Antología

 

 

Nealy – Mat

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Algo atrajo su atención en el asiento del Córsica. Miró hacía abajo y vio una fea rana de cerámica.

Siempre se había preguntado que clase de personas compraban cosas como esa. Luego se fijó en el llavero colgando del encendido. Pensó en ir tras ella y advertírselo, pero una persona tan estúpida para comprar cosas como esa rana merecía lo que le pasase.

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—No hay nada que hablar de mi coche.

—¿Se lo han robado?

Él la miraba tan fijamente, que por un momento temió que la reconociera, así que inclinó la cabeza un poco para evitar su mirada tan directa.

—¿Qué le hace pensar eso?

—Porque vi que lo aparcó ahí, y ahora no está. Además, se dejó puestas las llaves.

Olvidó su cautela y le miró de frente.

—¿Usted las vio?

—Sí.

—¿Usted las vio, pero no hizo nada?

—Bueno, pensé en robarle yo mismo el coche, pero me dio miedo su rana.

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—No quiere llamar a la policia, porque se descubrirá que robó el coche a su novio.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Qué le hace pensar que tenga novio?

Él dirigió la mirada hacia su enorme barriga.

—Supongo que no fue su novia la que le hizo eso.

Ella se miró su estómago como si hubiera olvidado que lo tenía.

—Oh.

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—Nunca he viajado con niños, pero pienso que —se supone— hay que planificar las paradas para que ellos se diviertan. Áreas recreativas, campos de juegos, zoológicos.

—Si ves una señal de una granja de serpientes, dímelo y paro de inmediato para dejaros a las tres allí.

—Eres un hombre muy enojadizo.

—Y tú estás terriblemente alegre para una mujer que sólo tiene veinte dólares en la cartera y acaban de robarle el coche.

—No me lo robaron, y nuestras posesiones terrenales no son sino obstáculos para nuestra iluminación espiritual.

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Se acomodó mejor en el asiento, disfrutando a fondo de su conversación con un trabajador corriente.

—¿Eso es interesante? ¿Trabajar en la industria siderúrgica?

—Oh, ya lo creo. Realmente interesante —y bostezó.

—¿Y a qué te dedicas?

—A esto y aquello.

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—Entonces eres el padre de las chicas.

—¿Es qué no me has escuchado? Sólo en un papel. No sabía ni que existía Butt hasta hace unos pocos días.

—Por favor, deja de llamarla así.

—Alguien que llora como ella merece un nombre de mala muerte.

—Puede ser llorona, pero se parece a un querubín.

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—Debajo de ese exterior cínico eres un verdadero sentimental.

—Vas lista si piensas eso.

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—Ahora es tu turno de contestar algunas preguntas.

Ella jadeó ligeramente.

—¿Yo? Soy un libro abierto —Dios estaba en otros menesteres porque no cayó fulminada por un rayo.

—¿Ah, sí? ¿Entonces porque usas un falso acento sureño?

—¿Cómo sabes que es falso?

—Porque lo olvidas la mitad de las veces.

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—¿Sabías que tienes un tic en la esquina de la boca cada vez que mientes?

Deliberadamente movió la esquina de la boca.

—Eres una persona amable y sensible.

Él se rió.

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—Tendríamos que estar cerca de la entrada de la autovía, en una carretera de cuatro carriles y no en una carretera sinuosa —su voz sonaba como si tuviera la garganta llena de arena.

—No estamos lejos —dijo ella—. Pero ahora no es importante. Vuelve a dormirte, por favor. Despierto sólo causas problemas.

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Nealy oyó el ruido de la ducha. Esperó un minuto y movió con fuerza el volante, a la derecha y a la izquierda. Se oyó un golpe y una maldición amortiguada desde el cuarto de baño.

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La ducha cesó. Pasaron los minutos.

—Podría estar afeitándose ahora —dijo Lucy con una nota vagamente esperanzadora en su voz.

Nealy sonrió, pero mantuvo quieto el volante.

—No voy a ser tan mala con él.

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No tenía la mente en la carretera y tuvo que dar un volantazo para evitar un bache del camino.

Él se agarró al marco de la puerta.

—¿Puedes mirar por dónde vas?

—Lo siento.

—Vas por medio de la carretera.

—El paisaje me distrae —esos casi dos metros.

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—¿Le echas un ojo al bebé? Quiero entrar en el puente.

—¡Oye! Tú eres la niñera, no yo.

—Me tomo un descanso para tomar café.

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—¡Puede coger tifus con el agua del río!

Él observó al pequeño Demonio metida en el agua, parecía que se lo estaba pasando bastante bien y sabía que tenía que decir algo.

—No creo que haya tifus en el oeste de Virginia.

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—Si no quieres ver a un hombre desnudo, será mejor que te retires de la puerta —envolvió una toalla alrededor de la pequeña Demonio, abrió la puerta, y la dejó en el suelo—. Toda tuya.

Él cerró la puerta mirando la cara divertida de Nell. El bebé inmediatamente comenzó a aullar.

—Ella te quiere —dijo Nell.

—Pues díle que se ponga a la cola.

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Parecía un hombre con una necesidad imperiosa de una bebida, y le ofreció su coca-cola.

—Te pediré una hamburguesa.

—Mira a ver si encuentras una con una gran bacteria dentro.

—Creo que ya vienen en la receta.

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—Hazte a un lado. Me necesitas bastante más que yo a tí —eso no era cierto, pero él no lo sabía—. Y a partir de este momento, no quiero más preguntas sobre mi pasado. No estoy metida en ningún chanchullo ilegal, y ya te he dicho que mi vida no te concierne. Simplemente tendrás que aceptar eso.

—¿O qué? ¿Me quitarás todos mis Castillos?

—Y te haré casarte con la dama más fea del Reino.

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—Supongo que si hubiera dejado que me sacaras las amigdalas con tu lengua, habrías sido feliz.

—Ya me he disculpado.

—No soporto ese tipo de besos. Son sofocantes.

— Es tu opinión, supongo.

—Pues sí, y tocar la placa dental a alguien es trabajo de dentistas, no un beso romántico. Las personas deberían guardarse la lengua en sus propias bocas.

—Supongo que entonces no debo preguntarte por el sexo oral.

—¿Qué?

Él echó hacía atrás la cabeza y dejó escapar una profunda carcajada.

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Mat pasó con impaciencía la mano por su pelo.

—Mierda.

—Mieda —cacareó Button.

—¡Pero bueno! —exclamó Nealy—. Deja de utilizar ese asqueroso lenguaje. ¡Botón se convertirá en el primer bebé que aprenderá a insultar antes que hablar!

—¡Mieda! —gritó Botón, dando palmadas y evidentemente muy contenta.

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—Oh, cariño, lo siento. Nunca deberías haber visto esto —sus ojos volaron hacía él—. Algo así la podría traumatizar.

—Lo dudo sinceramente —en ese momento él se sentía más traumatizado que el bebé.

Ella miró al bebé Demonio seriamente.

—No deberías haber visto esto, Button. Pero tienes que saber que no hay nada malo en ello. Bueno, casi nada… somos dos adultos, no dos niños. Y cuando una mujer adulta está con un hombre atractivo …

—¿Sí? ¿Piensas que soy atractivo?

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—Voy a tirar la puerta abajo.

—Así habla un hombre.

—¿Cómo dices?

—Que a los hombres os gusta destrozar cosas. Bombardear cosas.

—Tus amigos bombardean cosas. Mis amigos sólo dicen palabrotas, patean el sofá, y se quedan dormidos delante de la televisión —otra vez sacudió ruidosamente la manija.

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Ella volvió la cara para mirarle.

—¿Tienes intención de forzarme?

—Puedes jurarlo.

—Oh —trató de parecer aburrida—. Házlo cuanto antes, entonces.

Él se rió entre dientes y dibujó una espiral suave alrededor del pezón con su pulgar.

—Ni un ejército del Servicio Secreto podría rescatarte ahora.

Se hacía más y más dificil permanecer indiferente.

—Eres un bellaco.

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LUCY-BOTÓN

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Subió la maltrecha acera, pasó por encima de un combado escalón para acceder al porche, y golpeó con el puño en la puerta principal. Una versión hosca y muy joven de Winona Ryder apareció en el quicio.

—¿Sí?

—Soy Mat Jorik.

Ella cruzó los brazos y se apoyó contra el batiente de la puerta.

—¡Ah! Vaya asco.

De modo que así serían las cosas.

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—Os espero en el coche, tráela en cuanto termines de cambiarla.

Arrugó la frente, y por un momento pareció más una mamá preocupada que una adolescente hosca.

—¿Tienes asiento de seguridad para bebés tu coche?

—¿Parezco alguien que tiene asientos de bebé en el coche?

—No puedes meter a un bebé en un coche sin asiento. Es la ley.

—¿Acaso eres una poli?

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Estaba ojeando las últimas páginas cuando la puerta de la autocaravana se abrió y Winona y el bebé entraron. El bebé iba descalzo, con un body amarillo con corderitos. Llevaba el signo de la paz tatuado en un regordete tobillo.

—¿Ese tatuaje se lo hizo Sandy?

Winona le dirigió una mirada que le decía que era demasiado estúpido para vivir.

—Es una calcamonía. ¿Es qué no sabes nada?

Sus hermanas ya eran mayores cuando surgió la moda pasajera de los tatuajes, a Dios gracias.

—Sabía que era una calcamonía —mintió—, simplemente que no creo que debas ponerle algo así a un bebé.

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—Sabes que no soy realmente tu padre, ¿no?

—Ya te gustaría serlo.

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—¿Como se llama?

Otra pausa.

—Butt. (Culo)

—Estás de broma de nuevo, ¿verdad?

—No fuí yo quien le puso el nombre.

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Desafortunadamente, su plan había caído en picado cuando descubrió que las agujas no era la única fobia de Lucy.

—¡No me subo a un avión, Jorik! ¡ Odio volar! Y si tratas de subirme a uno, comenzaré a gritar como una loca que me estás secuestrando.

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—Enciende el aire acondicionado. Hace calor.

—¿Has oído alguna vez la palabra, por favor?

—¿Has oído alguna vez la palabra Esto es un infierno?

Lucy le sacaba de sus casillas. En lugar de encender el aire acondicionado, apagó el motor, se levantó del asiento del conductor y serenamente se metió las llaves en el bolsillo.

—Señoras, las veré en media hora —y salió de la autocaravana.

En el bochorno de dentro, Nealy levantó una ceja a la adolescente.

—Bonita idea.

—Es un cabrón.

—Es un cabrón que nos ha dejado sin aire acondicionado.

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—¿Tienes lápices? ¿Y pinturas?

Ella bufó y continuó quitándose un poco de pintauñas del dedo gordo del pie.

Mat le dirigió a Nealy una mirada divertida.

—El nuevo milenio, Nell. Los lápices y las pinturas están anticuadas. Pregúntale si quiere drogas y una pistola.

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—Que niña más agradable —dijo Nealy—. Estoy segura que prosperará en prisión.

—Si despierta al Demonio, la mataré antes de que se dé cuenta.

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Cuando regresó, encontró a Mat y Lucy sentados en una mesa, con Lucy cabreada. No tenía ninguna intención de preguntar cual era esta vez el problema, pero Lucy se lo dijo de todos modos.

—No me deja pedir una cerveza.

—La profundidad de su crueldad me deja sin habla —Nealy miró ceñudamente la sillita alta que le habían puesto al lado de la mesa. A saber cuantos niños se habrían sentado ahí antes, y que enfermedades o virus habrían dejado. Decidió pedirle a la camarera un desinfectante.

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Nealy miró por todos lados para encontrar la sujeción de la bandeja hasta que Lucy la apartó a codazos y lo hizo ella.

—Eres tan patética. Compadezco a tu hijo. De verdad, lo compadezco.

—Cállate —aunque no puso mucho énfasis en la palabra, le encantó como sonó—. Simplemente, cállate —repitió de nuevo.

—Eres una borde.

—Me encanta que me consideres eso —contestó Nealy en plan gallito. Oh, como se estaba divirtiendo.

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Llegó una camarera canosa, con el bloc y el lápiz preparado para tomar nota.

—¿Ya saben lo que van a tomar? Oh, cariño. Que preciosa niñita. ¿Qué tiempo tiene?

Nealy no tenía ni idea.

—Cuarenta y siete —replicó Lucy—. Es una enana.

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—¡Eso no es justo! —dijo Lucy enfadada—. ¿Por qué tú puedes pedir cerveza y yo no?

—Porque ya eres demasiado vieja para beber —dejó el menú a un lado.

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—Y algo sencillo como huevos revueltos, ¿no le gustan? —dijo Nealy tratando de ayudar.

—Los bebés no pueden comer clara de huevo hasta que no tengan más de un año. ¿Es que no sabes nada?

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—Puedo prestarte cincuenta —dijo Lucy.

Nealy estaba sorprendida por la generosidad de Lucy.

—¿De verdad? Gracias.

—De nada —demasiado tarde vio la expresión calculadora en los ojos de la adolescente—. Sólo tendrás que hacer lo que yo te diga.

Demasiado para cincuenta dólares.

—Te prestaré yo los cincuenta —dijo Mat de mala gana.

Lucy se burló.

—Deberías coger los míos. Yo no te haré desnudarte.

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—La miraba porque se parece a Cornelia Case.

—No se parece.

Un diablo aguijoneó a Nealy.

—Muchas personas me lo dicen.

—Ya quisieras tú —dijo Lucy.

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—Ha robado un banco y está escapándose.

—Que guay —por primera vez Lucy miró a Nealy con respeto—. ¿Has matado a alguien o algo de eso?

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—Demasiada televisión pudre tu cerebro —dijo Nealy.

—No es para mí. Es para Button. ¿Es que no sabes nada?

—Por lo que veo, no. ¿Por qué necesita Button una televisión?

Lucy le dirigió esa mirada patentada de eres-una-tonta.

—Es para que pueda ver los Teletubbies, que es lo que les gusta a los niños de su edad. Supongo que te dará igual si termina siendo una fracasada en la guarderia y eso.

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Caliente

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Él sonrió, cogió en los labios la pajita y bebió un sorbo. Esperaba que hubiera bebido del vaso y se le quedó mirando un instante. Él dejó en el suelo el vaso. La electricidad volvió a crepitar entre ellos, algo que le producía timidez y le ponía los nervios de punta.

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Él tenía el tipo de pecho que a ella siempre le había resultado más atractivo. Ancho de hombros, estrecho de cintura. Un poco de vello oscuro. Musculos bien definidos, pero no voluminosos. Estaba disfrutando tanto de la vista, que no de había dado cuenta que él la observaba.

La comisura de su boca se torció hacía arriba.

—¿Ves algo que te gusta?

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—De lo que tengo ganas es de volver a besarte. Prepárate —y sin otra palabra la acercó hacía él.

Esta vez no le dio ninguna oportunidad para poner barreras mentales. En lugar de eso, marcó su territorio y no la dejó pensar.

El beso fue profundo y tan lujurioso que ella no tuvo tiempo de pensar que hacer con su lengua, pues ya estaba allí. Él nunca había entendido a los hombres que no les gustaba los preliminares. Le encantaba besarse. Y besar a esta mujer inocente, con clase, era más que dulce.

Sus dedos se clavaron en sus hombros, y él bajó su mano a su pecho para hacer lo que había estado pensando todo el dia.

Su piel era tan suave como su boca. Subió la palma a lo largo de su costado, sólo para descubrir que no llevaba sostén. Su mano voló hacía el dulce montículo, y cogió el pequeño pecho en su mano.

Ella se estremeció.

Acarició el pezón con el pulgar. Ella hizo un pequeño sonido, gutural, y perdió el control. Nada de una lenta seducción. Nada de esperar a esta noche. Tenía que tenerla ahora.

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—¿Te gusta jugar con fuego?

—Sí.

—Pues prepárate para arder.

Y de verdad ardió…con esas descripciones gráficas. Esas demandas lujuriosas. El idioma carnal de sexo y desenfreno.

—Túmbate… Abre las piernas… Ábrelas…

Hablaba contra su boca. Reclamando su lengua. Y sus manos… Oh, sus manos… estaban por todas partes. La tocaba como si fuese suya.

—Tócame aquí… aquí…

Sus dedos buscaron… Entre sus piernas.

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Sus bocas se encontraron ávidamente, y ella pensó que nunca se cansaría de besarle. Él la colocó encima de él. Ella acunó con sus manos su mandíbula grande, cuadrada, cambió el ángulo de su cabeza, y celebró asumir el mando.

El beso fue sutilmente diferente con ella al mando, más torpe, tal vez, y no con tanta experiencia, pero entusiasta, oh, muy entusiasta. Ella se echó hacía atrás y miró fijamente esos ojos grises como el acero, esa boca resistente, ablandada ahora por el deseo. Movió un poco su posición, enganchando su pie alrededor de su muslo, apoyando sus senos contra su pecho, retozando encima de ese cuerpo enorme.

Él gimió.

—Espero que lo estés pasando bien, porque me estás matando.

—Bien —le sonrió—. Tú también me matas a mí.

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Ella se sintió como una novia joven y virgen. Que ya no era tan joven, no tenía importancia, y que era todavía casi virgen, no había sido su intención.

Sus manos se deslizaron por sus muslos, empujándolas hacia arriba, abriéndolas más, haciéndola cada vez más vulnerable. Una vena le palpitaba en el cuello. Él estaba totalmente excitado y muy decidido.

Un soplo de brisa caliente entró por entre las cortinas y acarició ese lugar húmedo y caliente que ella le revelaba. Él la contempló, y la mirada de sus ojos se puso feroz y posesiva.

Él intercambió su posición y acarició los rizos castaños con su pulgar. Ella dio un siseo de placer cuando le separó su parte más íntima.

Su dedo la tocó, y ella suspiró. Él era muy suave para ser un hombre tan fuerte. Cuando la acariciaba con los dedos, ella sintió como si marcara su territorio. Luego bajó la cabeza y la marcó con su boca.

Su pelo oscuro, suave acariciaba el interior de sus muslos. Sintió su lengua, el mordisquito de sus dientes. Con los ojos abiertos mirando fijamente el techo, luchaba con el orgasmo para que no terminara tan rápidamente. Pero todos sus años de autocontrol no la habían hecho bastante fuerte para resistirse a esto.

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Él la miró con los ojos oscurecidos de pasión y la piel perlada de sudor. Y luego su enorme y musculoso cuerpo se puso sobre el suyo más pequeño. Ella se sintió protegida, protegida, y exquisitamente amenazada. Una vez que dejara a este hombre invadir su cuerpo, ya nada sería lo mismo.

Su penetración fue lenta y determinada, y aunque su cuerpo estaba humedo por la excitación, no lo aceptó fácilmente. Él la besó… la calmó … y empujó más profundo… más profundo…

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Terminaron la cena y rechazaron el postre pero no el café. Justo cuando tomaba el primer sorbo, notó los dedos del pie de ella acariciarle la pantorrilla.

—¿Vas a tardar toda la noche en bebértelo? -su boca estaba torcida en una sonrisa traviesa y provocativa.

Él se reclinó y paseó su mirada por sus senos, sólo para torturarla un poco.

—¿Qué prisa tienes?

—Tengo prisa, hombretón, porque no puedo esperar a sentir tus manos sobre mi cuerpo.

Él casi la devoró en el acto, y en cierta forma lograron llegar hasta el coche. Luego sus manos estaban por toda ella, allí mismo en el asiento delantero del Explorer.

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—Ya sé que somos algo mayores para esto…

—Habla por tí —en ese momento buscando su regazo estaba una retozona Primera Dama. O la parte de su regazo que podía encontrar con el volante por medio.

No fue muy caballeroso por su parte, pero fue a sus bragas directamente, golpeándose el codo contra la puerta mientras buscaba por debajo de esa falda naranja, y dandóse otro golpe con el apoyabrazos cuando las sacó por entre esas esculturales piernas y las tiraba por la ventanilla.

Su dulce lengua se zafó de su boca.

—¿Acabas de tirar por la ventanilla mis bragas?

—No.

Ella se rió y trató de alcanzar su cremallera.

—Quiero tus calzoncillos.

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Ella era una sirena, una arpía. Divirtiéndose y atormentándolo.

Ya no pudo soportarlo más… y la bajó sobre él.

Ella se quedó sin aliento y lo dejó entrar en su cuerpo.

Era tan nueva y ansiosa que él trató de bajar la velocidad, pero ella quería montarle de forma salvaje. Él necesitaba envolverla y protegerla e inundarse de ella al mismo tiempo. Era malvada, magnífica, increíblemente preciosa.

El interior del coche se convirtió en su único mundo, y la brisa de la noche susurrando a través de los árboles su banda sonora. Se pegaron el uno al otro como si nada más existiera. Y luego se catapultaron al espacio.

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