Caliente

 

 

Antología de las escenas más calientes y sensuales de Ella es tan Dulce.

 

Colin & Sugar Beth

Nude painting entitled Passion by Charles Billich of Australia

 


 

 

 

—Querida, eres la mismísima reencarnación del diablo.
Ella le dirigió una mirada radiante.
—Lo sé
—Come. —Estampó el plato de beicon sobre la mesa, delante de ella ¿ No tienes hambre? Perfecto. Subamos arriba.
—Si subimos, me quedo con el trabajo.
—Esto no tiene nada que ver con tu trabajo, y lo sabes. —Gordón aulló al otro lado de la puerta en el instante mismo en que Colin iba a ponerle la mano encima—. Maldito chucho.
—Por fin has visto la luz.
Colin dejo entrar al perro, que se dirigió al recipiente con su agua.
Sugar Beth miró el beicon pero había perdido el apetito. Antes de volver a Parrish, el duelo y la ansiedad se habían encargado de apagar su deseo sexual. Luego se había reencontrado con Colin Byrne. ¿Por qué tenía que ser él quien la sacara de su limbo sin complicaciones ? El no mentía cuando le decía que no le deseaba lo mejor.
—Dime que no estás recuperando el juicio —dijo él, mirándola desde las alturas
—La estupidez está grabada en mi ADN.
—Gracias a Dios
Sugar Beth supo que iba a tirar adelante. Al mismo tiempo, necesitaba que él supiera que era sólo una diversión para ella.
—Manos a la obra —dijo y se levantó de la mesa, poniendo rumbo a las escaleras—. Y más te vale responder bien porque, si no me aseguraré de que lo sepa la ciudad entera.
—Y tú, querida, más vale que seas algo más que palabras, cosa que , empiezo a poner seriamente en duda.
—¿De veras? —Se detuvo en seco en el tercer escalón, se desabrochó la bata y la dejó caer al suelo.
Colin observó el sujetador blanco, el tanga negro y las botas camperas.
—Que me aspen —suspiró.
Ella se pasó un dedo por el vientre con gesto seductor.
—Y todavía no has visto lo bueno.
—Te equivocas. —Recorrió la distancia que les separaba con tres grandes zancadas—. Aunque reconozco que estoy impaciente por ver el resto.
—Vale, pero me quedo con el trabajo.
—Cierra el pico, ¿quieres? —Le rodeó la cintura con el brazo y la levantó del escalón, apretándola contra sí.
Las botas camperas chocaron contra las pantorrillas de Colin y Sugar Beth le miró desde lo alto. Inclinó la cabeza, los labios de él se entreabrieron y sus bocas se encontraron. Colin la besó con una avidez que debería ser desconocida para un hombre tan refinado
Sin dejar de besarla, la llevó de vuelta al sofá y le desabrochó el sujetador.
—Eres magnífica —susurró al arrojarlo a un lado.
—Lo sé.
Él rió por lo bajo y le acarició los pechos, y luego volvió a besarla con la misma avidez. Por muy grande que fuera el placer Sugar Beth quería más. Quería sentir por todo el cuerpo su boca, sus dientes…
Gordón ladró.
Y quería intimidad.
—Deshazte de él —gruñó.
—Es un perro. —Colin le mordisqueaba el labio—. No se lo contará a nadie.
—No me gustan los mirones.
Colin maldijo y fulminó a Gordón con la mirada.
—Quédate aquí.
Agarró a Sugar Beth de la muñeca y la llevó al dormitorio del primer piso, mientras el perro les seguía. Cuando Colin cerró la puerta de una patada,Gordón empezó a aullar. A pesar de su anhelo, Sugar Beth se echó a reír cuando vio la expresión asesina de Colin.
—No te muevas —gruñó él y salió como una flecha del dormitorio. Sin dejar de sonreír, Sugar Beth se sentó en el borde de la cama deshecha y se quitó las botas. Colin debió de encontrar una chuchería para perros o veneno raticida, porque de pronto hubo silencio luego volvió a la habitación. Ella le observó desde la cama.
—Maravillosa —dijo él, contemplándola.
Sugar Beth sólo llevaba el tanga y un par de calcetines púrpura con una chica superhéroe a cada lado. Los había comprado para Delilah, pero no los quiso porque atravesaba una etapa romántica.
—Soy experta en lencería.
—No tengo nada que objetar. —De pie en medio de la vieja alfombra floreada, Colin empezó a quitarse la ropa. Cuando se quedó sólo en tejanos, ella se levantó y se le acercó.
—Déjame a mí. —Pasó un dedo por el ojal y se puso a juguetear con el cierre
—¿Necesitas ayuda? —graznó él.
—No gracías. —El calor del vientre masculino calentó el dorso de su mano .Recorrió la cremallera con el pulgar. Sintió el bulto voluminoso, duro (otra sorpresa) muy largo. Las manos, los pies, la nariz: debería haberlo adivinado.
Le deseaba tanto como él a ella, pero no soportaba la idea de que todo terminaría muy pronto… ni de darle demasiada importancia.

 

—Nunca debiste ponerme un suspenso en mi trabajo sobre Charlotte Brontë —el cálido aliento de él le rozó el cuello,
—Tal vez podamos discutirlo más tarde.
—Creo que no. —Jugueteó con la lengüeta de la cremallera—. Me esmeré mucho en aquel trabajo.
—Y lo entregaste con una semana de retraso.
Sugar Beth bajó la cremallera un par de centímetros y se detuvo para hacer pucheros
—Aún así……..
—De acuerdo. Cambiaré el suspenso por un aprobado.
Ella soltó la lengüeta. Haciendo caso omiso del dulce letargo que la iba embargando, dio un paso atrás y le miró enfurruñada.
—Quiero un notable.
Pero ella no era la única que sabía jugar.
—Esto te lo has de ganar. —Byrne señaló sus pies—. Dame uno de esos calcetines.
—¿Sólo uno?
—Soy un hombre razonable.
—Supongo. —Sugar Beth apoyó un pie en el borde de la cama y se inclinó lentamente sobre el muslo. Se quitó el calcetín como si fuera una media de red y lo metió bajo la cintura de los téjanos.
—Muy bien hecho. Y ahora el tanga.
—Quiero un sobresaliente.
—Sólo por tu cuerpo.
Eso fue amable de su parte, ya que ambos sabían que estaba demasiado delgada y que sus muslos no habían visto un gimnasio desde hacía una eternidad. Aun así, unas piernas largas puntúan mucho para los hombres.
—Si me besas primero.
—Será un placer.
Este beso fue más lento que los anteriores, más intenso, un beso de primera. Colín le pasó los dedos entre los cabellos. Los tejanos de él le rascaban la piel. Ella sintió que se rendía incluso antes de que él metiera los dedos bajo el tanga y tirara de él, al tiempo que se arrodillaba.
Sugar Beth echó la cabeza atrás cuando Byrne hundió la cara entre sus muslos. Inspiró su esencia, como sólo lo hacen los hombres buenos. Los malos también, aunque no tenía por qué preocuparse siendo ella la única pecadora en la habitación. Colin le separó los muslos y le cubrió las nalgas con una mano.
La devoró.
Sus piernas se paralizaron, pero él la sostenía con su ancha mano justo en la posición apropiada, abierta y accesible.
Su orgasmo la pilló de sorpresa. Se le escapó un grito ahogado
Colin la acompañó en la arremetida y luego la tendió en la cama como si fuera una muñeca. Se hizo un lío con los téjanos, y su inusual torpeza provocó una sonrisa a Sugar Beth. Descubrió que él estaba preparado cuando le vio sacar del bolsillo un preservativo previsor aunque innecesario.
Desnudo al fin, la tendió de espaldas y la acarició con los labios los pezones hasta el vientre, y más abajo. ¿Quién iba a imaginar una generosidad tan terrenal de un hombre tan quisquilloso? Sugar Beth hundió los dedos entre su cabello espeso y Colin jugó con ella y la llevó a las puertas de un nuevo orgasmo, sin dejar que las cruzara.

Ella se volvió de costado para devolverle el favor.
Embriagados de sus sensaciones, se exploraron, tocándose y saboreándose intercambiando palabras indecentes y gemidos profundos, cada vez más excitados. Ella intentó cerrar los muslos para atormentarle pero él no se lo permitió,
—Ni se te ocurra.
Cogió uno de sus tobillos, el que aún llevaba calcetín, y lo apretó contra la cama. Luego agarró la otra pierna por la rodilla, la abrió y la penetró con fuerza, sin brutalidad —era demasiado corpulento para necesitarla—pero sin demasiados miramientos tampoco. Como si pudiera leerle el pensamiento.
Ella le rodeó con las piernas y sus cuerpos se enlazaron al ritmo de unos viejos amantes. La espalda de Colin temblaba bajo las manos de ella. Él arqueó las caderas, rodeó sus nalgas con la mano y encontró un nuevo punto donde dale placer.
Sugar Beth arqueó el cuerpo y gritó. Sus miradas se encontraron, prodigioso, En un instante prodigioso, les recorrió a ambos una descarga de reconocimiento, algo muy profundo, muy esencial. Pero la vorágine los arrastró antes de que pudieran darle nombre.

 

 


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