Los personajes


 

Gabe Bonner

   

 

Vio un par de botas marrones salpicadas de pintura y unos deshilachados vaqueros que revelaban unas piernas largas y musculosas. Tenía caderas delgadas y los músculos de su espalda se tensaban bajo la camisa mientras sujetaba la lámpara, aguantándola con una mano y atornillándola con la otra. Los puños enrollados de su camisa revelaban unos antebrazos morenos, unas muñecas firmes y unas manos anchas con unos dedos sorprendentemente elegantes. Su pelo oscuro, cortado desigualmente, caía sobre su nuca.

Era liso y tenía algunas canas, aunque el hombre aparentaba tener unos treinta y cinco años.

Ella se dirigió a la radio y bajó el volumen de la música. Alguien con menos control podría haber dejado caer el destornillador o protestado con sorpresa, pero ese hombre no hizo nada. Simplemente giró la cabeza y la miró.

Ella vio un par de ojos plateados y deseó que todavía llevara puestas sus gafas de sol. Sus ojos no tenían vida. Eran duros y estaban muertos. Creía que ni siquiera ahora, cuando más desesperada estaba, tendría los ojos así, insensibles y vacíos de toda esperanza.

 


 

Rachel Stone

   

 Él pensó que nunca había visto a nadie tan feroz y primitivo. Aunque era una mujer alta, era casi delicada, con huesos frágiles y unos ojos verdes que parecían ocupar toda su cara. Su boca era pequeña y sus labios tan rojos como la fruta madura. Su pelo estaba revuelto y estaba iluminado desde atrás, formando una fulgurante aureola alrededor de su cara.

 

Debería parecer ridícula. El harapiento vestido manchado de pintura colgaba flojamente sobre su cuerpo y sus grandes zapatos, imposibles de ignorar quedaban ordinarios bajo sus finos tobillos. Pero mantenía una feroz dignidad y se sintió atraído hacia ella por algo elemental —quizá el dolor que residía en sus huesos— y ya no pudo oponerse más. La deseaba como no había deseado nada excepto la muerte desde que había perdido su familia.

 


 

Kristie Brown

 

Una mujer menuda entró por la puerta. Aparentaba ser unos años mayor que Rachel, quizá algo más de treinta. Estaba vestida de manera clásica con una blusa clara abotonada hasta el cuello y una falda marrón. No estaba maquillada y su pelo castaño oscuro caía liso justo hasta la línea de su mandíbula.

Cuando la tuvo más cerca, vio que la mujer no era realmente fea, sólo un poco sosa. Era baja, de rasgos regulares y piernas torneadas, pero había algo en ella que ensombrecía esos atributos y la hacía parecer mayor de lo que su suave tez indicaba.

 


 

Ethan Bonner

Ethan entró en el snack bar. Llevaba una camisa oxford azul pulcramente planchada, unos pantalones chinos sin una arruga y un par de mocasines brillantes. Su cabello rubio, sus ojos azules e incluso sus rasgos presentaban un marcado contraste con la hermosa apariencia brutal de su robusto hermano. Ethan era uno de los ángeles del cielo, mientras que Gabriel, a pesar de su nombre, sólo podía reinar en un reino más oscuro.

 


 

Edward Stone

Se giró y contempló a su hijo que recientemente había celebrado su quinto cumpleaños, sentado en el asiento trasero en medio de un montón de cajas y fardos andrajosos que contenían todas sus propiedades. El maletero del Impala estaba vacío simplemente porque se había quedado atascado hacía tiempo y no había sido capaz de abrirlo.

Edward tenía marcas en la mejilla donde había estado apoyado mientras dormía y su pelo castaño claro estaba de punta. Era pequeño para su edad y estaba todavía pálido por la reciente neumonía que había amenazado su vida. Era lo que más quería en el mundo.

 

 

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