Capítulo 1

Just Imagine

(Publicado originalmente como Risen Glory)

Queridas lectoras,
A través de estos años he recibido cientos de cartas vuestras preguntando por mi romance histórico Risen Glory. Este fue el primer libro que escribí sola, publicado a principios de 1984, y ha estado descatalogado durante muchos años. Vosotras os habeís quejado y lloriqueado… ¡si, verdaderamente os he oído lloriquear!… porque queríais leerlo. ¡Bien, lo habeís conseguido! Aquí teneís Risen Glory en una edición recien revisada y con nuevo título. Just Imagine.
Como muchas de vosotras, me inicié en este maravilloso mundo de la ficción romántica con los bravucones romances históricos a finales de los 70, principios de los 80. En aquellos tiempos eran romances apasionados, atractivos, de héroes meditabundos y politicamente incorrectos y heroínas batalladoras que me encantaban. Ellas vivían en un mundo donde todas las probabilidades estaban inclinadas a favor de los hombres, y los únicos derechos que una mujer tenía eran los que ella misma peleaba. ¡Pero la mujer siempre ganaba! Ojalá la realidad se pareciera.
Revisar este libro ha sido nostálgico para mí. Cuando lo escribí, era una joven madre que trataba de sacar tiempo para escribir en mi máquina portátil entre las reuniones con la profesora de párvulos. Mi forma de escribir ha cambiado con los años y mis libros actuales son muy distintos a este. Pero a pesar de todo, he encontrado semejanzas. ¡Desde el principio me encantaban los personajes potentes, las emociones fuertes, el humor y mucha intensidad!
Así que volver conmigo a una época pasada… ¡una época donde los hombres eran hombres y las mujeres estaban en el mundo para crearles problemas!
Feliz lectura.
Susan Elizabeth Phillips

Para mi marido Bill,

con amor y respeto.

 

 

PRIMERA PARTE

El chico del establo

Cuándo la obligación susurra, debes,
la juventud responde, puedo.

RALPH WALDO EMERSON
“VOLUNTARIES III”

 

1

El viejo vendedor callejero lo captó inmediatamente, ya que el muchacho parecía fuera de lugar entre la muchedumbre de corredores de bolsa y banqueros bien vestidos que atestaban las calles del bajo Manhattan. Unos rizos negros sobresalían por debajo de un sombrero de fieltro abollado. Una camisa remendada desabotonada en el cuello, quizás en deferencia al calor de principios de julio, los hombros estrechos, frágiles, mientras unos tirantes de cuero sujetaban unos pantalones enormes y sucios.
El muchacho llevaba unas botas negras que parecían demasiado grandes para supequeño tamaño, y llevaba un bulto rectangular en su brazo.El vendedor callejero se apoyó contra su carretilla llena de bandejas de pasteles y observó al muchacho caminar entre el gentío, como si fuera a conquistar al enemigo. El anciano vio cosas en el muchacho que otros no veían y le llamó la atención.
—Eh, ragazzo. Tengo un pastel para tí. Dulce como el beso de un ángel. Vieni qui.
El chaval levantó la cabeza, y miró fijamente con ansia las bandejas de pasteles caseros que su esposa hacía todos los días, y el vendedor casi pudo oírle contar los peniques que guardaba en el bulto de manera tan protectora.
—Ven, ragazzo. Esto es un regalo para tí —sostenía una tartaleta de manzana grande—. El regalo de un anciano a un recién llegado aquí, a la ciudad más importante del mundo.
El muchacho metió desafiante el pulgar en la pretina de su pantalón y se acercó al carro.
—¿Qué le hace pensar que acabo de llegar?
Su acento era tan espeso como el olor de los jazmines sobre un campo de algodón de Carolina, y el anciano ocultó una sonrisa.
—Tal vez es mi tonta imaginación, ¿eh?
El muchacho se encogió de hombros y dio una patada a algo tirado en el suelo.
—No soy un forastero, no no lo soy —señaló con un mugriento dedo la tarta—. ¿Cuánto pide usted por eso?
—¿No he dicho que es un regalo?
El muchacho lo pensó, asintió con la cabeza y extendió la mano.
—Muchas gracias.
Mientras cogía el pastel, dos hombres de negocios con levita y sombreros altos de castor pasaron junto al carro. La mirada fija del muchacho barrió con desprecio las leontinas de sus relojes de oro, los paraguas enrollados, y los pulidos zapatos negros.
—Malditos cerdos yanquis —refunfuñó.
Los hombres iban absortos en su conversación y no lo escucharon, pero en cuanto se alejaron, el anciano frunció el ceño.
—Creo que esta ciudad no es un buen lugar para ti, ¿eh? Hace sólo tres meses que ha acabado la guerra. Nuestro presidente ha muerto. El odio es todavía muy fuerte.
El muchacho se sentó en el bordillo para comerse la tarta.
—No me gustaba mucho el Sr. Lincoln. Pienso que era pueril.
—¿Pueril? ¡Madre di Dio! ¿Qué significa esa palabra?
—Ingenuo como un niño.
—¿Y dónde aprende un muchacho como tú una palabra como esa?
El muchacho entrecerró los ojos para protegerlos del sol de la tarde y bizqueó al anciano.
—Me distraígo leyendo libros. Esa palabra en particular la aprendí del señor Ralph Waldo Emerson. Admiro mucho al señor Emerson —comenzó a mordisquear con delicadeza alrededor del borde de su tarta—. Yo no sabía que era un yanqui cuando comencé a leer sus ensayos. Cuando me enteré me enfadé muchísimo. Pero ya era demasiado tarde, porque ya era su discípulo.
—Este señor Emerson. ¿Qué dice él que es tan especial?
Un trocito de manzana se quedó pegado a la punta de su mugriento dedo, y él lo chupó con la punta de su pequeña lengua rosada.
—Él habla del carácter y la independencia. ¿Es la independencia el atributo más importante que una persona puede tener, verdad?
—La fe en Dios. Eso es más importante.
—Ya no creo más en Dios, ni en Jesús. Creía, pero he visto demasiado dolor estos últimos años. He visto a los yanquis matar todos nuestros animales y quemar nuestros graneros. He visto como le pegaban un tiro a mi perro, Fergis. He visto a la señora Lewis Godfrey Forsythe perder a su marido y su hijo Henry el mismo día. Mis ojos se sienten viejos.
El vendedor callejero miró más atentamente al muchacho. Tenía una cara pequeña, en forma de corazón, y una nariz que se inclinaba un poquito al final. Parecía un pecado que fuera un chico, ya que pronto se embrutecerían esos rasgos tan delicados.
—¿Cuántos años tienes, ragazzo? ¿Once? ¿Doce?
Una sombra de cautela pasó por los ojos que eran de un sorprendente violeta.
—Más mayor, supongo.
—¿Y tus padres?
—Mi madre murió cuando nací. Mi padre murió en Shiloh hace tres años.
—¿Y tú, ragazzo? ¿Por qué has venido a mi Nueva York?
El muchacho se metió el último pedazo de tartaleta a la boca, se colocó el bulto mejor debajo del brazo, y se levantó.
—Tengo que proteger lo que es mío. Muchas gracias por esta deliciosa tarta. Ha sido un verdadero placer conocerle —comenzó a alejarse, luego vaciló—. Y sabe qué… no soy un chico. Y mi nombre es Kit.

***

Mientras Kit caminaba por la ciudad hacía Washington Square según las direcciones que le había dado una mujer en el ferry, pensó que había sido una tonteria decirle su nombre al anciano. Una persona que pensaba cometer un asesinato no debería dejar rastros. Excepto que eso no sería un asesinato. Eso sería justicia, aunque la corte de yanquis no lo viera así si la cogían. Ella haría todo lo posible para que nunca supieran que Katharine Louise Weston de la plantación Risen Glory, había abandonado Rutherford, Carolina del Sur, y había estado a tiro de escupitajo dentro de esta maldita ciudad.
Agarró el bulto más fuerte. Llevaba dentro el Pettingill de seis tiros de su padre, un revolver de percusión del ejército; un billete de tren para volver a Charleston; la primera parte de los Ensayos de Emerson; una muda de ropa; y el dinero que iba a necesitar mientras estuviera aquí. Lamentaba no poder terminar el trabajo hoy, para poder volver a casa, pero necesitaba tiempo para observar al bastardo yanqui y conocer su rutina. Matarlo era sólo la mitad del trabajo. La otra mitad era que no la cogieran.
Hasta ahora, Charleston era la ciudad más grande que había visto, pero Nueva York no era para nada como Charleston. Mientras caminaba por sus ruidosas y atestadas calles, tuvo que admitir que había monumentos bonitos. Hermosas iglesias, hoteles elegantes, edificios con grandes portales de mármol. Pero la amargura le impedía disfrutar de su entorno. La ciudad parecía intacta por la guerra que había desgarrado el Sur. Si había Dios, ella esperaba que el alma de William T. Sherman se quemara en infierno.
Se quedó embelesada mirando un organillo en lugar de mirar hacía adelante, y se chocó con un hombre que iba andando por la cera.
—¡Eh, muchacho! ¡Ten cuidado!
—Ten cuidado, tú —gruñó ella—. ¡Y no soy un muchacho!
Pero el hombre ya había desaparecido detrás de la esquina.
¿Es qué eran ciegos? Desde el día que había salido de Charleston, todo el mundo la confundía con un muchacho. No le gustaba, pero seguramente era lo mejor. Un muchacho vagando sólo, no era tan visible como una chica. En su casa nunca la confundirían. Desde luego, también todos la conocían desde pequeña, y sabían que no tenía paciencía para las tonterias de las chicas.
Si no hubiera cambiado todo tan rápido. Carolina del Sur. Rutherford. Risen Glory. Incluso ella misma. El anciano creía que ella era un chico, pero no lo era. Había cumplido los dieciocho, y era una mujer. Algo que su mente rechazaba, pero su cuerpo no le dejaba olvidar. El cumpleaños, su sexo, todo parecía un accidente, y como un caballo ante una valla demasiado alta, había decidido negarse a admitirlo.
Descubrió a un policía más adelante y se escabulló entre un grupo de trabajadores que llevaban cajas de herramientas. A pesar de la tarta, todavía tenía hambre. También estaba cansada. Ojalá estuviera ahora en Risen Glory, subiéndose a uno de los melocotoneros del huerto, o pescando, o hablando con Sophronia en la cocina. Para tranquilizarse metió la mano en el bolsillo y apretó el pequeño papel con la dirección de su destino, aunque tenía impresas las letras en la memoria.
Antes de encontrar un lugar para pasar la noche, tenía que echar un vistazo a la casa. Quizás pudiera ver al hombre que amenazaba lo que más quería. Entonces planificaría lo que ningún soldado de los Estados Confederados de América había sido capaz de hacer. Sacaría su arma y mataría al Major Baron Nathaniel Cain.

***

Baron Cain era un hombre peligrosamente apuesto con el pelo rubio leonado, una nariz cincelada y ojos grises que daban a su rostro el aspecto de un hombre temerario que vivía al límite. También estaba aburrido. Aunque Dora Van Ness era hermosa y sexualmente aventurera, estaba arrepentido de haberla invitado a cenar. No estaba de humor para escuchar su estúpida charla. Sabía que estaba preparada, pero siguió bebiendo tranquilamente su brandy. Estaba con las mujeres según sus términos, no los de ellas, y un brandy con tanta solera no se podía beber deprisa.
El anterior propietario de la casa tenía una excelente bodega en el sótano cuyo contenido junto con la casa había conseguido Cain gracias a sus nervios de acero y una pareja de reyes. Cogió un fino puro de un bote de madera que el ama de llaves había dejado para él en la mesa, cortó el final y lo encendió. En pocas horas debía estar en uno de los exclusivos clubs de Nueva York para lo que se auguraba una partida de poker con apuestas elevadas. Antes de eso, probaría los encantos íntimos de Dora.
Mientras se inclinaba para atrás en su silla, la vio mirar persistentemente la cicatriz que desfiguraba el dorso de su mano derecha. Era una de tantas que acumulaba, y todas y cada una parecían encantarla.
—No creo que hayas escuchado una sóla palabra de lo que te he dicho esta noche, Baron —se lamió los labios, y le sonrió astutamente.
Cain sabía que las mujeres lo encontraban atractivo, pero no le interesaba demasiado, y tampoco le enorgullecía. Según él lo veía, su cara era una maldición más. La herencia de un padre de voluntad débil y una madre que se abría de piernas para cualquier cosa que llevara pantalones.
Tenía catorce años la primera vez que fue consciente de las miradas de las mujeres, y había disfrutado con la atención. Pero ahora, doce años más tarde, había tenido demasiadas mujeres, y ya se había cansado.
—Claro que te he escuchado. Estabas dándome las razones por las cuáles debería trabajar para tu padre.
—Es muy influyente.
—Ya tengo un trabajo.
—De verdad, Baron eso no es un trabajo. Es una actividad social.
Él la miró levemente.
—No hay nada de social en esto. El juego es la forma en que me gano la vida.
—Pero.
—¿Te apetece subir arriba, o quieres que te lleve a tu casa? No quiero demorarme mucho aquí.
Ella se puso de pie de inmediato y en un minuto estaba en su cama. Tenía unos pechos llenos y maduros y él no pudo entender por qué no se sentía mejor con ellos en las manos.
—Lastímame —susurró ella—. Sólo un poco.
Él estaba cansado de lastimar, cansado del dolor del que parecía no poder escapar aunque la guerra ya había acabado. Hizo un mohín cínico.
—Todo lo que quiera la señora.
Más tarde, cuando estuvo solo y ya vestido para la noche, se encontró vagando por las habitaciones de la casa que había ganado con una pareja de reyes. Y recordó la casa dónde había crecido.
Tenía diez años cuando su madre se marchó, dejando a su padre sólo en una mansión desierta de Philadelphia, que se estaba cayendo a pedazos. Tres años después su padre murió y un comité de mujeres vino a llevarlo a un orfanato. Se escapó esa noche. No tenía ningún destino en mente, solamente una dirección. Oeste.
Pasó los siguientes diez años yendo a la deriva de una ciudad a otra, guardando ganado, poniendo raíles de ferrocarril y mojándose buscando oro hasta que descubrió las mesas de poker. El Oeste era tierra virgen que necesitaba hombres cultos, pero él nunca admitiría que no sabía ni leer.
Las mujeres caían rendidas a los pies del guapo chico de rasgos esculpidos y fríos ojos grises que susurraban misterios, pero ese frío en su interior nadie pudo deshelarlo. Su capacidad para sentir amor se había congelado en su niñez. Si sería para siempre, Cain no lo sabía. Tampoco le preocupaba.
Cuando estalló la guerra, atravesó el río Mississippi hacía el este por primera vez en doce años y se alistó, no para ayudar a preservar la Unión, sino porque era un hombre que valoraba la libertad por encima de todo, y no podía soportar la esclavitud. Entró en los grupos de carácter duro de Grant y mereció la atención del general cuando capturaron Fort Henry. Cuando llegaron a Shiloh, ya era un miembro del personal de Grant. Casi lo mataron dos veces: una vez en Vicksburg, y cuatro meses más tarde en Chattanooga. Missionary Ridge fue la batalla que abrió el camino para la marcha de Sherman hacía el mar.
Los periódicos empezaron a escribir de Baron Cain, como el “Héroe de Missionay Ridge”, alabándolo por su coraje y patriotismo. Después de que Cain hiciera una serie de exitosas incursiones a través de las líneas del enemigo, se citó al General Grant diciendo “Perdería mi mano derecha antes de perder a Baron Cain”.
Lo que ni Grant ni los periódicos sabían era que Cain vivía para correr riesgos. El peligro, como el sexo, hacía que se sintiera vivo y completo. Quizá por eso se ganaba la vida jugando al poker. Un día podría apostar todo a una carta.
Pero todo había comenzado a aburrirle. Las cartas, los clubs exclusivos, las mujeres… nada empezaba a importarle realmente. Había algo que se le escapaba, pero no tenía ni idea que era.

***

Kit se despertó ante el sonido de una voz masculina desconocida. Sentía la limpia paja contra la mejilla, y por un momento creyó estar de vuelta en casa, en el granero de Risen Glory. Entonces recordó que lo habían destruido.
—¿Por qué no te marchas ya, Magnus? Has tenido un día largo.
La voz venía desde el otro lado de la pared del establo. Era fría y profunda, sin alargar las vocales, ni susurrar las consonantes como hablaba la gente de su tierra.
Parpadeó tratando de despertarse. Todo volvió a su mente. ¡Dulce Jesús! Se había quedado dormida en la cuadra de Baron Cain.
Se incorporó lentamente sobre un codo, lamentando no poder ver más. Las indicaciones que le había dado la mujer del ferry debían estar equivocadas, porque era ya de noche cuando encontró la casa. Se subió a un árbol y se acurrucó durante unas horas, pero no ocurría nada y decidió saltar el muro que rodeaba la casa para ver mejor. Mientras caminaba por el patio vio una construcción de madera con una ventana, y decidió entrar para investigar. Desgraciadamente el olor tan familiar a caballos y paja fresca habían sido superior a sus fuerzas, y se durmió en la parte de atrás de un establo vacío.
—¿Planeas sacar a Saratoga mañana?
Esta era una voz diferente, de tonos familiares, el sonido evocador de los esclavos de la plantación.
—Es posible. ¿Por qué?
—No me parece que esté todavía bien curada de la pata. Mejor dale un par de días más.
—Estupendo. Le echaré un vistazo mañana. Buenas noches, Magnus.
—Buenas noches, Major.
¿Major? El corazón de Kit dio un vuelco. ¡El hombre de la voz profunda era Baron Cain! Se deslizó a la ventana del establo y miró por el antepecho sólo para verlo desaparecer en el interior de la casa encendida. Demasiado tarde. Había perdido la oportunidad de conseguir echar un vistazo a su cara. Y había pasado un día entero.
Durante un momento un nudo traidor le atenazó la garganta. No podía haberlo hecho peor ni aunque se lo hubiera propuesto. Era pasada la medianoche y estaba en una ciudad yanqui extraña, y casi se había descubierto el primer día. Tragó intensamente y trató de levantar su decaído ánimo poniéndose mejor el sombrero sobre la cabeza. No era inteligente llorar por la leche derramada. Lo que tenía que hacer ahora era salir de aquí y buscar un sitio para pasar el resto de la noche. Mañana seguiría con su vigilancia desde un lugar más seguro.
Recogió su atillo, se deslizó hacía las puertas, y escuchó. ¿Cain había entrado en la casa, pero dónde estaba el hombre llamado Magnus? Cautelosamente empujó la puerta exterior y miró.
La luz de las ventanas que se filtraba tras las cortinas caía sobre el terreno que había entre la casa y la cuadra. Salió lentamente y vio que todo estaba desierto. Sabía que la puerta de hierro del muro estaría cerrada, de modo que debía salir por el mismo lugar por dónde había entrado.
Los metros que tenía que atravesar la intimidaban. Una vez más miró hacía la casa. Entonces respiró profundamente y echó a correr.
En el momento en que salió de la cuadra, supo que algo no iba bien. El aire de la noche ya no estaba enmascarado por el olor a caballos, y llevaba el olor débil, inconfundible del humo de un puro.
Su sangre corrió deprisa. Alcanzó el muro y trató de subirse, pero la rama con la que se había ayudado al bajar se le resbaló de las manos. Intentó desesperadamente agarrarse a otra, el paquete se le cayó, pero ella pudo agarrarse. Justo cuando alcanzaba la cima, algo tiró con fuerza hacía abajo de sus pantalones. Se quedó un momento en el aire, y luego de golpe cayó de cara al suelo. Sintió el peso de una bota encima de su espalda.
—Bien, bien, ¿pero qué tenemos aquí?— dijo el propietario de la bota opresora.
La caída la había dejado un momento sin respiración, pero todavía reconoció esa voz profunda. El hombre que la tenía cautiva era su enemigo jurado, el Major Baron Nathaniel Cain.
Su rabia centelleó y lo vio todo rojo. Se apoyó con las manos en el suelo y luchó por levantarse, pero él no cedió.
—¡Quite la bota de encima, sucio hijo de puta!
—No creo que sea el momento todavía —dijo él con calma.
—¡Suélteme! ¡Suélteme ahora mismo!
—Eres bastante enclenque para ser un ladrón.
—¡Ladrón! —ultrajada golpeó los puños contra el suelo—. Nunca he robado nada en mi vida. Si me vuelve a llamar eso, yo le llamaré maldito mentiroso.
—¿Entonces qué estabas haciendo en mi cuadra?
Eso la contuvo. Rebuscó en su cerebro para decir una excusa que sonara convincente.
—Yo… he venido a mirar … a mirar… para buscar trabajo en su cuadra. No había nadie cuando llegué, y he debido dormirme.
Su pie no cedió.
—Cuando me he despertado, ya estaba oscuro. Entonces oí voces y me asusté de que alguien me viera y pensara que estaba tratando de hacer daño a los caballos.
—Creo que alguien que busca trabajo, debería tener suficiente sentido común para llamar a la puerta principal.
Eso también le parecía a Kit.
—Es que sufro de timidez —dijo ella.
Él se rió entre dientes y levantó poco a poco el pie de su espalda.
—Voy a permitir que te levantes. Pero te arrepentirás si sales corriendo, chico.
—Yo no soy un… — afortunadamente se paró a tiempo—. Yo no voy a salir corriendo —lo enmendó poniéndose lentamente de pie—. No he hecho nada malo.
—Salvo entrar sin permiso, ¿verdad?
Sólo entonces la luna apareció entre las nubes, y su rostro dejó de ser una sombra amenazadora, sino la de un hombre de carne y hueso. Contuvo el aliento.
Él era alto, ancho de espaldas y delgado. Aunque ella no prestaba normalmente atención a esas cosas, también era el hombre más apuesto que había visto en su vida. Llevaba el lazo de la corbata suelto y los extremos colgaban del cuello abierto de su camisa blanca con unos pequeños botones de ónice. Llevaba pantalones negros y estaba tranquilamente de pie, con una mano apoyada en la cadera, y el puro encendido todavía entre sus dientes.
—¿Qué llevas ahí? —señaló con la cabeza hacía la pared donde estaba tirado su paquete.
—¡Nada que le importe!
—Enséñamelo.
Kit quería desafiarlo, pero no sabía si saldría victoriosa, de modo que cogió el paquete de malos modos, lo colocó encima de la hierba y lo abrió.
—Una muda de ropa, los Ensayos del señor Emerson, y el revolver Pettingill de mi padre de seis disparos —no dijo nada del billete de tren para volver a Charleston que estaba en el interior del libro—. Nada que pueda interesarle.
—¿Qué hace un muchacho como tú leyendo los Ensayos de Emerson?
—Soy un discípulo.
Los labios de Cain temblaron ligeramente.
—¿Tienes dinero?
Ella se agachó para envolver su paquete.
—Claro que tengo. ¿Cree que sería tan pueril como para venir a una ciudad extraña sin dinero?
—¿Cuánto?
—Diez dólares —dijo ella insolentemente.
—No podrás vivir mucho en una ciudad como Nueva York con eso.
Sería incluso más crítico si supiera que en realidad sólo le quedaban tres dólares y veintiocho centavos.
—Le he dicho que estoy buscando trabajo.
—Sí, lo has dicho.
Si no fuera él tan grande. Se odió a sí misma mientras daba un paso atrás.
—Ahora, será mejor que me vaya.
—Entrar en propiedad privada va contra la ley. Tal vez te entregue a la policía.
A Kit no le gustó tener que apoyarse en el muro, y levantó la barbilla.
—Me importa un bledo lo que haga. No he hecho nada malo.
Él cruzó los brazos sobre su pecho.
—¿De dónde eres, chico?
—De Míchigan.
Al principio ella no entendió su estallido de risa, pero pronto reconoció su error.
—Supongo que me ha descubierto. Realmente soy de Alabama, pero a causa de la guerra no estoy ansioso de decirlo.
—Entonces mejor mantén la boca cerrada —él se rió entre dientes—.¿No eres un poco joven para llevar esa pistola?
—No veo por qué. Sé cómo utilizarla.
—Apuesto a que sabes —él la estudió más detenidamente—. ¿Por qué has dejado tu casa?
—Allí no hay trabajo.
—¿Y tus padres?
Kit le repitió la misma historia que le había contado al vendedor callejero. Cuando terminó, él se tomó su tiempo pensando. Tuvo que controlarse para no retorcerse.
—El chico del establo se fue la semana pasada. ¿Te gustaría trabajar para mí?
—¿Para usted? —murmuró ella débilmente.
—Exacto. Debes acatar las órdenes de mi hombre de confianza, Magnus Owen. No tiene la piel blanca como las azucenas de modo que si eso va a ofender tu orgullo sureño, mejor me lo dices ahora y nos ahorramos tiempo.
Como ella no respondió, él continuó.
—Puedes dormir sobre la cuadra y comer en la cocina. El sueldo es de tres dólares a la semana.
Ella pateó el suelo con el dedo de su bota arrastrando el pie. Su mente corría deprisa. Si hoy había aprendido algo era que Baron Caine sería difícil de matar, especialmente ahora que había visto su cara. Trabajar en su cuadra la mantendría cerca de él, pero haría también su trabajo dos veces más peligroso.
¿Desde cuándo el peligro había sido un inconveniente?
Ella metió los pulgares en la cintura de sus pantalones.
—Dos dólares más, yanqui y tendrá un nuevo chico para el establo.

***

Su habitación encima de la cuadra olía agradablemente a caballos, cuero y polvo. Tenía una cómoda y suave cama, una hamaca de roble y una descolorida alfombra además de una pequeña mesa con una jofaina y una palangana que ella ignoró. Lo más importante era la ventana que estaba orientada hacía el norte de la casa, de modo que podía calcular las horas.
Esperó hasta que Cain se marchó antes de quitarse las botas y subirse a la cama. A pesar de su siesta en el establo, estaba cansada. Incluso así le costó conciliar el sueño. En su lugar se encontró pensando como habría sido su vida si su padre no hubiera hecho ese viaje a Charleston cuando ella tenía ocho años, lo que provocó su segundo matrimonio.
En el momento en que Garrett Weston conoció a Rosemary se quedó prendado de ella, aunque fuera mayor que él y su belleza estuviera ya marchitándose. Rosemary no trató de ocultar que no soportaba a su niña, y el día que Garrett la llevó a su casa de Risen Glory, le convenció de la necesidad de tener intimidad , pues eran recién casados y envió a Kit con ocho años a pasar la noche en una caseta cerca de los barracones de los esclavos. No permitió que Kit volviera a su habitación nunca más.
Si se olvidaba que no tenía que estar por la casa, Rosemary se lo recordaba agarrándola de las orejas o dándole bofetadas, así que Kit se limitaba a ir a la cocina. Las lecciones esporádicas que recibía de un profesor, se trasladaron a la caseta.
Garrett Weston nunca había sido un padre atento y no parecía darse cuenta que su propia hija estaba recibiendo menos cuidados que los hijos de sus esclavos. Estaba demasiado obsesionado con su hermosa y sensual esposa.
Los vecinos estaban escandalizados. ¡Esa niña anda por ahí corriendo como una salvaje! Ya sería malo si fuera un chico, pero incluso un tonto como Garrett Weston debería darse cuenta que una chica no puede andar comportándose así.
Rosemary Weston no tenía ningún interés en la sociedad local, e ignoraba los consejos que le decían que Kit necesitaba una institutriz o ropa interior más aceptable. Finalmente las mujeres del pueblo le dieron a Kit vestidos de sus hijas y trataban de enseñarle a comportarse como una señorita. Kit ignoró las charlas y cambió los vestidos por ropas de muchacho. Cuando cumplió los diez años, sabía disparar, montar un caballo a pelo y fumar un puro.
Por la noche cuándo se sumergía en su soledad, pensaba que su corazón aventurero no habría sobrevivido al tipo de comportamiento de las chicas. Podía subirse a los melocotoneros del huerto siempre que quería y balancearse de las cuerdas del granero. Los hombres de la comunidad la enseñaron a montar y pescar. Se movía furtivamente por la biblioteca antes de que su madrastra bajara de su dormitorio por la mañana y se llevaba libros sin ninguna censura. Si se hacía una herida en la rodilla o tenía una astilla en un dedo, siempre podía correr a la cocina con Sophronia.
La guerra lo cambió todo. Los primeros disparos sonaron en Fort Sumter un mes antes de su decimocuarto cumpleaños. Poco tiempo después, Garrett Weston puso en las manos de Rosemary la administración de la plantación y se alistó en el ejército Confederado. Puesto que la madrastra de Kit nunca se levantaba antes de las once y odiaba Risen Glory, la plantación cayó en decadencia.
Kit, furiosa, trató de tomar el lugar de su padre, pero la guerra había acabado con el mercado del algodón para el Sur, y ella era demasiado joven para hacerse cargo.
Los esclavos huyeron. Mataron a Garrett Weston en Shiloh. Amargamente Kit recibió la noticia que le había dejado la plantación a su esposa. Kit sólo tenía un fondo en fideicomiso que su abuela le había dejado hacía algunos años pero eso no le solucionaba nada.
No mucho después los soldados yanquis entraron en Rutherford, quemando todo a su paso. La atracción inicial entre Rosemary y un joven atractivo subteniente de Ohio y su invitación posterior a compartir su cama, mantuvo en pie la casa de Risen Glory aunque no los alrededores. Al poco tiempo, Lee se rindió en Appomattox, y Rosemary murió en una epidemia de gripe.
Kit lo había perdido todo. Su padre, su niñez, su forma de la vida. Solamente tenía la tierra. Sólo Risen Glory. Y mientras se acurrucaba en el fino colchón encima de la cuadra de Baron Cain, se dijo que era lo único que contaba. Se durmió imaginando cómo sería cuándo Risen Glory fuera finalmente suya.

***

Había cuatro caballos en los establos, dos para el coche y dos para montar. Una parte de la tensión de Kit se aligeró esa mañana cuando acariciaba el cuello de un elegante corcel, mientras él le hociqueaba en el hombro. Todo iría bien. Mantendría los ojos abiertos y esperaría el momento adecuado. Baron Cain era peligroso pero ella tenía una ventaja. Ella conocía a su enemigo.
—Su nombre es Apolo.
—¿Qué?
Se dio la vuelta para encontrar a un joven negro de ojos grandes y expresivos que estaba de pie en la puerta que separaba los establos del pasillo central de la cuadra. Tendría alrededor de veinticinco años, y era alto, con una complexión ligera, flexible. Un chucho blanco y negro estaba tranquilamente a su lado.
—Ese corcel. Su nombre es Apolo. Es la montura favorita del Major.
—No me digas —Kit abrió la puerta y salió del establo.
El chucho la olió mientras el joven la estudiaba críticamente.
—Soy Magnus Owen. El Major me ha dicho que te contrató anoche después de que te pescara husmeando fuera de la cuadra.
—Yo no estaba husmeando. No exactamente. Ese Major tuyo tiene una naturaleza excesivamente recelosa, eso es todo —miró al mestizo—. ¿Ese es tu perro?
—Sí. Se llama Merlín.
—Se comporta como un perro que yo quería mucho.
La frente alta y lisa de Magnus se frunció con indignación.
—¿Qué quieres decir con eso, muchacho? ¡Ni siquiera conoces a mi perro!
—Le ví ayer por la tarde tumbado cerca de ese muro. Si Merlín fuera un verdadero guardián, me hubiera descubierto —Kit descendió y le acarició distraidamente detrás de las orejas.
—Merlín no estaba ayer por la tarde aquí —dijo Magnus—. Estaba conmigo.
—Oh. Bien, supongo que tal vez esté equivocada. Los yanquis mataron a mi perro, Fergis. Era el mejor perro que he tenido. Todavía lo lloro.
La expresión de Magnus se endulzó un poco.
—¿Cómo te llamas?
Ella lo pensó un momento, entonces decidió que sería más fácil utilizar su propio nombre de pila. Por encima de la cabeza de Magnus vio una lata de Aceite Finney para los arneses de cuero.
—Me llamo Kit. Kit Finney.
—Un nombre realmente curioso para un chico.
—Mis padres eran admiradores de Kit Carson, el luchador Injún.
Magnus pareció aceptar su explicación y pronto se pusieron a hacer su trabajo. Más tarde entraron en la cocina para el desayuno, y él le presentó al ama de llaves.
Edith Simmons era una mujer sólida con el pelo oscuro salpicado de canas y voz fuerte. Era la cocinera y el ama de llaves del anterior propietario y decidió permanecer en la casa sólo cuando descubrió que Baron Cain estaba soltero y no había ninguna esposa para decirle cómo hacer su trabajo. Edith creía en la economía, la buena comida y la higiene personal. Ella y Kit eran enemigas naturales.
—¡Este chico está demasiado sucio para comer con la gente civilizada!
—No voy a discutir eso contigo —respondió Magnus.
Kit estaba demasiado hambrienta para discutir por nada tampoco, de modo que caminó con paso lento hacia la despensa y se lavó con agua la cara y las manos, pero no tocó el jabón. Olía a niña y Kit había estado combatiendo todo lo femenino durante más tiempo del que podía recordar.
Mientras devoraba el suntuoso desayuno, estudió a Magnus Owen. De la manera en que la señora Simmons le trataba, era evidente que era una figura importante en la casa, insólito para un hombre negro bajo cualquier circunstancia, pero especialmente para uno tan joven. Algo se despertó en la memoria de Kit, pero no fue hasta que terminaron de comer cuando comprendió que Magnus Owen le recordaba a Sophronia, la cocinera de Risen Glory y la única persona a la que Kit amaba en el mundo. Tanto Magnus como Sophronia actuaban como si lo supieran todo.
Le sobrevino una oleada de nostalgia, pero la combatió con presteza. Pronto regresaría a Risen Glory, y levantaría la plantación de la ruina.
Esa tarde en cuándo terminó su trabajo, se sentó a la sombra cerca de la puerta de la cuadra, con un brazo sobre el lomo de Merlín que se había dormido con la nariz reposando en su muslo. El perro no movió un sólo músculo cuando Magnus se acercó.
—Animal inútil —susurró ella—. Si viniera un asesino con un hacha, ya estaría muerto.
Magnus se rió entre dientes y se sentó a su lado.
—Supongo que tengo que admitir que Merlín no es un gran perro guardián. Pero todavía es joven. Era sólo un cachorrillo cuando el Major lo encontró vagabundeando en un callejón detrás de la casa.
Kit sólo había visto a Cain una vez ese día, cuando le ordenó bruscamente ensillar a Apolo. Había sido demasiado cortante y altanero como para saludarla. No es qué ella quisiera que lo hiciera. Simplemente por cortesia.
Los periódicos yanquis le llamaban el Héroe de Missionary Ridge. Ella sabía que había luchado en Vicksburg y Shiloh. Quizá fuera el hombre que había matado a su padre. No parecía justo que él estuviera vivo cuando tantos valientes soldados Confederados estaban muertos. Y todavía era más injusto que mientras siguiera respirando amenazaba la única cosa que le había quedado en el mundo.
—¿Cuánto hace que conoces al Major? —preguntó ella cautelosamente.
Magnus cogió una brizna de hierba y empezó a masticarla.
—Desde Chattanooga. Casi perdió su vida por salvar la mía. Estamos juntos desde entonces.
Una horrible sospecha empezó a crecer en el interior de Kit.
—¿No luchaste a favor de los yanquis, no es verdad Magnus?
—¡Claro que luché a favor de los yanquis!
Ella no sabía por qué estaba tan desilusionada, pero lo estaba y Magnus dejó de gustarle.
—Me has dicho que eres de Georgia. ¿Por qué no luchaste por tu estado natal?
Magnus se sacó la brizna de hierba de la boca.
—Eres el colmo, chico. Te sientas aquí junto a un hombre negro, y fresco como una lechuga le preguntas por qué no combatió con la gente que le tenía encadenado. Tenía doce años cuando me liberaron. Me trasladé al norte, conseguí un trabajo y fuí a la escuela. Pero no era todavía libre, ¿y sabes por qué, chico? Porque no había un sólo hombre negro en este país que se pudiera considerar libre mientras sus hermanas y hermanos en el Sur seguían siendo esclavos.
—No se trataba de la esclavitud —explicó ella pacientemente—. Se trataba del derecho de gobernar sin interferencias. La esclavitud fue sólo secundario.
—Puede ser secundario para tí, chico blanco, pero no para mí.
Las personas negras sí que eran susceptibles, pensó ella cuando él se levantó y se fue. Más tarde mientras preparaba la segunda comida para los caballos, todavía estaba rumiando su conversación anterior. Le recordó a varias charlas que había tenido con Sophronia.
Cain llegó con Apolo y se bajó con un movimiento insolitamente ágil para un hombre de su tamaño.
—Atiéndelo de inmediato, chico. No quiero que el caballo enferme —le lanzó a Kit la brida y con grandes zancadas empezó a caminar hacia a la casa.
—Conozco mi trabajo —le gritó ella —. No necesito que ningún yanqui me diga como atender a un caballo caliente y sudoroso.
Nada más salir las palabras de su boca, deseó haber podido morderse la lengua. Sólo era miércoles y no podía arriesgarse a que la echaran todavía.
Ya sabía que el domingo era la única noche que la señora Simmons y Magnus no dormían en la casa. La señora Simmons tenía el día libre y se quedaba con su hermana, y Magnus pasaba la noche en lo que la señora Simmons describía como un modo borracho y vicioso, inadecuado para oídos jóvenes. Kit necesitaba callarse la boca durante cuatro días. Entonces cuando llegara el domingo por la noche, entraría a matar al bastardo yanqui que se había girado y la miraba con esos fríos ojos grises.
—Si crees que serías más feliz trabajando para otra persona, puedo encontrar otro chico para los establos.
—No he dicho que quiera trabajar para otra persona —murmuró ella.
—Entonces quizá fuera mejor que intentaras callarte la boca.
Ella dio un golpe en el suelo con el dedo polvoriento de su bota.
—Y, ¿ Kit?
—¿Sí?
—Date un baño. La gente se queja de como hueles.
—¡Un baño! —la atrocidad casi estranguló a Kit y apenas pudo mantener la compostura.
Cain parecía estar disfrutando.
—¿Hay algo más que quieras decirme?
Ella apretó los dientes y pensó en el tamaño del agujero de bala que pretendía dejar en su cabeza.
—No, señor —musitó ella.
—Entonces necesitaré el coche en la puerta frontal en hora y media.
Mientras llevaba a Apolo hacía los establos, iba soltando una gran cantidad de blasfemias. Matar a ese yanqui le iba a dar más placer que nada que hubiera hecho en sus dieciocho años. ¿Qué le importaba a él si se bañaba o no se bañaba? No le gustaban los baños. Todo el mundo sabía que eran la antesala de la gripe. Además para eso tenía que desnudarse, y odiaba ver su cuerpo desde que le habían crecido unos pechos que no encajaban con lo que ella quería ser.
Un hombre.
Las chicas eran débiles y suaves, por eso había borrado todo rastro femenino en ella para hacerser dura y fuerte como cualquier hombre. Siempre que no olvidara eso, todo iría bien.
Todavía se sentía indispuesta mientras estaba de pie delante de las cabezas de los dos caballos grises y esperaba que Cain saliera de la casa. Se había lavado un poco la cara y se había cambiado de ropa, aunque también estaba sucia, y por lo tanto no había mucha diferencia.
Cuando Cain bajó las escaleras de la casa, miró los calzones remendados y la descolorida camisa azul de su chico de establo. Si era posible, parecía que el chico tenía peor aspecto. Estudió lo que podía ver del rostro del muchacho debajo de ese sombrero roto y pensó que la barbilla quizás estaba un poco más limpia. Probablemente no debería haber contratado al tunante, pero el chico le hacía sonreír más que nadie que recordara.
Desgraciadamente la actividad vespertina sería menos divertida. Deseó no haberse dejado convencer para dar un paseo con Dora por Central Park. Aunque los dos conocían las reglas desde el principio, sospechaba que ella quería una relación más permanente, y trataría de sacar partido de la privacidad que ofrecía el paseo para presionarle. A menos que tuvieran compañía …
—Sube detrás chico. Es hora de que veas algo de la ciudad de Nueva York.
—¿Yo?
Él sonrió ante el asombro del chico.
—No veo por aquí a nadie más. Necesito que alguien me sujete los caballos —y evitar una invitación de Dora para ser un miembro permanente de la familia Van Ness.
Kit miró fijamente al yanqui de ojos grises, ojos de rebelde asesino y tragó con fuerza. Despues se subió al asiento de cuero tapizado. Cuanto menos lo tuviera enfrente, menos probabilidades tenía de pillarla.
Mientras conducía expertamente a través de las calles, Cain le iba señalando las atracciones de la ciudad y su placer por los nuevos monumentos empezó a superar su prudencia. Pasaron por el famoso restaurante Delmonico’s y el Teatro Wallach, donde Charlotte Cushman aparecía en Oliver Twist. Kit observó a gente elegantemente vestida salir de las tiendas y los hoteles que rodeaban la exuberante vegetación del Madison Square, y más hacía el norte admiró las elegantes e imponentes mansiones.
Cain paró el coche delante de una de ellas.
—Cuida los caballos, chico. No tardaré mucho.
Al principio a Kit no le molestó esperar. Estaba absorta observando las majestuosas mansiones y los estupendos carruajes que pasaban con gente bien vestida en su interior. Pero entonces se acordó de Charleston, reducida a escombros, y la familiar amargura se renovó dentro de ella.
—Es un dia perfecto para pasear. Y tengo una historia divertidísima que contarte.
Kit se giró y vio a una elegante mujer de rizos rubios y boca bonita, haciendo una mueca mientras bajaba los escalones de la entrada del brazo de Cain. Iba vestida con un vistoso vestido rosa y llevaba una sombrilla de encaje blanca para proteger su pálida piel del sol de la tarde. Completaba el atuendo un pequeño sombrero que parecía espuma en la parte alta de su cabeza. Kit la detestó a primera vista.
Cain ayudó a la mujer a subir al coche y a acomodar sus faldas. La opinión de Kit sobre él cayó aún más bajo. Si este era el tipo de mujer que a él le gustaba, no era tan inteligente como había pensado.
Puso la bota en el escalón de hierro y se balanceó hacía el asiento trasero. La mujer se giró con asombro.
—Baron ¿quién es esta criatura asquerosa?
—¿Quién es aquí asquerosa? —Kit se incorporó en el asiento, con los puños en posición de pelea.
—Siéntate —dijo Cain casi ladrado.
Ella le miró airadamente, pero su expresión de rebelde asesino no parpadeó. De mala gana, se hundió de nuevo en el asiento, y se puso a mirar fijamente ese tonto y coqueto sombrerito blanco y rosa.
Cain deslizó suavemente el carruaje por el tráfico.
—Kit es mi chico de establo, Dora. Lo llevo para que se quede con los caballos en caso de que decidas pasear a pie por el parque.
Las cintas del sombrerito de Dora bailaron.
—Hace demasiado calor para caminar.
Cain se encogió de hombros. Dora ajustó su sombrilla y permaneció en un silencio que denotaba indignación, pero para satisfacción de Kit, Cain no le prestó ninguna atención.
A diferencia de Dora, Kit no era propensa a enfurruñarse, y disfrutó del placer de una brillante tarde de verano y de los monumentos que él seguía señalándole. Esta era seguramente la única oportunidad que tendría de ver la ciudad de Nueva York, y aunque tuviera de guía a su enemigo jurado, pensaba disfrutarlo.
—Esto es Central Park.
—No entiendo por qué lo llamaís así. Cualquier idiota puede ver que está al norte de la ciudad.
—Nueva York está creciendo muy deprisa —dijo Cain—. Ahora mismo no hay nada alrededor del parque. Unas chabolas, alguna granja. Pero dentro de pocos años habrá edificios por todas partes.
Kit estaba a punto de expresar su escepticismo cuando Dora giró en su asiento y la miró con una luz deslumbradoramente abrasadora. El mensaje decía claramente que Kit no debía abrir otra vez la boca.
Con una sonrisa afectada en su rostro, Dora se volvió hacia Cain y tocó su antebrazo con una mano enguantada en malla rosa.
—Baron, tengo una historia muy divertida que contarte de Sugar Plum.
—¿Sugar qué?
—Ya sabes. Mi querido perrito de raza pug.
Kit hizo una mueca y se echó hacía atrás en el asiento. Miró el juego de luces mientras el coche pasaba por un camino bordeado de árboles que corría a través del parque. Otra vez se encontró así misma observando el sombrerito de Dora. ¿Por qué llevaría alguien algo tan tonto? ¿Y por qué no podía apartar los ojos de él?
Un landó negro con dos mujeres sentadas pasó en dirección contraria, y Kit observó con qué descaro miraban a Cain. Parecía que todas las mujeres se volvían tontas a su alrededor. Él sabía cómo manejar los caballos, eso tenía que reconocerlo. Aunque sin duda no era eso lo que atraía a esas mujeres. Estaban interesadas en él como hombre.
Trató de estudiarlo objetivamente. Era hermoso el hijo de puta, no había duda de eso. Su pelo era del mismo color del trigo antes de la cosecha, y se le rizaba un poco en el cuello. Cuando se giró para hacer un comentario a Dora, su perfil quedó definido contra el cielo, y ella decidió que había algo pagano en él, como un dibujo que había visto de un vikingo… una ceja suave, elevada, una nariz recta y una mandíbula firme.
—… entonces Sugar Plum empujó lejos el bombón de frambuesa con su nariz y en su lugar eligió uno de limón. ¿No es la cosa más dulce que has escuchado nunca?
Pugs y bombones de frambuesa. La mujer era una maldita tonta. Kit suspiró en voz alta.
Cain se volvió hacia atrás.
—¿Pasa algo?
Ella trató de ser cortés.
—No me gustan mucho los pugs.
La comisura de la boca de Cain tembló visiblemente.
—¿Y eso por qué?
—¿Quiere mi sincera opinión?
—Oh, por supuesto.
Kit lanzó una mirada de repulsión a la espalda de Dora.
—Los pugs son unos perros mariquitas.
Cain se rió entre dientes.
—¡Este niño es un impertinente!
Cain ignoró a Dora.
—¿Prefieres los mutts, Kit? He observado que pasas mucho tiempo con Merlín.
—Merlín pasa el tiempo conmigo, no al revés. Y no me importa lo que dice Magnus: “Este perro es más inútil que un corsé en un burdel”.
—¡Baron!
Cain hizo un extraño ruido con la boca antes de recuperar la serenidad.
—Quizá deberías acordarte que hay una dama presente.
—Sí, señor —murmuró Kit, aunque creía que no había dicho nada malo.
—Este chico no conoce su lugar —dijo Dora bajito—. Yo despediría a cualquier criado que se comportara de forma tan extravagante.
—Entonces supongo que es bueno que trabaje para mí.
Él no había elevado la voz, pero la advertencía era clara y Dora enrojeció.
Estaban acercándose el lago, y Cain detuvo el carruaje.
—Mi chico de establo no es un criado común —continuó él, con tono ligero—. Es discípulo de Ralph Waldo Emerson.
Kit dejó de mirar a lo lejos a una familia de cisnes que se deslizaban entre las canoas para ver si él se estaba burlando de ella, pero no lo parecía. En su lugar él puso el brazo sobre la espalda del asiento de cuero y se giró para mirarla.
—¿El único escritor que conoces es el señor Emerson, Kit?
La rabieta indignada de Dora puso parlanchina a Kit.
—Oh no, leo todo lo que cae en mis manos. Ben Franklin desde luego, aunque todo el mundo lo lee. Thoreau, Jonathan Swift. Edgar Allan Poe cuando estoy de humor. No me gusta mucho la poesía, pero de lo demás generalmente tengo un apetito voraz.
—Ya veo. Quizás no has leído a los poetas adecuados. Walt Whitman por ejemplo.
—Nunca he oído hablar de él.
—Es un neoyorquino. Trabajó como enfermero durante la guerra.
—No creo que pueda soportar a un poeta yanqui.
Cain levantó una ceja divertido.
—Me decepcionas. Seguramente un intelectual como tú no puede permitir que esos prejuicios interfieran para disfrutar de gran literatura.
Él estaba riéndose de ella, y sintió burbujear su rabia.
—Estoy sorprendido que hasta recuerde el nombre de un poeta, Major, la verdad es que no tiene mucha pinta de lector. Pero supongo que eso es común en los hombres tan grandes. Tantos músculos en sus cuerpos, y no ejercitan mucho el cerebro.
—¡Impertinente!— Dora miró a Cain con una mirada de ¿lo-has-visto?
Cain la ignoró y estudió a Kit más detenidamente. El chico tenía agallas, no había duda. No podía tener más de trece años, la misma edad que Cain tenía cuando se escapó. Pero entonces Cain casi había alcanzado ya su altura adulta, mientras Kit era pequeño, poco más de metro cincuenta.
Cain se fijó en lo delicados que eran los rasgos del sucio chico: El rostro en forma de corazón, la pequeña nariz con una decidida inclinación ascendente, y esos ojos violetas rodeados de espesas pestañas. Eran el tipo de ojos hermosos en una mujer, pero parecían fuera de lugar en un chico y lo serían incluso más cuando Kit creciera y se hiciera un hombre.
Kit rechazó acobardarse bajo su escrutinio, y Cain reconoció una chispa de admiración. La delicadeza de sus características tenía probablemente algo de relación con sus agallas. Un chico de aspecto tan delicado habría tenído que defenderse de bastantes peleas.Todavía era demasiado joven para valerse por sí mismo, y Cain sabía que debería llevarlo a un orfanato. Pero incluso mientras consideraba la idea, sabía que no lo haría. Había algo en Kit que le recordaba a él a su edad. Había sido firme y tenaz andando por la vida afrontándola sin un titubeo. Sería como cortar las alas de un pájaro encerrar a este chico en un orfanato. Además era bueno con los caballos.
La necesidad de Dora de estar sola con él superó finalmente su aversión a hacer ejercicio, y le pidió bajar a pasear por el lago. Allí se desarrolló la molesta y previsible escena que esperaba. Era por su culpa. Había dejado que el sexo superara a su buen juicio.
Fue un alivio volver al carruaje donde Kit había empezado una conversación con el hombre que alquilaba las canoas y dos señoras de la noche brillantemente maquilladas para un paseo antes de irse a trabajar.

***

Esa noche después de cenar Kit se tumbó en su lugar favorito al lado de la puerta del establo, con el brazo apoyado en la cálida espalda de Merlín. Se encontró recordando algo extraño que le había dicho Magnus hacía un rato mientras admiraba a Apolo.
—El Major prontó se desprenderá de él.
—¿Por qué? —había dicho ella—. Apolo es increiblemente hermoso.
—Por supuesto que lo es. Pero el Major no se queda mucho con las cosas que le gustan.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Regala sus caballos y sus libros antes de poder estar demasiado atado a ellos. Es su forma de ser.
Kit no podía imaginarlo. Eran las cosas que te mantenían anclado a la vida. Pero quizá el Major no quería estar anclado a nada.
Se tocó el cabello bajo su sombrero, y una imagen del sombrerito rosa y blanco de Dora Van Ness le llegó a la mente. Era tonto. El sombrero no era nada más que unos pocos trozos de seda y encaje. Pero no podía apartarlo de su mente. Continuó imaginando que aspecto tendría ella llevando esa ropa.
¿Qué le pasaba? Se quitó el sombrero roto y lo golpeó bruscamente contra el suelo. Merlín levantó la cabeza y la miró con sorpresa.
—No pasa nada, Merlín. Todos estos yanquis están metiendo ideas extrañas en mi cabeza. Como si necesitara la distracción de pensar en sombreritos.
Merlín la miró con detenimiento con sus sentimentales ojos castaños. No le gustaba admitirlo, pero le iba a echar de menos cuando se fuera a casa. Pensó en Risen Glory. Dentro de un año, tendría levantada la vieja plantación.
Decidiendo que la misteriosa crisis humana había terminado, Merlín volvió a poner la cabeza sobre su muslo. Distraídamente Kit manoseó una de sus largas y sedosas orejas. Odiaba esta ciudad. La enfermaban los yanquis y el sonido del tráfico incluso por la noche. La disgustaba tener que llevar ese asqueroso sombrero y sobre todo, la enojaba que todos la llamaran “chico”.
Qué ironía. Toda su vida había odiado todo lo que tenía que ver con lo femenino, pero ahora que todo el mundo pensaba que era un chico, también lo odiaba. Quizás era una especie de mutante.
Se tocó distraídamente las puntas de su pelo sucio. Cuando el bastardo yanqui la había llamado hoy chico, se había sentido más que enferma. Él era tan arrogante, estaba tan seguro de sí mismo. Se había fijado en los ojos llorosos de Dora después de que volvieron de su paseo por el lago. La mujer era tonta pero Kit había sentido un instante de simpatia hacia ella. De formas distintas, pero las dos sufrían por culpa de él.
Acarició con los dedos el lomo del perro y repasó su plan. No era infalible, pero en general, estaba satisfecha. Y decidida. Seguramente sólo tendría una oportunidad para matar a ese demonio yanqui, y no tenía intención de fallar.
A la mañana siguiente Cain le tiró una copia de Hojas de hierba de Walt Whitman.
—Quedatelo.

 

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