Los personajes

ESTE CORAZÓN MÍO / THIS HEART OF MINE

 

Molly Somerville

Era una romántica empedernida, que prefería leer una buena novela o perderse en un museo que ver deportes de contacto. Naturalmente era una acérrima aficionada de los Stars, pero su lealtad era más producto de su entorno familiar que de una inclinación natural. Tenía una nariz que estaba bien y una boca que no estaba mal. Su cuerpo, ni demasiado delgado ni de­masiado gordo, estaba sano y era funcional, cosa que agra­decía. Una mirada a sus pechos confirmó algo que había aceptado hacía mucho tiempo: para ser hija de una corista, no daba la talla. Sus ojos, en cambio, eran bonitos, ligeramente rasgados, y le gustaba creer que ese sesgo le daba a su rostro un aire misterioso.

 

Kevin

Lo único que le importaba era el fútbol. El fútbol y una interminable retahíla de modelos in­ternacionales de rostro inexpresivo. ¿Dónde las conocía? ¿En la web sin personalidad.com? Con esa particular combinación de pelo rubio oscuro y ojos verdes brillantes este hijo de predicador tenía un cuerpazo, atlético y escultural, nada desproporcionado.

— ¿A qué tipo de trabajo te dedicas? —dijo en un tono desdeñoso que a Molly le hizo pensar que él no creía que pu­diese ser nada demasiado arduo.
—Je suis auteur.
— ¿Escritora?
—Ich bin Schriftstellerin -añadió en alemán.
— ¿Has abandonado tu idioma vernáculo por algún mo­tivo?
—He pensado que tal vez te sentirías más cómodo con alguna lengua extranjera-dijo ondeando vagamente su ma­no—. Por algo que he leído…

 

Tess y Julie

Las niñas eran mellizas idénticas, aunque Tess llevaba unos vaqueros y una camise­ta holgada de los Stars, y Julie iba enfundada en unos estre­chos pantalones negros y un jersey rosa. Ambas eran atléti­cas, pero a Julie le encantaba el ballet y Tess triunfaba con los deportes en equipo. Gracias a su naturaleza alegre y opti­mista, las mellizas Calebow eran muy populares entre sus compañeros de clase; sus padres, en cambio, vivían con el co­razón en un puño, ya que ninguna de las dos niñas rechaza­ba jamás un desafío.

 

Andrew

Había sido bendecido no sólo con la bue­na presencia de su padre, sino también con la voz retumbante de Dan Calebow.

 

Hannah

Con ocho años, Hannah era la vulnerable hija mediana que no tenía ni la capacidad atlética de sus hermanas ni su infinita auto­estima. Al contrario, era una romántica soñadora, una de­voradora de libros excesivamente sensible e imaginativa, con un gran talento para el dibujo.

 

Dan Calebow

Era alto, rubio y elegante. La edad le había tratado amablemente, y en los doce años que hacía que Molly le conocía, las arrugas que habían ido apare­ciendo en su rostro viril sólo le habían aportado carácter. Su presencia bastaba para llenar una habitación: era el reflejo de la perfecta autoestima de alguien que sabe lo que quiere.

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