Prólogo

THE COPELAND BRIDE

 

A Julia y Gail … gracias. A Linda que dijo: ” Pues claro que puedes”
Y, sin duda, a Sandra Choron.

 

Prólogo

 

—Noelle, ma petit , dentro de poco estaremos mejor, ya verás.

Daisy Dorian estaba sentada en su tocador, cepillándose sus bucles rubios, dándole un aspecto desarreglado, un estilo muy de moda y que se veía muy juvenil alrededor de su cara. Con sus pequeños dedos se dio un toque de coral en los labios, y después, satisfecha con el resultado, hizo un bonito mohín al espejo.

La niña de siete años que estaba sentada cerca, contempló a su madre. Sabía que nunca había visto a nadie tan bella. No notaba las arrugas en las esquinas de los ojos azules de Daisy o la hinchazón debajo de la barbilla, ni que los rizos rubios eran una sombra menos brillante y los brazos menos firmes de lo que habían sido. Pero más que cualquier cosa, Noelle quería parecerse a su madre cuando fuera mayor.

La bonne chance por fin va a sonreírnos —concluyó Daisy—. He oído casualmente al señor Lackland discutiendo los personajes para Hamlet.Y te digo, Noelle, me miraba fijamente mientras hablaba sobre Ophelia.

Noelle rió nerviosamente feliz y fue corriendo a arrodillarse al lado de su madre, cuidadosa de no tocar el último buen traje de noche de Daisy, un vestido rosa algo usado pero todavía bonito.

—¡Qué Ophelia más maravillosa serías, mamá! —. Hizo hincapié en el acento en la palabra “mamá” tal como Daisy le había enseñado, pues Daisy, en lo cotidiano, admiraba todo lo francés—. Piensa lo excitante que será cuando seas famosa.

Se levantó dando un saltito y levantó sus delgados brazos por encima de la cabeza.

—¡Daisy Dorian en el Covent Garden con el señor John Philip Kemble! O tal vez tú y la señora Siddons podríais hacer As You Like It . Ella puede ser Celia; quiero que tú hagas Rosalind.

Daisy sonrió cariñosamente a su hija y contestó que dudaba muchísimo que la señora Siddons estuviera de acuerdo con ese reparto.

Ignorando el pesimismo de su madre, Noelle bailó entusiasmada alrededor de la pequeña y desarrapada habitación.

—Me encantó cuándo me contaste la historia, sobre todo la parte en que Orlando finalmente conoce a Rosalind en el Bosque de Arden y todo el mundo se casa —se dejó caer en la silla, con tristeza en los ojos —. Me encantaría asistir a una boda. Quizá algún día puedas casarte, y yo pueda verte, ¿crees que será posible, mamá?

Daisy dejó encima del tocador la almizcleña colonia que se había puesto en el hueco de la garganta y miró a su hija, que la miraba tan solemnemente. Sintió un calor subiéndole por el cuerpo al mirar esos ojos como topacios y la pequeña y traviesa cara enmarcada en unos mechones color oro oscuro tan rizado como el de Daisy.

—¿No eres feliz, enfant, viviendo las dos solas?

—Por supuesto que soy feliz, mamá. Pero si te casaras, yo tendría un padre, y no deberíamos preocuparnos por las cuentas que no podemos pagar.—Hizo una pausa atentamente —, y podríamos vivir en una casa bella, y yo podría tener un pony.

La risa de Daisy tintineó alegremente.

—A ti te importa un bledo que me case, pequeña pícara, lo que quieres es tener un pony. Además, tú ya tienes un padre, como muy bien sabes, aunque él no viva con nosotras.

—Lo sé, mamá, es un noble, guapo y rico.

Y no estoy precisamente segura de quién es, pensó Daisy para sí, cepillándose por última vez el pelo. Pero no había duda que había sido esas tres cosas. Fueron tiempos felices para ella. Todos esos caballeros ricos y con título, llevándole flores, comprándole todo tipo de chucherías y compartiendo su cama. Inspeccionó críticamente su cara en el espejo. Ya no era tan fácil. Los años habían pasado demasiado rápido.

—No hagas ese “plaf” al sentarte, Noelle. No das buena impresión —su voz sonó más chillona de lo que pretendía. —Recuerda, chérie, por tus venas corre sangre real.

Anticipando la siguiente admonición de su madre, Noelle se tensó en la silla, cuidándose de no apoyarse contra el respaldo.

—Me gustaría conocerlo, aunque solo fuera una vez.

Esa conversación la molestaba, tanto por ella misma como por Noelle.

—Seguro que si, ma petite, pero es absurdo preocuparse y perder el tiempo haciéndose ilusiones sobre cosas que seguramente es imposible que vayan a ocurrir. Es mucho mejor divertirse: bailar, jugar a las cartas o comprar un sombrero nuevo.

—Pero tú tienes que preocuparte o no tendrás el dinero para comprar el sombrero, mamá. Por eso estoy tan feliz. No sólo porque puedas ser famosa cuando el señor Lackland te deje actuar de Ophelia, sino porque podremos pagar todas nuestras deudas y dar a la señora Muspratt el dinero del alquiler y así dejará de mirarme con esa repugnante cara llena de marcas.

Interiormente Daisy se maldijo a sí misma por mencionarle a Noelle lo de Ophelia. Era una personita tan solemne y responsable, y estaba obsesionada con que Daisy fuera una celebridad. Sin embargo, a pesar de la naturaleza optimista de Daisy no albergaba ninguna posibilidad de un futuro brillante como actriz; su aspecto a los treinta era un poco avejentado. Además, cuando Francis Lackland la observaba, él seguramente recordaba el agradable interludio que habían compartido la noche anterior en el suelo de la sala de estar de su casa.

La vida de Daisy como demimonde (1) había comenzado a los quince cuando se escapó de su tiránico padre y huyó a Londres. A los pocos días perdió la virginidad con un anciano baronet que le compró muselinas y sedas para coserle batas y camisones. Llevó pulseras de oro en sus brazos y plumas de avestruz en sus suaves rizos. Él la adoraba; ella le hacía sentirse joven otra vez, alegre y despreocupado.

Poco después del decimoctavo cumpleaños de Daisy, el baronet murió. Ella se pasó un día llorando, y después decidió forjarse una carrera en el teatro. Aunque era contratada inmediatamente por su belleza, los managers se resistían a proponerla más que papeles menores cuando escuchaban su tono de voz, tan carente de rango dramático. En los últimos años, incluso los pequeños papeles habían escaseado y las deudas habían ido creciendo. Se encontró dependiendo de la generosidad de sus admiradores. Desafortunadamente, los hombres que buscaban ahora sus favores ya no eran encantadores caballeros asquerosamente ricos. En lugar de eso, eran comerciantes y dependientes, hombres que trabajaban duro para ganar dinero y lo protegían celosamente.

Pensar en dinero siempre producía a Daisy dolor de cabeza, se levantó bruscamente y se alisó la falda del vestido. La nueva banda de seda blanca en el cuello y el dobladillo quedaba realmente bien, reflexionó, esperaba que nadie reconociera la prenda remendada.

—Ahora me marcho, chérie. Métete en la cama enseguida —besó la suave barbilla de Noelle —. Bonsoir, enfant.

Bonsoir, mamá.

Noelle cerró la puerta detrás de su madre y luego subió a la cama que compartían, tapándose con las mantas hasta la barbilla. Se quedó dormida casi al instante.

 

***

 

Sólo unas horas más tarde, Daisy corría por las calles de regreso a la pensión. La noche se había tornado desapacible, y el viento crudo rasgaba cruelmente su capa. Giró en la última esquina y corrió hacía la casa, sujetando la llave con los dedos entumecidos. Hurgó torpemente en la cerradura, consiguió girarla y tuvo que agarrarla con todas sus fuerzas, pues una bocanada de viento helado lanzó la puerta violentamente contra la pared y hubiera despertado a la vigilante casera. Jadeando subió la escalera, tratando de no hacer ruido en el suelo de madera.

Entró en la habitación, y sin quitarse siquiera la capa, comenzó a meter las pocas pertenencias que todavía no había empeñado, junto con las cosas de su niña en una maleta grande y una caja de cartón decorada con bonitas escenas campestres de la Regencia.

Sólo después de terminar, cruzó la habitación hacía la niña que dormía plácidamente, con respiración regular.

—Noelle, despierta —sacudió a la niña suavemente y susurró—. Despiértate, cariño.

Los párpados de Noelle se abrieron un instante, se cerraron, y se volvieron a abrir.

—Debes levantarte y vestirte rápido —bajó las mantas y comenzó a lanzarle ropa—. Ponte estos. Tienes que abrigarte, cariño. Hace un frío horrible fuera.

—¿Qué ocurre, mamá? ¿Dónde vamos? —la voz clara de Noelle rebotó en el silencio del cuarto.

—¡Shh! No tengo tiempo de explicaciones. ¡Apúrate! Debemos salir en total silencio.

Daisy vistió sin contemplaciones a la soñolienta niña, le dio la caja de cartón, y la guió quedamente escaleras abajo hacía la desapacible noche. Ella llevaba la pesada maleta.

Noelle la siguió en silencio, agarrando firmemente la capa de su madre. La caja de cartón chocaba contra sus delgadas piernas. Cuando se enfrentó a una racha de viento helado, peleó contra él, la cuerda que ataba la caja le cortaba los dedos. De vez en cuando tropezaba, una vez se resbaló con un charco helado y cayó golpeándose la cadera. Pero no protestó. El miedo que reflejaba la cara de su madre la aterraba.

Escaparon a través de calles adoquinadas y oscuros pasajes, a través de callejones congelados y viviendas apestosas. El frío se colaba a través de la ropa de Noelle hasta hacerla temblar violentamente. Comenzó a lloriquear bajito, pero de todos modos no protestó. Finalmente alcanzaron un puente de piedra maciza que cruzaba el río, cerniéndose negro y poco acogedor a su alrededor. Noelle siguió a su madre por el puente y luego, bruscamente, Daisy se detuvo y miró fijamente a su alrededor. Parecía confundida, desorientada.

—Estamos en el río, mamá —dijo Noelle con vacilación.

—El río —los ojos de Daisy eran vagos, y helaron a Noelle más que el gélido viento. Aguantó allí quedamente, esperando sin saber qué hacer.

Noelle miró los cuatro espacios cuadrados que había a cada lado del puente de piedra. En uno una vieja arpía estaba acostada; en otro, dos pilluelos dormían. Noelle guió a Daisy a uno de los espacios vacíos y la empujó con cuidado para que se sentara contra la fría pared de piedra, buscando algo de refugio contra el helado viento. Ella se agachó a su lado.

—Mamá, dime que ha ocurrido —Daisy la miró inexpresivamente —. Dime que ha pasado.

Noelle vio que las sombras en los ojos de Daisy eran sustituidas por un terror tan sombrío que Noelle se echó impulsivamente para atrás.

—¡Newgate!

El nombre de la infame prisión donde colgaban a los deudores era como una sentencia de muerte.

—Vienen a por mí. Esta misma mañana vienen a llevarme a Newgate. El vigilante de Oyster Lane es mi amigo y oyó por casualidad una conversación entre dos hombres. Van a encarcelarme por mis deudas.

Daisy abrazó a Noelle con fiereza y comenzó a llorar amargamente.

—Nunca podremos volver — dijo, sollozando.

Al día siguiente encontraron un modesto alojamiento, en un edificio monótono y gris. Con las pocas pertenencias que Daisy tenía sin empeñar, pudieron comprar comida y pagar el alquiler varios meses por adelantado. Encontrar trabajo, sin embargo, resultó ser imposibles para Daisy.

No quería preguntar en ningún teatro por miedo a ser reconocida, pero no tenía otras habilidades y su aspecto era tan frívolo que nadie la contrataría para el trabajo más pesado
Gradualmente comenzó a perder interés en su propia vida, preocupándose sólo por su hija. Si antes era una madre cariñosa, aunque algo descuidada, ahora estaba obsesionada con todo lo que Noelle decía o hacia. Insistía para que conservara su dicción, caminara correctamente y se comportara como una dama. Le aterrorizaba que Noelle cogiera el acento estridente de las calles, le prohibió que jugara con el enjambre de harapientos niños que se apiñaban en los superpoblados edificios de multiapartamentos.

Eran pilluelos de ojos vacíos, muchos con barrigas henchidas y llagas en el cuerpo. En Noelle, con el aspecto y la forma de hablar tan diferente a ellos, encontraron un blanco para su desdicha, llamándola “alteza”, haciendo reverencias a su paso para ponerle después la zancadilla con sus piernas huesudas, haciéndola caer en las calles fangosas. Se burlaban de su forma de hablar, y la contestaban con obscenidades.

Noelle fue a contárselo a su madre, pero Daisy parecía no poder comprender que Noelle fuera tratada como una paria, que estaba fuera de su elemento y era incapaz de defenderse. Su indefensión pronto fue patente para los demás. Y de ese modo su abuso se intensificó, la perseguían por los callejones, lanzándole todas las porquerías de las cunetas.

Finalmente, cuando un grupo de muchachos la sujetaron y orinaron encima de ella, algo en su interior se rompió. Sin una lágrima y furiosa, los combatió. La golpearon con saña, pero ella también hizo daño. Desde ese día prestaba atención si había uno sólo o iban en grupo. Si luchaba contra todos a la vez perdía la pelea, el incidente se repetía una y otra vez en su mente. Noelle aprendió de sus errores, determinada a no repetirlos. Sabía que si aguantaba el brutal asalto inicial, podría plantar más batalla a su enemigo. Estando mejor alimentada que otros niños, mantenía una fuerza nervuda después que ellos estuvieran agotados. Comenzó a escoger a sus adversarios con más cuidado, rechazando entrar en una pelea que sabía no podría ganar.

A finales de su primer año entre ellos, apendieron a dejarla sola y aunque seguían sin aceptarla, la respetaban. Todavía la llamaban “alteza,” más que para burlarse de ella, porque era el único nombre que conocían, nadie sabía su verdadero nombre, salvo su madre.

Con el tiempo el pequeño colchón de dinero de Daisy se agotó. Durante dos días no comieron nada.

En la tarde del segundo día, Daisy besó a Noelle en la cabeza y salió por la noche. No tenía nada que empeñar, salvo ella misma. A la mañana siguiente regresó con dos bandejas a rebosar de sabrosa carne, una bolsa de patatas nuevas, y medio plum cake.

Las inexplicadas desapariciones de Daisy continuaron, y gradualmente Noelle se acostumbró a ellas. Algunas veces Daisy volvía con comida o monedas, otras veces con las manos vacías. Una vez que llegó golpeada, con la sangre chorreándole por la esquina de la boca y el ojo hinchado y amoratado, Noelle la ayudó a limpiarse y curarse, tumbándola con cuidado en la áspera cama de Daisy.

Cuando presionó a su madre para una explicación, Daisy sonrió vagamente y murmuró:

—No te preocupes, cariño mío, recuerda siempre que por tus venas corre sangre real.

Esa noche, la niña de ocho años se sentó junto a la cama de su madre abrazándose las rodillas con los brazos delgados, y pensó en lo que Daisy había dicho. Sin duda alguna, a una niña con sangre real, sólo le ocurrirían cosas maravillosas. No debería estar tan sucia y hambrienta, ni vestir esos ropajes harapientos.

Noelle sintió frio en el corazón al pensar en el futuro. Miró a Daisy. Aunque su madre sólo tenía treinta y un años, en el último año había envejecido prematuramente. Su piel era áspera y cuarteada, sus rizos brillantes eran ahora mates y enmarañados, cubiertos por un viejo chal gris, Daisy había vivido entre la esperanza y el placer, y ahora que los sueños se habían esfumado, apenas podía sobrevivir.

Por la mañana, antes de que Daisy despertara, Noelle se puso una camisa y unos pantalones de lona que había encontrado por ahí. Mordiéndose el labio inferior, usó un cuchillo desafilado para cortarse el pelo como un muchacho. Cogió un áspero saco, y salió sigilosamente del sórdido sótano, dirigiéndose hacia el rio.

Un grupo de pilluelos campaban por la orilla, buscando pedazos de carbón abandonados por los barqueros. Eran los mudlarks,(2) jóvenes animales carroñeros que escarbaban en el fango de las orillas del Támesis buscando carbón para vendérselo a los pobres y trozos de metal que vendían a cuarto de penique la pieza.

Noelle los observó desde lejos y luego comenzó a registrar la orilla ella misma. Se percató que había empezado demasiado tarde; sólo quedaban minúsculos trocitos de carbón. Los recogió de cualquier manera y los metió en el saco que había llevado. Pronto vio a los niños arremangándose los pantalones bombachos y andar trabajosamente con los pies descalzos en el barro que les llegaba hasta las rodillas.

Noelle se colocó en la orilla y comenzó a arremangarse los pantalones. Levantó la mirada y vio a un muchacho pelirrojo larguirucho más o menos de su edad, acercándose a ella.

—¿Es la primera vez que vienes p’aquí, no es cierto? Me llamo Sweeney —le ofreció una mano ennegrecida de carbón.

Noelle la estrechó con cautela.

—Soy N-N-Neal —tartamudeó—. Neal Dorian.

Los ojos verdes de Sweeney brillaron intermitentemente con picardía.

—¿Neal? Es un nombre mu raro pa una chica, yo creo.

El corazón de Noelle se hundió. ¿Cómo la había descubierto tan pronto?

Como si le leyera el pensamiento, el niño sonrió abiertamente y dijo:

—Es tu forma d’andar. Das pequeños pasitos. Un chico s’muere antes de andar así, por lo menos yo sí.

Algo en la amistosa cara del niño hizo a Noelle decidirse a confiar en él.

—Sabía que me echarían si sospechaban que era una chica. ¿Piensas que ellos lo ha notado?

—¿Ellos? —Él miró a los demás con desprecio —. Oh, s’ coscarán tarde o temprano, pero tampoco son mu listos, ya sabes. No tienen imaginación. Según yo lo veo, l’ única manera de vivir aquí es teniendo imaginación. Así puedes anticiparte al resto. Ir un paso adelante.

Noelle escuchó ávidamente la filosofía de Sweeney y su forma de pensar, sabia y mundana.

—¿Cómo has aprendido tú algo así? —preguntó con admiración.

—Yo solo, rondando por ahí con los ojos bien abiertos — respondió Sweeney, metiendo los pulgares en la cinturilla de sus andrajosos pantalones.

Los ojos de Noelle se iluminaron con esperanza.

—¿Crees que podrías enseñarme? Mi madre está enferma —ella vaciló —. No está muy bien de la cabeza.

Era la primera vez que Noelle lo admitía, incluso para sí misma.

—¿Así que tienes una madre, eh? —Sweeney adelantó su pecho con altanería—. He cuidado de mí desde que era un bebé. Sé todo lo que hay que saber —la miró críticamente —. Primero tienes qu’aprender los andares dun tío. No puedes pretender andar entre los mudlark con esos andares de niña. Después t’enseñaré los mejores sitios pa sacar carbón del fango tocándolo con el pie, p’ahorrarte trabajo, así l’hacemos nosotros. N’esperes conseguir mucho pronto, pero harás grandes progresos si Papá Sweeney t’enseña.

Ese día enseñó a Noelle los lugares más probables donde tiraban el carbón en la parte superior del fango, y donde tenía que hundirse y tocarlos con el pie.
Por la tarde Noelle estaba empapada y cubierta de barro, pero se sentía satisfecha. Con los dedos del pie podía distinguir un pedazo de carbón de una piedra. Había encontrado un puñado de remaches de hierro y clavos y un precioso trozo de cobre. Pero, sobre todo, había encontrado su primer amigo

Desde ese día, Sweeney se encargó de adiestrar a Noelle. Era un profesor exigente, explicándolo sólo una vez, esperando que ella lo recordara todo después. Juntos caminaron por las calles de Londres. Por un penique sujetaban un caballo o barrían una calle, de modo que los peatones más a la moda no se ensuciaran sus zapatos. Se hicieron un hueco entre la gente callejera: vendedores ambulantes, porteros y prostitutas. Una vez Sweeney consiguió una caja de cordones para zapatos que después vendieron a medio penique dos pares. Sweeney enseñaba a Noelle todo lo que sabía, y a cambio recibió de ella su total adoración.

Con la llegada del frío, Daisy comenzó a llevar a los hombres a casa. La primera vez, Noelle se despertó por el sonido de los gritos de Daisy. Se incorporó y habló hacía dónde estaba su madre temerosamente.

—Mamá, ¿que te pasa?

—Shh, Noelle, vuelve a dormirte —Noelle captó el tono suplicante de Daisy.

La voz de un hombre, fea y amenazadora, gruñó desde el montón de harapos que eran la cama de Daisy.

—¿Y ahora, qué pasa?

—Nada, sólo es mi niña pequeña. Pay, no te preocupes, no nos molestará otra vez.

—Bien. Le daré un puñetazo si vuelve a interrumpirnos. Ahora, date la vuelta.

—¡No! —La voz de Daisy era suplicante—. Eso no. ¡Por favor!

—¡Date la vuelta, puta! ¡Ya!

Noelle oyó el sonido de una palmada estridente y el chirriar de la cama. Daisy gritó una vez y luego comenzó a lloriquear. Los sonidos lastimosos continuaron mucho después de que el hombre se hubiera ido, pero Noelle no fue al lado de su madre para confortarla. En su lugar yació inmóvil, recordando todas las bromas obscenas que había escuchado de los otros mudlarks. Sin darse cuenta, su rápida mente había guardado cada feo comentario, cada gesto sucio. Ahora todos regresaron a ella, y por primera vez comprendió lo que sucedía entre un hombre y una mujer. Comprenderlo le produjo una oleada de vergüenza y humillación tan intensa, que se estremeció. Apretó las delgadas piernas fuerte y las subió para abrazárselas contra su pecho. ¡Nadie jamás la utilizaría así!

Por la mañana Noelle se despertó al amanecer, un puño frio atenazaba su corazón. Quedamente se puso los pantalones y la camisa y se dispuso a salir del cuarto del sótano. Involuntariamente sus ojos fueron a su madre. Daisy dormía boca abajo, con la espalda desnuda expuesta. Tenía unas feas magulladuras en los hombros y marcas parecidas a mordiscos en la espalda. Había tres monedas tiradas encima de la mesa de madera llena de arañazos. Noelle las cogió y las tomó en su palma, con unas lágrimas amargas bajando corriendo por sus mejillas mientras las miraba fijamente. Esa noche comerían bien, pero el precio había sido demasiado alto.

Poco a poco, la salud de Daisy se fue deteriorando. Algunas veces se pasaba los días enteros sentada en una oscura esquina del cuartucho, levantándose sólo para hacer sus necesidades o comer algunos trozos de pan. Otras veces, cuando Noelle volvía del rio, Daisy se marchaba, reapareciendo con un hombre mucho después que su hija se hubiera ido a la cama. Algunas veces los hombres pagaban, otras veces no. Daisy no parecía darse cuenta.

Fueron los peores momentos en la joven vida de Noelle. Ella se quedaba en la cama con sus pequeños dedos metidos con fuerza en sus oídos, incapaz de apartar de su mente el sonido de los gruñidos de los brutos que estaban encima de su madre. Algunas veces maltrataban a Daisy, haciéndola lloriquear de dolor. Otras veces yacía en silencio, resistiendo cualquier cosa que pudieran hacerle. A Noelle le aterrorizaban los hombres. Se echaba impulsivamente para atrás si alguno la rozaba. Cuando el viejo y amistoso vendedor ambulante de manzanas la saludaba, ella pasaba rápido a su lado sin mirarlo siquiera. Aparte de Papá Sweeney, nunca había conocido la bondad en los hombres, y ahora, salvo a él, los temía.

Trágicamente su amistad con Papá Sweeney se acabó. En su noveno cumpleaños, Noelle soportaba empujones de la muchedumbre fuera de los imponentes muros de piedra de la prisión de Newgate, con los vendedores ambulantes pregonando sus mercancías, y los carruajes traqueteando por ahí. Dentro, un verdugo deslizaba un nudo corredizo alrededor del cuello de Papá Sweeney. El niño era ejecutado por el robo de dos naranjas, su muerte serviría de ejemplo para los demás que no obedecían la ley.

 

***

 

—Por favor, mamá —imploró Noelle con sus grandes y solemnes ojos —. Come un poquito. Dos bocados, nada más.

Noelle trató de meter dos pedacitos de comida en su boca.

—Cómelo tú por mí —murmuró Daisy con la mirada fija perdida en una rata que corría en una esquina —. Tú tienes sangre real, mi preciosa niña. Algún día serás muy hermosa, muy hermosa.

Su voz endeble se desvaneció, y comenzó a llorar lastimosamente.

A principios de abril, un plácido día que llevaba la promesa de la primavera, Daisy murió. Fue sepultada en una tumba sin nombre en la fosa común. Sólo Noelle estuvo al lado de su tumba. Alta para diez años, todo codos y rodillas, lloró en silencio, las lágrimas corriendo por su fino rostro y bajando por la nariz. Había amado a su madre desesperadamente, pero se juró a sí misma que nunca sería como ella. Ella sabría salir adelante. Sobreviviría.

 

 

Notas de la Traductora:

1.- Demimonde; Término utilizado en el siglo XIX para referirse a las Amantes. Se refiere principalmente a una clase de mujer al margen de la sociedad respetable mantenida por amantes ricos de la alta sociedad (por lo general cada una tenía varios)

2.- Mudlarks; Los mudlarks eran personas que escarbaban en el lodo de las orillas del rio buscando algo de valor, especialmente en Londres durante la Revolución industrial. Campesinos pobres escarbaban en el Támesis durante la marea baja buscando cualquier cosa de valor. Generalmente eran niños pequeños y viudas. Se considera el peor puesto de trabajo de la historia.

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