mesa para que dejara de ha­blar de él. Los hijos de los Anderson son una verdadera decepción.
Como Annabelle.
Su madre descendió en picado sobre su presa.
—¿Has recibido los formularios para la solicitud?
Puesto que Kate había enviado la documentación por FedEx y sin lugar a dudas, había hecho el seguimiento de la entrega por In­ternet, la pregunta era retórica.
—Mamá…
—No puedes seguir dando palos de ciego… en el trabajo, en tus relaciones. Ni siquiera te voy a mencionar ese horrible negocio con Rob. Tendríamos que haber dejado de financiarte los estudios cuando insististe en licenciarte en teatro. Una mina de oro de oportunidades laborales, ¿verdad? Tienes treinta y un años. Y eres una Granger. Hace mucho que deberías haber sentado la cabeza y dedicado tus esfuerzos a algo productivo.
Annabelle se había prometido a sí misma no morder el anzue­lo, por mucho que la provocara, pero entre Ratón, Heath Cham­pion, la mención de Rob y el temor a que su madre tuviera razón, estalló:
—En la familia Granger, dedicar todos los esfuerzos a algo pro­ductivo sólo quiere decir dos cosas, ¿verdad? Medicina o finanzas.
—No empieces. Sabes exactamente lo que quiero decir. Esa ho­rrible agencia matrimonial no ha dado beneficios en años. Mamá la abrió exclusivamente para meter las narices en la vida de los demás. El tiempo no pasa en balde, Annabelle, y no pienso quedarme cru­zada de brazos mientras sigues desperdiciando tu vida en lugar de volver a la universidad y prepararte para el futuro.
—No quiero…
—Siempre has sido buena para los números. Serías una magní­fica contable. Y te he dicho que estamos dispuestos a pagarte los es­tudios…
—¡No quiero ser contable! Y no necesito vuestra ayuda eco­nómica.
—Y vivir en casa de Nana no es una ayuda, ¿verdad?
Fue como una puñalada trapera. Se le encendieron las mejillas. Su madre había heredado la casa de Nana en Wicker Park. Ahora la ocupaba ella, so pretexto de evitar que la saquearan, pero en reali­dad porque Kate no quería que su hija viviera en algún «barrio pe­ligroso». Annabelle respondió ofendida:
—¡Muy bien! ¿Quieres que me vaya? ¿Es eso lo que quieres?
Oh Dios, sonó como si volviera a tener quince años. ¿Por qué dejaba siempre que Kate le hiciera eso? Antes de que se pudiera atrincherar, Kate prosiguió, hablándole en el mismo tono paciente y maternal que utilizó cuando Annabelle tenía ocho años de edad y amenazó con marcharse de casa si sus hermanos no dejaban de lla­marla «Patatita».
—Lo que quiero que hagas es que vuelvas a la universidad y sa­ques tu título de contable. Sabes que Doug te ayudará a obtener un trabajo.
—¡No pienso ser contable!
—Entonces, ¿qué piensas ser, Annabelle? Dímelo. ¿Crees que disfruto volviendo una y otra vez sobre lo mismo? Si al menos me lo explicaras…
—Quiero dirigir mi propio negocio —respondió Annabelle, sin poder evitar un tono quejumbroso.
—Ya lo intentaste, ¿recuerdas? La tienda de regalos. Luego esa horrible «punto com». Doug y yo te lo advertimos. Y después esa horrible agencia de empleo. Nada te dura.
—¡Eso no es justo! La agencia de empleo quebró.
—También lo hicieron la tienda de regalos y la «punto com». ¿Nunca se te ha ocurrido pensar que hay algo más que coinciden­cias en el hecho de que todos los negocios en los que te involucras acaben yéndose a pique? Eso es porque vives en las nubes, no en la realidad. Como esa fantasía tuya de convertirte en actriz.
Annabelle se hundió en su asiento. Su carrera como actriz no había sido tan mala: había desempeñado sólidos papeles secunda­rios en un par de producciones de la universidad y dirigido algunas obras de teatro. Pero durante el tercer año universitario llegó a la conclusión de que el teatro no la apasionaba, sólo era una vía de es­cape hacia un mundo en el que no tuviera que ser la hermanita in­competente de Doug y Adam.
—Y fíjate en lo que ocurrió con Rob —continuó Kate—. De to­dos los… Bueno, dejémoslo. El hecho es que te has tragado ese dis­parate New Age según el cual todo lo que tienes que hacer es desear algo con todas tus fuerzas para conseguirlo. Pero la vida no funcio­na así. Hace falta algo más que deseos. Las personas de éxito son pragmáticas, hacen planes con los pies en el suelo.
—¡¡¡No quiero ser contable!!!
Al estallido siguió un largo silencio de reproche. Annabelle sa­bía con exactitud qué estaba pensando su madre. Que Annabelle es­taba siendo Annabelle otra vez: irritable, exagerada y carente de sentido práctico; el único fracaso de la familia. Pero nadie la podía alterar tanto como su madre.
Excepto su padre.
Y sus hermanos.
«Deja de arruinar tu vida y dedícate a algo práctico», le había escrito Adam, el gran médico, en su último mensaje de correo elec­trónico, con copias para el resto de la familia más dos tías y tres pri­mos.
«Ya tienes treinta y uno», había anotado Doug, el gran contable, en una tarjeta, en ocasión de su reciente aniversario. «A los treinta y uno yo ganaba doscientos mil al año.»
Su padre, el ex gran cirujano, se lo decía de otro modo. «Ayer hice un birdie en el hoyo cuatro. Mi putt mejora día a día. Y, Annabelle… ya va siendo hora de que te encuentres a ti misma.»
Sólo Nana Myrna le había ofrecido su apoyo. «Te encontrarás a ti misma cuando llegue el momento, cariño.»
Annabelle echaba de menos a Nana Myrna. Ella también había sido un fracaso.
—La carrera de contabilidad tiene mucha demanda —dijo su madre—. Cada vez más.
—También mi negocio —replicó Annabelle en un demencial acto de autodestrucción—. He conseguido un cliente muy impor­tante.
—¿Quién?
—Sabes que no puedo decirte su nombre.
—¿Tiene menos de setenta?
Annabelle se dijo a sí misma que no mordería el anzuelo, pero no en vano se había ganado la reputación de fracasada en la familia.
—Tiene treinta y cuatro y es un millonario importante.
—Si es así, ¿por qué habría de contratarte a ti?
Annabelle apretó los dientes.
—Porque soy la mejor. Por eso.
—Ya veremos. —El tono de su madre se suavizó, como si hu­biese decidido darle una tregua—. Sé que te puedo llegar a exaspe­rar, cariño, pero lo hago porque te quiero y deseo que desarrolles tu potencial.
Annabelle suspiró.
—Lo sé, mamá. Yo también te quiero.
Finalmente, la conversación llegó a su fin. Annabelle guardó el móvil, cerró la puerta e introdujo la llave en el contacto. Acaso las palabras de su madre le escocieran tanto porque había en ellas mu­cho fondo de verdad.
Mientras sacaba el coche del párking, miró el espejo retrovisor y pronunció la palabra favorita de Jamison. Dos veces.

 

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