Antología

CÁZAME SI PUEDES

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Un taxi le cerró el paso. Tocó el claxon con rabia, y un hilo de sudor se deslizó entre sus pechos. Echó un vistazo a su reloj: las 10.50. Intentó recordar si se había puesto desodorante después de ducha. Por supuesto que sí. Siempre lo hacía. Levantó el brazo para asegurarse, pero ni bien aspiró se metió en un bache y su boca chocó contra la solapa de su chaqueta, dejando una mancha de ba­rra de labios pardo rojizo.
cap 1

El despacho de la Pitón era del color del dinero: paredes lacadas en jade, alfombra gruesa de color musgo, y muebles tapizados en distintos tonos de verde resaltados con cojines rojo sangre. Detrás del sofá colgaba una colección de fotos periodísticas, junto con una señal en metal blanco oxidado y el nombre BEAU VISTA impreso en letras mayúsculas negras algo descoloridas. Adecuado, consideran­do los ventanales que dominaban el lago Michigan a la distancia.
La propia Pitón estaba sentada detrás de un elegante escritorio en for­ma de U, su sillón de respaldo alto orientado hacia la vista del lago. Al alcance de la mano tenía un ordenador de sobremesa de última generación, un pequeño portátil, un BlackBerry y un sofisticado te­léfono negro con suficientes botones como para hacer aterrizar un Jumbo. Junto al teléfono descansaban unos cascos de ejecutivo. La Pitón hablaba directamente al auricular.
cap 1

—¿Cómo es de grande su empresa exactamente?
Un teléfono, un ordenador, el viejo y polvoriento archivador de Nana y ella misma.
—Es de un tamaño manejable. Creo que la clave de la flexibi­lidad es trabajar con el personal justo. —Y agregó—: Aunque here­dé la empresa de mi abuela, estoy perfectamente cualificada para di­rigirla.
cap 1

—Gwen, te habla Annabelle. Gracias otra vez por aceptar que te presente a Heath con tan poca antelación. —Le dirigió una mira­da incisiva. Campanilla le estaba mortificando—. Me ha pedido tu número de teléfono. Tengo entendido que tiene planeado invitarte cenar —otra mirada corrosiva— en el Charlie Trotter’s.
Tuvo ganas de echarse a reír, pero se mantuvo inexpresivo para no darle esa satisfacción.
Ella hizo una pausa, escuchó y asintió. Él sacó su móvil y con­sultó la lista de llamadas que habían entrado mientras charlaba con Gwen. En Denver todavía no eran las nueve. Aún tenía tiempo de llamar a Jamal para interesarse por su ligamento cruzado anterior.
—Sí —dijo ella—. Sí, se lo diré. Gracias. —Cerró su móvil, lo metió en el bolso y volvió a mirarle—. Gwen dice que le gustó us­ted. Pero sólo como amigo.
Heath se quedó sin habla, lo que rara vez le sucedía.
—Temía que eso ocurriera —se apresuró a decir ella—. Con veinte minutos no es que le sobre tiempo para causar la mejor im­presión.
Él la miró, incapaz de creer lo que le estaba diciendo.
—Gwen me pidió que le transmitiera sus mejores deseos. Dice que es usted muy bien parecido, y que está convencida de que no le costará encontrar a una mujer más adecuada.
¿Gwen Phelps lo había rechazado?
—Tal vez… —dijo Annabelle pensativa— tengamos que bajar un poco el listón en la escala del tótem femenino.
cap 2

Disminuyó la marcha en cuanto encontró lo que buscaba en la calle bordeada de árboles. Nunca había visto una candidata más idónea al derribo que aquella casita de madera pintada del azul de los huevos de tordo, con una cenefa de motivos vegetales descascarillada. Una verja negra de hierro forjado con la pintura levantada en ampollas rodeaba una franja de césped del tamaño de su cuarto de baño. El lugar parecía el cobertizo del jardinero de alguna de las dos elegantes casas restauradas de ladrillo, de dos pisos, que se alzaban a ambos lados. ¿Cómo había podido librarse de la bola de demolición que había reclamado ya la mayoría de los hogares más deteriorados de Wicker Park?
cap 3

Gwen Phelps Bingham dejó sobre la mesa su vaso de té helado.
—¿Le has convencido de que rellene el cuestionario?
—Más o menos —contestó Annabelle—. Tendré que entrevis­tarle en su coche, pero más vale eso que nada. No puedo ir más allá hasta hacerme una idea más concreta de lo que quiere.
—Rubia y con tetas. Asegúrate, y dale recuerdos. —Gwen son­rió y desvió la mirada hacia el conjunto de lirios llenos de hierbajos que marcaban el límite entre su jardín y la callejuela trasera de su dúplex en Wrigleyville—. Tengo que admitir que está bastante ma­cizo… siempre que te vayan los hombres duros y castigadores pero a la vez taaan ricos y exitosos.
—Te he oído.
Ian, el marido de Gwen, asomó la cabeza por la puerta abierta del patio.
—Annabelle, esa enorme cesta de fruta no alcanza ni por asomo a compensarme por lo que me hiciste pasar la semana pasada.
—¿Y qué me dices del año de canguro gratis que te prometí?
Gwen se dio unas palmadas en su vientre casi plano.
—Has de admitir, Ian, que sólo por eso ya valía la pena.
El siguió paseando por fuera.
—No pienso admitir nada. He visto fotos de ese tío, y todavía tiene pelo.
Ian estaba más susceptible de lo normal en lo tocante a su pelo, que ya raleaba, y Gwen le miró con ternura.
—Me casé contigo por tu cerebro, no por tu pelo.
—Heath Champion fue el número uno de su promoción de Derecho —dijo Annabelle, sólo por meter cizaña—. Así que está claro ­que también tiene cerebro. Razón por la cual le cautivó tanto nuestra Gwennie.
Ian se negó a morder el anzuelo.
cap 4

—¡Espere! —Cruzó la calle a la carrera, esquivando un taxi y un Subaru rojo. Hubo estruendo de cláxones y rechinar de frenos, y Champion levantó la vista. Cerró su móvil con un chasquido al tiempo que ella subía a la acera.
—No había visto una carrera con una trayectoria como ésa des­de que Bobby Tom Denton dejó los Stars para retirarse.
—Ya se iba usted sin mí.
—No la había visto.
—¡Tampoco ha mirado!
cap 4

Sonó un móvil. No el que Heath había utilizado momentos antes. El sonido de éste provenía del bolsillo de su cazadora. Al pa­recer, no le bastaba con un móvil.
—Champion.
Annabelle aprovechó la distracción para recuperar su frappuc­cino. Al estrechar los labios en torno a la pajita, le vino a la cabeza la deprimente idea de que aquello era lo más cerca que estaría nun­ca de intercambiar saliva con un multimillonario macizo.
cap 4

Los compases iniciales de la obertura de Guillermo Tell inte­rrumpieron sus pensamientos. Heath no se privó de fruncir el en­trecejo al verla coger su móvil.
—Hola.
—Annabelle, soy tu madre.
Se hundió en el asiento, recriminándose por no acordarse de desconectar el maldito trasto.
Heath aprovechó la ocasión para volver a reclamar el frappuccino, sin dejar de atender a su propia conversación.
—… Se trata simplemente de fijar las prioridades financieras. Una vez que hayas cubierto la seguridad de tu familia, podrás per­mitirte asumir riesgos con un restaurante.
—He verificado la entrega del formulario a través de FedEx —dijo Kate—, así que ya sé que te ha llegado. ¿Aún no lo has relle­nado?
—Una pregunta muy interesante —tintineó Annabelle—. Lue­go te llamo y podemos discutirlo.
—Discutámoslo ahora.
—Eres un príncipe, Raoul. Y gracias por lo de anoche. Te por­taste como el mejor. —Colgó y desconectó el teléfono. Lo iba a pa­gar caro, pero ya tendría tiempo de preocuparse de eso más tarde.
Heath puso punto final a su propia llamada y la contempló con aquellos ojos verde billete de chico del campo.
cap 4

—He superado mi interés por las chicas de diecinueve. Digamos entre veintidós y treinta. No más. Quiero tener hijos, pero den­tro de un tiempo.
Esto hizo que Annabelle, con treinta y un años, se sintiera una anciana.
cap 4

¿Y si Annabelle siguiera otro camino? ¿Y si encontrara a la mu­jer que Heath Champion necesitaba en realidad, en vez de a la que él creía necesitar? Garabateó en los márgenes del cuestionario. ¿Qué le ponía a este hombre, aparte del dinero y la conquista? ¿Quién era el verdadero hombre que se escondía tras sus muchos móviles? En la superficie era todo refinamiento, pero sabía por Molly que había nacido con un padre maltratador. Al parecer, había empezado a hurgar en la basura de los vecinos buscando cosas que vender antes de aprender a leer, y desde entonces no había dejado de trabajar.
cap 4

—Hola, señor Bronicki.
—Annabelle. —Era de constitución enjuta y fibrosa, y tenía unas cejas grises como los pelos de una oruga, con una inclinación mefistofélica. El pelo que le faltaba en la cabeza brotaba en abun­dancia de sus orejas, pero le gustaba ir muy peripuesto y llevaba ca­misas deportivas de manga larga y zapatos de cordones embetuna­dos hasta en los días más calurosos.
Le lanzó una mirada furiosa desde debajo de sus satánicas cejas.
—Se suponía que tenías que llamarme. Te he dejado tres mensajes.
—Era lo próximo que iba a hacer —mintió—. He estado fuera todo el día.
—Bien que lo sé. Correteando por ahí como una gallina sin cabeza. Myrna tenía por costumbre quedarse en casa para que la gente pudiera dar con ella. —Tenía el acento de alguien de Chicago de toda la vida y la agresividad de un hombre que se ha pasado la vi­da conduciendo un camión para la compañía del gas. Entró en la casa como una tromba, casi apartándola—. ¿Qué vas a hacer respecto a mi situación?
—Señor Bronicki, su acuerdo era con mi abuela.
—Mi acuerdo era con Bodas Myrna. «Los mayores son mi es­pecialidad», ¿o ya has olvidado el lema de tu abuelita?
cap 4

Barrie se sacudió el pelo.
—Gracias otra vez por concertarme esta cita. Estoy tan harta de salir con perdedores…
—Heath no es un perdedor, eso está claro. —Annabelle había estado demasiado nerviosa con lo de esa noche como para comer, conforme entraban en el restaurante se le hizo la boca agua con las fragancias del ajo y el pan recién hecho. Heath estaba sentado la misma mesa que ocupaba cuando le presentó a Gwen. Esa noche llevaba una camisa de punto de cuello abierto, de un tono algo más claro que su pelo espeso y algo alborotado. Cuando se le acercaban le vio guardarse la BlackBerry en el bolsillo.
Se puso en pie en una exhibición inconsciente de gracia atlética: hacerse un lío con la silla o darse con la mesa no iba con este tipo. Annabelle hizo las presentaciones. No era fácil interpretar su expresión, pero mientras le observaba examinar la larga melena y los asombrosos pechos de Barrie, supo que había despertado su in­terés.
Separó la silla que tenía al lado para ella, dejando que Anna­belle se las arreglara sola. Barrie le dirigió una sonrisa cautivadora, de labios húmedos.
—Eres tan asombrosamente atractivo como dijo Annabelle.
Heath lanzó a Annabelle una mirada socarrona.
—Ah, ¿sí? ¿Eso dijo?
Annabelle se prohibió a sí misma ruborizarse. Había hecho su trabajo, nada más.
cap 5

—No vuelva a hacerlo. —Clavó en ella su mirada de matón—. Tengo claro como el cristal lo que quiero, y Barrie, aunque deba admitir que está muy buena, no lo es.
Annabelle dirigió una mirada melancólica hacia la puerta.
—Si pudiera meter mi cerebro en su cuerpo, el mundo estaría a mi merced.
—Relájese, Doctor Perverso. La próxima candidata ha de llegar en los próximos diez minutos, y tengo que hacer una llamada. Entreténgala hasta que vuelva, ¿quiere?
—¿La próxima…? Yo no he…
Pero él ya se había metido en un reservado. Ella se levantó como un resorte, dispuesta a ir a buscarle, cuando vio entrar a una rubia vestida con mucho estilo. Con su traje de Escada y su bolso de Chanel, llevaba el sello de Parejas Power estampado en la frente. ¿Se lo había dicho en serio? ¿De veras esperaba que entretuviese a una candidata de la competencia?
cap 5

—¿Está buscando a Heath Champion?
—Sí, así es.
—Ha tenido que ausentarse un momento por una llamada. Me pidió que estuviera pendiente por si llegaba usted. Soy Annabelle Granger, su… —vaciló. Estaba fuera de lugar decir que era su casa­mentera de reserva, y le daba cien patadas decir que era su ayudan­te, de modo que se decidió por la siguiente mejor opción—. Soy la jefa de Heath.
—Melanie Richter. —La mujer se fijó en la falda caqui y cha­queta entallada a juego de Annabelle, que al lado del Escada no re­sultaban muy impresionantes. Aun así, no pareció que la juzgara por ello, y su sonrisa era amistosa—. Ser mujer en un campo tan do­minado por los hombres debe de ser todo un desafío.
—No se hace usted idea.
cap. 5

Annabelle decidió aprovecharse de los conocimientos sobre moda de Melanie recabando su opinión sobre los vaqueros más in­dicados para mujeres bajitas con tendencia a echar peso en las cade­ras. Melanie le contestó muy amablemente: cintura a baja o media altura, pernera cortada por los tobillos. Luego halagó a Annabelle a propósito de su pelo.
—Tiene un color tan poco común… Con muchos reflejos dora­dos. Mataría por tener un pelo como el suyo.
cap. 5

Cuando se marchó, él echó un vistazo a su reloj.
—Una mujer fabulosa, pero decepcionante.
—¿Cómo puede ser fabulosa y decepcionante? Es agradable.
—Muy agradable. Disfruté hablando con ella. Pero no había química entre nosotros, y no quiero casarme con ella.
—La química tarda más de veinte minutos en manifestarse. Es lista y un rato largo más considerada de lo que usted y su móvil se merecen. Además, tiene esa clase especial que dice usted que quiere. Merece otra oportunidad.
—Permítame una sugerencia: apuesto a que su negocio progresaría más si apoyara a sus propias candidatas en vez de a las de las demás.
—Lo sé, pero ella me gusta. —Le miro con ceño—. Aunque no puedo dejar de observar que parecía culparme de arruinar la velada, lo que resulta bastante injusto.
—También le iría mejor si fingiese al menos que me hace la pe­lota.
—Esto es lo triste: le he estado haciendo la pelota.
cap 5

El sacó su BlackBerry en un intento descarado de ignorarla, pero no estaba dispuesta en absoluto a tolerárselo.
—Portia Powers puede hacer de niñera de sus propias candidatas. Yo no pienso hacerlo.
—Y, sin embargo, hace sólo seis días estaba usted de rodillas en mi despacho diciendo que haría cualquier cosa por contarme entre sus clientes.
—Era joven y estúpida.
—Ahí está la diferencia entre nosotros… La razón por la que yo llevo un negocio multimillonario y usted no. Yo doy a mis clientes lo que quieren. Usted a los suyos les da disgustos.
cap 5

—Tómese un respiro, Annabelle. —Le dispensó su sonrisa de serpiente—. Usted es una de esas personas maldecidas con la virtud de la integridad. Y yo, una de esas personas lo bastante listas como para aprovecharse de ello.
cap 5

Hacía mucho tiempo que Heath no disfrutaba viendo comer a una mujer, pero Annabelle sabía apreciar una buena comida. Una expresión extática arrebató su rostro mientras se introducía otro champiñón en la boca. Con la punta de la lengua, limpió un peque­ño resto de salsa que había quedado en el arco del labio. La mirada de Heath se deslizó a lo largo de su cuello, hacia su clavícula y más abajo, hasta aquellos pechitos de gallina pintada…
cap 5

—Esta noche, un jugador al que fiché hace un par de años ha hecho un lazo con su Maserati alrededor de un poste de teléfonos. La que me ha llamado era su madre. Ni siquiera es cliente mío; fir­mó con otro representante. Pero llegué a conocer un poco a sus pa­dres. Gente muy maja. Él está en cuidados intensivos… —Apartó su plato del borde de la mesa con el pulgar—. La llamada era para decirme que no creen que llegue a mañana. —Clavó los ojos en ella—. Dígame usted qué era más importante: ¿charlar de naderías o consolar a esa madre?
Ella le miró fijamente. Luego se echó a reír.
—Se lo acaba de inventar.
Rara vez conseguía nadie pillarle a contrapié, pero Annabelle Granger acababa de hacerlo. Le dirigió su mirada más gélida.
—Es interesante que encuentre tan divertida la desgracia ajena.
A ella se le formaron arruguitas en las esquinas de los ojos, y en sus iris bailaron salpicaduras de oro.
—Se lo ha inventado de cabo a rabo.
Él trato de hacerle apartar la mirada —algo que se le daba ex­tremadamente bien—, pero ella parecía tan satisfecha de sí misma que acabó por rendirse y reír.
Ella le miró con aire de suficiencia.
—Tengo dos hermanos que son también adictos rematados al trabajo, de forma que estoy más que familiarizada con los trucos que emplean los hombres de su calaña.
—¿Soy de una calaña?
—De una calaña evidente.
—Por fin lo entiendo todo… —Apoyó el codo en la mesa, se frotó la comisura de los labios y la escrutó por encima del dorso de su mano—. Pobre, patética Annabelle. Todos esos desaires improcedentes a los que me ha sometido, los comentarios insidiosos… Un simple caso de sentimientos desplazados. La consecuencia de cre­cer a la sombra de sus formidables hermanos. ¿Fue muy doloroso sentir que pasaban de usted? ¿Todavía le duelen las cicatrices cuan­do llueve?
Ella soltó un bufido, sorprendentemente sonoro para venir de una mujer tan menuda.
—Rezaba para que pasaran de mi. Ballet, piano, equitación, hasta esgrima, por Dios. ¿A quién se le ocurre obligar a sus hijos a aprender esgrima? Las girl scouts, la orquesta, clases particulares si por casualidad bajaba de notable, incentivos pecuniarios por apuntarse al club que fuera, con pluses si además me presentaba para ocupar algún cargo. Y a pesar de todo me las arreglé para sobrevivir, aunque sigan torturándome.
Acababa de describir la infancia soñada por él. Retazos de re­cuerdos barrieron su mente. La voz de borracho de su padre… «De­ja ese puto libro y ve a comprarme tabaco.» Cucarachas corriendo a esconderse bajo la nevera, cañerías que goteaban agua teñida de óxido sobre el suelo de linóleo. El olor de desinfectante—un buen recuerdo— cuando alguna de las novias del viejo intentaba ade­centar la casa, y después el inevitable golpe de aquella puerta metá­lica alabeada, cuando se iba hecha una furia.
cap 5

Ya iba siendo hora de poner a Campanilla en su sitio. Se recos­tó en la silla y dejó que sus ojos se posaran en los pechos de Anna­belle.
—Se olvida del sexo.
A ella le llevó unos segundos más de la cuenta responder.
—Eso también puede contratarlo.
—Querida —dijo, arrastrando las palabras—, no he tenido ne­cesidad de pagar por el sexo en toda mi vida.
Ella se sonrojó, lo que le llevó a creer que por fin la tenía donde quería… hasta que la vio apuntar orgullosamente al cielo con su na­ricilla.
—Lo que viene únicamente a demostrar lo desesperadas que lle­gan a estar algunas.
—¿Lo dice por experiencia?
—Es lo que opina Raoul. Mi amante. Es muy perspicaz.
Él sonrió, y en aquel momento se le pasó por la cabeza que hacía mucho tiempo que no se lo pasaba tan bien con una mujer. Si Annabelle Granger fuera unos centímetros más alta, un rato largo más sofisticada, algo más organizada, menos mandona y más inclinada a adorarle tendida a sus pies, habría sido la esposa perfecta.
cap 5

Debió de ser a causa del ruido de los motores, porque por un mo­mento le pareció que había dicho «tiene un polvito», y le asaltó una visión de Annabelle desnuda. Aquella idea lo descolocó. Annabelle le hacía gracia, pero no le ponía. En realidad, no. Puede que hubie­ra pensado en ella en términos sexuales un par de veces, y le había largado un par de indirectas melosas para ponerla nerviosa. Pero nada serio. Sólo le vacilaba.
cap 6

—Buen trabajo, Campanilla. —Sacó su BlackBerry y tecleó un recordatorio para si mismo—. La llamaré mañana para quedar con ella.
—¿En serio? Estupendo. —Sintió una cierta desazón.
Él levantó la vista de la BlackBerry.
—¿Pasa algo?
—Nada. ¿Por qué?
—Se le ha quedado una cara rara.
Ella recuperó la compostura. Ahora era una profesional y po­día manejar la situación.
—Sólo estaba imaginándome las entrevistas que concederé a la prensa cuando Perfecta para Ti se cuele en el ránking de las qui­nientas empresas más boyantes.
—Nada inspira tanto como una chica con un sueño. —Volvió a guardarse la BlackBerry en el bolsillo y sacó el clip atestado de di­nero. Ella torció el gesto. Él la imitó.
—¿Y ahora qué pasa?
—¿No tiene una bonita y discreta tarjeta de crédito escondida por ahí?
—En mi negocio, la cosa va de hacer ostentación. —Exhibió un billete de cien dólares y lo dejó en la mesita.
—Lo decía sólo porque, como creo haberle comentado, la ase­soría de imagen forma parte de mi trabajo. —Vaciló un momen­to, consciente de que debía medir sus palabras—. En algunas mu­jeres… mujeres con una determinada educación… las ostentaciones gratuitas de riqueza pueden provocar cierto rechazo.
—Créame, no provocan rechazo en los chavales de veintiún años que se han criado con vales de alimentos.
—Entiendo lo que dice, pero…
—Ya lo he cogido. El clip de los billetes para los negocios, la tar­jeta de crédito para cortejar a las mujeres. —Se guardó de nuevo en el bolsillo el controvertido objeto.
cap. 6

—Y… en cuanto a su verdadero nombre…
—Ya se lo dije. Campione.
—He estado investigando un poco. Hay una D en medio.
—Maldita la falta que le hace saber a qué corresponde.
—A algo malo, pues.
—Horroroso —dijo él secamente—. Mire, Annabelle, crecí en un descampado lleno de caravanas. No en un bonito camping para roulottes: eso habría sido el paraíso. Aquellos trastos no valían ni para chatarra. Los vecinos eran yonquis, ladrones, gente margi­nal. Mi dormitorio daba a un vertedero. Perdí a mi madre en un acci­dente cuando tenía cuatro años. Mi viejo era un tipo decente cuan­do no estaba borracho, pero eso no ocurría a menudo. Me he ganado a pulso todo lo que tengo, y estoy orgulloso de ello. No escondo mi procedencia. La placa metálica mellada que tengo colgada en el despacho, esa que reza BEAU VISTA, estaba en tiempos clavada en un poste que había no lejos de casa. La conservo como recordatorio del largo camino que he recorrido. Pero, aparte de eso, mi negocio es mío, y el suyo consiste en hacer lo que yo le diga. ¿Entendido?
—Jesús, sólo le he preguntado por su segundo nombre.
—No me vuelva a preguntar.
—¿Desdémona?
cap 6

Heath estuvo fuera de la ciudad toda la semana, y no la llamó. No es que esperara que lo hiciera. Sin embargo, tratándose de al­guien que se pasaba el día al teléfono, hubiera pensado que podría dedicar unos pocos minutos a comentar con ella la marcha de las cosas, aun en plan rutinario. En vez de amargarse con ello, se calzó las deportivas, se llegó haciendo jogging hasta el Dunkin’ Donuts y se distrajo con un bollo glaseado de manzana.
cap 6

El recepcionista de los Stars le indicó el camino del campo de entrenamiento, y conforme se acercaba vio a Dean Robillard ha­ciéndole la pelota a Phoebe en el banco de la banda. Renegó entre dientes. Lo último que quería que Robillard presenciase era cómo Phoebe Calebow le desollaba. Dean tenía aspecto de haber salido directamente del Surfer Magazine: barba de tres días, pelo revuel­to fijado con gel, shorts de estampado tropical, camiseta y sandalias atléticas. En la esperanza de minimizar los daños colaterales, Heath tomó una decisión rápida y se dirigió a él en primer lugar.
—¿Es un Porsche nuevo lo que he visto aparcado en tu plaza?
Dean se le quedó mirando a través de los cristales amarillos de iridio de un par de Oakleys de alta tecnología.
—¿Ese viejo montón de chatarra? No, qué dices. Lo menos hace tres semanas que lo compré.
cap 6

Puedes irte, Dean, cariño. Tu vida sexual quedará arruinada para siempre si te ves obligado a ver de cuántas maneras puede una mujer hacer trizas a una serpiente.
Heath no iba a ganarse el corazón del quarterback con una re­tirada y, mientras Robillard se alejaba, todavía le gritó:
—Oye, Dean, dile a Phoebe que te enseñe algún día dónde es­conde los huesos de todos los representantes que no tienen los hue­vos de plantarle cara.
Dean se despidió con la mano sin volverse a mirar.
—No he oído nada, señora Calebow —dijo—. Sólo soy un mu­chacho encantador de California que adora a su madre y quiere ju­gar un poco al fútbol para usted e ir a la iglesia en su tiempo libre.
Phoebe se echó a reír y estiró sus largas piernas desnudas en cuanto Dean desapareció tras la valla.
—Me encanta ese chico. Me gusta tanto que voy a asegurarme de que no caiga nunca en tus mugrientas garras.
cap 6

Molly sostenía un bebé en un brazo, llamado Daniel John Tuc­ker y de nueve meses de edad. De la otra mano llevaba a una niñita de pelo rizado. Heath se alegró de ver a Molly, le dejó indiferente ver al bebé y se sintió menos que complacido de ver a la cría de tres años. Afortunadamente, Victoria Phoebe Tucker tenía un objetivo más importante a la vista.
—¡Tía Phoebe! —Soltó la mano de su madre y corrió hacia la propietaria de los Stars todo lo rápido que podían llevarla sus di­minutos pies, embutidos en relucientes botas de lluvia rojas. Las botas quedaban raras con su conjunto de shorts y top morados de lunares. Además, hacía dos semanas que no llovía, pero había su­frido en sus carnes la obstinación de Pippi Tucker y no culpaba a Molly por ser selectiva con las batallas que libraba.
En lo que era un caso de atracción entre iguales, Phoebe se le­vantó del banco de un brinco para saludar a la pequeña ladronzuela de pelo rizado.
—Hola, sinvergüenza.
—Adivina qué, tía Phoebe…
cap.6

—No se molesten por mí. Me quedaré aquí mirando.
Ella le dirigió una mirada de exasperación. Él borró la sonrisa de su rostro y se situó más cerca del sofá, lo que le daba una mejor visión de la blanca camiseta ajustada. Su mirada se deslizó por aquel par de estilizadas piernas hasta llegar a sus pies y finalmente a los dedos de sus pies, que tenían las uñas pintadas de mo­rado con topitos blancos. Pebbles tenía su particular sentido de la elegancia.
Ella volvió a ocuparse de su anciano visitante.
—No me escabullo —dijo, airada—. Sucede que la señora Vale­rio es una mujer hermosa, y usted y ella tienen mucho en común
—Es demasiado vieja —volvió a la carga el hombre—. Garantía de satisfacción, ¿recuerdas? Eso es lo que decía el contrato, y mi so­brino es abogado.
—Como ya me ha dicho alguna vez.
—Y muy bueno. Estudió Derecho en una universidad de las mejores.
El destello acerado que asomó a los ojos de Annabelle no augu­raba nada bueno para el pobre señor Bronicki.
—¿Tan buena como Harvard? —dijo en tono triunfal—. Por­que allí es donde estudió el señor Champion, y —clavó la mirada en él— resulta que él es mi abogado.
Heath arqueó una ceja.
El viejo le examinó con desconfianza, y las mejillas de Anna­belle se redondearon en una sonrisa picara y malévola.
—Señor Bronicki, le presento a Heath Champion, también conocido como la Pitón, pero no deje usted que eso le preocupe. Casi nunca manda a personas mayores a la cárcel. Heath, el señor Bronicki es un antiguo cliente de mi abuela.
—Aja.
El señor Bronicki pestañeó, pero se recuperó inmediatamente.
—Pues si es abogado, tal vez quiera usted explicarle cómo fun­ciona un contrato.
Annabelle volvió a saltar de irritación.
—Según parece, el señor Bronicki cree que un contrato que firmó con mi abuela en 1986 sigue válido y que es mi deber cum­plirlo.
—Decía que si no quedaba satisfecho me devolverían mi dinero —replicó el señor Bronicki—. Y no quedé satisfecho.
—¡Estuvo casado con la señora Bronicki quince años! —ex­clamó Annabelle—. Yo diría que amortizó usted sus doscientos dólares.
—Ya se lo dije. Se me volvió loca. Ahora quiero otra.
Heath no sabía qué resultaba más gracioso, si las cejas convulsivas del señor Bronicki o la agitación indignada del chorro de ballena de Pebbles.
—¡No dirijo un supermercado! —Se volvió hacia Heath—. ¡Dígaselo!
En fin. Todo lo bueno llegaba a su fin. Adoptó la actitud de un abogado.
—Señor Bronicki, al parecer firmó usted su contrato con la abuela de la señorita Granger. Y dado que todo indica que los términos originales del acuerdo se cumplieron, me temo que carece usted de base legal para una reclamación.
cap. 7

—¿Qué le trae, entonces?
—Una misión de buena voluntad. Hoy he visto a Molly en el cuartel general de los Stars, y me ha pedido que le recuerde lo de mañana. A la una.
—La fiesta… Casi se me había olvidado. —Irguió la cabeza, con la desconfianza asomando de nuevo a aquellos ojos de carame­lo fundido—. ¿Ha venido en coche hasta aquí sólo para recordar­me lo de la fiesta de Phoebe?
—¿La fiesta de Phoebe? Creía que era la de Molly.
—No.
Aquello era aún mejor. Cogió un pequeño conejo de peluche rosa que ella tenía encima del monitor del ordenador y lo examinó.
—¿Asiste a muchas fiestas en casa de los Calebow?
—A unas cuantas —dijo ella, lentamente—. ¿Por qué?
—Estaba pensando en acompañarla. —Le dio la vuelta al cone­ctor y le miró el cabo—. ¿O ya tiene acompañante?
—No, la verdad es que… —Se recostó en su silla del escritorio, abriendo mucho los ojos—. Vaya. Esto sí que es patético. Me quiere utilizar para llegar hasta Phoebe. No consigue que le inviten per­sonalmente y va y me utiliza a mí.
—Viene a ser eso. —Volvió a colocar el conejito en su sitio.
—Ni siquiera se avergüenza.
—Es difícil que un representante se avergüence
cap 7

Bodie volvió enseguida con otra cerveza para él y se puso a es­tudiarla descaradamente.
—¿Cuántos años tiene?
—Suficientes para saber que ésta es la peor cita de mi vida.
—Es difícil de adivinar con mujeres como usted. Tiene la piel estupenda, pero los ojos de mujer mayor.
—¿Algo más? —preguntó con frialdad.
—Yo calculo que cuarenta y tres o cuarenta y cuatro.
—Tengo treinta y siete —replicó ella al instante.
—No, yo tengo treinta y siete. Usted tiene cuarenta y dos. Me he informado un poco.
—¿Por qué lo ha preguntado, entonces?
—Quería ver si se delata cuando miente. —Sus ojos de un gris azulado chisporroteaban de diversión—. Ahora ya lo sé.
cap.8

La cafetería era demasiado pequeña para esconderse, y Rose­mary Kimble reparó en Annabelle de inmediato. Aferró su bolso de esterilla con más fuerza. Tenía las manos grandes y fuertes, con las uñas largas y pintadas de color caramelo, y tres pulseras de oro le adornaban la muñeca. Hacía casi seis meses desde que Anna­belle la había visto por última vez. Rosemary tenía la cara más del­gada y las caderas más rellenas. Se acercó a la mesa y Annabelle ex­perimentó una mezcla de emociones encontradas que no le era en absoluto desconocida: ira y traición, compasión y repulsa… una dolorosa ternura.
cap 8

Heath caminó hacia Molly, transmitiendo un aire de diversión que Annabelle sabía que no sentía.
—Annabelle, no obstante, olvidó decirme a qué me estaba invi­tando exactamente.
—Uups… —Los ojos de Molly centellearon.
—Lo habría hecho si me lo hubiera preguntado. —Sus palabras sonaron falsas incluso a sus propios oídos, y él la ignoró.
Molly se inclinó hacia su hija.
—Pippi, cuéntale al señor Heath lo de nuestra fiesta.
La diadema de la pequeña se bamboleó al saltar dando un chi­llido que perforaba los tímpanos.
—¡La fiesta de las princesas!
—Qué me dices —dijo Heath arrastrando las sílabas. Muy des­pacio, se volvió a mirar a Annabelle. Ella fingió observar una rosa trepadora a un lado del porche de entrada.
—Fue idea de Julie y de Tess —dijo Molly—. Annabelle se pre­sentó voluntaria para echar una mano.
—¡Hannah, han llegado las niñas!
Al cabo de unos instantes, apareció Hannah Calebow, de doce años. Delgada y rara, se parecía más a su tía Molly que a Phoebe, su madre. Su pelo castaño claro, ojos expresivos y rasgos ligeramente asimétricos insinuaban la promesa de algo más interesante que una belleza convencional cuando creciera, aunque en este momento era difícil precisar el qué.
—Hola, Annabelle —dijo al aproximarse.
Annabelle devolvió el saludo, y Molly presentó a Heath mien­tras el minibús se detenía delante de la casa.
—Annabelle, ¿por qué no vais Heath y tú a ayudar a Phoebe en el patio trasero mientras Hannah y yo nos encargamos de que ba­jen las niñas?
—Tal vez sea mejor que andéis con ojo cuando estéis con mamá —dijo Hannah con voz suave, ansiosa por agradar—. Está de un humor de perros, porque esta mañana Andrew le ha metido mano a la tarta.
—La cosa se pone cada vez mejor —masculló Heath. Y sin más, se dirigió al camino empedrado que rodeaba la casa por un lado. Ca­minaba tan deprisa que Annabelle tuvo que ir al trote para darle alcance.
cap 8

Los gritos provenientes de la caja de las túnicas se hicieron más escandalosos. Pippi levantó la barbilla para verle mejor, y la diade­ma retrocedió un poco más en su cabeza.
—¿Tienes pompas?
—¿Qué?
—Me gustan las pompas.
—Ya.
Ella desvió súbitamente la mirada a sus bolsillos.
—¿Dónde está tu teléfono?
—Vamos a ver qué hace tu madre.
—Quiero ver tu teléfono.
—Devuélveme el viejo primero, y luego hablamos.
Ella sonrió.
—Me encaaannnntan los teléfonos.
—Ya lo veo.
cap 9

Heath no lo habría soltado ni por un segundo —no era tan ton­to—, pero Annabelle fue a elegir ese preciso instante para hacer su aparición, y se quedó tan sorprendido con lo que vio que se le fue el santo al cielo.
Una corona del tamaño de la de la reina de Inglaterra descansa­ba sobre su rebelde maraña de rizos, y llevaba una túnica larga y plateada. La vaporosa falda estaba salpicada de resplandecientes lentejuelas, y una voluta de malla argentina enmarcaba sus hom­bros desnudos. El sol le daba por todas partes al adentrarse en la hierba, prendiendo en llamas su pelo y arrancando destellos des­lumbrantes de la falsa pedrería. No era de extrañar que se hubiera hecho el silencio entre la gritona chiquillada. Él mismo se había quedado casi pasmado.
Por un momento, olvidó lo cabreado que estaba con ella. Aun­que el traje era un disfraz y la diadema falsa, ella parecía casi mági­ca, y algo dentro de él se negaba a apartar los ojos. La mayoría de las niñas ya estaban vestidas, con sus pequeñas túnicas rosas pues­tas por encima de shorts y camisetas. Al acercárseles Annabelle, él reparó en las chancletas que le asomaban por debajo del dobladillo del vestido. Por alguna extraña razón, parecían quedarle perfectas.
—Saludos, mis pequeñas bellezas —gorjeó, sonando como la bruja buena de El mago de Oz—. Soy Annabelle, vuestra hada madrina. Voy a preguntar a cada una de vosotras cómo se llama, y luego os lanzaré un hechizo que os convertirá en princesas auténticas. ¿Estáis listas?
Sus agudos chillidos parecieron indicar que lo estaban.
cap 9

—Os designo princesa Keesha… Os designo princesa Rose… Os designo princesa Dominga… Os designo princesa Victoria Phoebe.
¡Maldita sea! Heath se dio media vuelta, acordándose dema­siado tarde de que la cría tenía su teléfono. Rebuscó entre la hierba por donde habían estado y comprobó sus bolsillos, pero ni rastro del móvil. Se volvió hacia las niñas y allí estaba ella, una diminu­ta ladrona de móviles con las manos vacías y una diadema torcida en la cabeza.
La cría no tenía más de tres años, y apenas habían pasado unos instantes. No podía habérselo llevado lejos. Mientras consideraba cuál debía ser su próximo movimiento, Phoebe surgió a su lado con una cámara Polaroid.
—Queremos una foto de cada niña sentada en el trono con su disfraz. ¿Las sacará gratis —le pinchó— o hará embargar las mone­das que les deje el Ratoncito Pérez?
—Phoebe, me hiere.
—Nada de que preocuparse. Dudo que sangre. —Le plantó la cámara en la mano y se fue sin más, con su diadema rosa refulgien­do y la animosidad fluyendo de todos sus poros. Fantástico. De fomento, había conseguido despedir a su casamentera y perder otro móvil sin acercarse ni un milímetro al objetivo de enmendar sus relaciones con la propietaria de los Stars. Y la fiesta no había hecho más que empezar.
cap 9

Media hora más tarde, un grupo de princesas exhaustas volvía a sus casas con bolsas gigantes de chuches, repletas de golosinas para ellas y también para sus hermanos y hermanas.
—Ha sido una fiesta estupenda —dijo Hannah en la escalera de entrada cuando desaparecía el minibús—. Estaba preocupada.
Phoebe rodeó los hombros de su hija con el brazo y la besó en medio de la cabeza, justo detrás de su diadema.
—Has hecho que todas se sintieran como en casa.
«¿Y yo qué?», quiso decir Heath. No acababa de ver que hu­biera ganado un palmo de terreno con ella, pese a que había arre­glado mesas, hecho fotos y se había ocupado de la piñata, todo ello sin hacer una sola llamada o el mínimo intento de enterarse cómo iba el partido de los Sox.
cap 9

—Supongo que le debo una disculpa —dijo—. Temo que me haya dejado llevar por…
—No diga ni una palabra —dijo en un tono que no presagiaba nada bueno—. Me ha jodido a propósito, y no tenemos nada que decirnos.
Ella corrió a ponerse a su lado.
—No ha sido mi intención joderle. Pensé que…
—No gaste saliva. Quería hacerme quedar como un idiota.
Ella deseó que eso no fuera cierto, pero se temía que pudiera serlo. No como un idiota, exactamente. Simplemente, no tan segu­ro de sí mismo.
—Su reacción es claramente desproporcionada.
Fue entonces cuando la Pitón atacó.
—Está despedida.
Ella tropezó en una de las losas del camino. Su voz no había re­flejado emoción alguna, ni un lamento por los buenos ratos y las ri­sas compartidas, tan sólo una declaración lapidaria.
—Seguro que no lo dice en serio.
—Oh, ya lo creo que sí.
—¡Es una fiesta infantil! No pasa nada.
cap 9

Al cabo de veinte minutos, Heath y ella se dirigían de vuelta a la ciudad, con un silencio en el coche tan espeso como el escarcha­do rosa de la tarta castillo, pero ni mucho menos tan dulce. Él se ha­bía portado mejor con las niñas de lo que ella esperaba. Había pres­tado respetuosamente oídos a las preocupaciones de Hannah, y Pippi le adoraba. A Annabelle le sorprendió el gran número de ve­ces que le vio en cuclillas a su lado, hablando con ella.
Finalmente, Heath rompió el silencio.
—Ya había decidido volver a contratarla antes de oír lo del retiro.
—Oh, sí, le creo —dijo, enmascarando su herida con el sarcasmo.
—En serio.
—Cualquier cosa, con tal de que nada le quite el sueño.
—Está bien, Annabelle. Desahóguese. Suéltelo todo. Todo lo que ha estado aguantándose durante la tarde.
—Desahogarse es privilegio de los iguales. A humildes emplea­dos como yo no nos queda sino fruncir los labios y besar el suelo que pisa.
cap 10

Así no iban a ningún lado, de modo que Annabelle hizo lo que pudo por sonar profesional en lugar de cabreada.
—Todo este proceso resultaría más fácil para ambas si pudiéra­mos trabajar juntas.
Portia la miró como si Annabelle le hubiera ofrecido una gran bolsa grasienta repleta de comida basura.
—Mis aprendizas han de cumplir una serie de requisitos muy estrictos, señorita Granger. Usted no reúne ninguno de ellos.
—Mire, ahí ya se ha puesto borde. —Annabelle se dirigió re­sueltamente hacia la puerta—. A partir de ahora, presente sus que­jas directamente a Heath.
—Ah, lo haré, créame. Y me muero por oír lo que tenga que decir respecto a esto.
cap 10

El sol de julio flirteaba con las olas del lago mientras las dos mu­jeres seguían a Bodie por el puente peatonal de acero que discurría sinuoso por encima del tráfico de la avenida Columbus. Cuando al llegaron al otro lado, caminaron hacia la pista de jogging. Se habían detenido a admirar las vistas cuando un ciclista llamó a voces a Bo­die y se detuvo junto a él a continuación.
Annabelle y Arté se quedaron paralizadas, mirando los ajustadísimos shorts negros de ciclismo del hombre.
—Alabemos a Dios por la gloria de su Creación —dijo Arté.
—Amén.
Se acercaron un poco más, para observar mejor las pantorrillas bañadas en sudor del ciclista y la camiseta de malla azul y blanca que se le pegaba al pecho perfectamente desarrollado. Estaría en sus veintitantos, tirando a treinta, y llevaba un casco rojo de alta tecno­logía que ocultaba la parte superior de su empapado pelo rubio, pero no su perfil de adonis.
—Necesitaría un chapuzón en el lago para enfriarme —susurro Annabelle.
—Si tuviera veinte años menos…
cap 10

—Heath Champion es el primero de mi lista de gente a la que no debo llamar. Ya tengo suficientes formas de hacer infeliz a Phoebe —Dean se volvió hacia Annabelle—. ¿Le gustaría venir conmi­go a la playa mañana?
Ella no se esperaba algo así, y se quedó perpleja. También esca­mada.
—¿Porqué?
—¿Puedo ser sincero?
—No lo sé. ¿Puede?
—Necesito protección.
—¿Solar, para no ponerse demasiado moreno?
—No. —Hizo centellear su sonrisa de chico encantador—. Me encanta la playa, pero me reconoce tanta gente que me es difícil re­frescarme. Normalmente, si estoy con una mujer, la gente me deja un poco más de aire.
—¿Y yo soy la única mujer que puede encontrar que quiera acompañarle? Eso lo dudo.
Él pestañeó.
—No se lo tome a mal, pero estaré más relajado si invito a una con la que no esté pensando en acostarme.
Annabelle soltó una carcajada.
cap 10

—Este año, sólo dos cajas de galletitas de menta, chicas —dijo Annabelle al abrir la puerta—. Estoy a dieta.
Heath entró con gran ímpetu, dejándola atrás.
—¿Comprueba alguna vez si tiene mensajes en el contestador?
Ella bajó la vista hacia sus pies descalzos.
—Ha vuelto a pillarme con mi mejor aspecto.
Él estaba en modo hiperactivo, y apenas la miró, como por lo demás procedía.
—Está guapísima. O sea, que allí estoy yo, atrapado en un semi­nario sobre la Biblia en Indianápolis, cuando me llega la noticia de que mi casamentera está en la playa con Dean Robillard.
—¿Respondió al teléfono en mitad de un seminario sobre la Bi­blia?
—Me aburría.
cap 11

—Algunos restos de comida tailandesa, pero les está creciendo pelo, así que no se lo recomiendo.
—Voy a pedir una pizza. ¿Cómo le gusta?
Tal vez fuera porque estaba prácticamente desnuda y no le gus­taba su actitud, o a lo mejor es que era una idiota sin más, pero el caso es que se llevó una mano a la cadera, le miró con descaro y de­jó que las palabras salieran de su boca.
—Me gusta caliente… y… picante.
Él bajó los párpados, posando la mirada sobre el escote de su al­bornoz.
—Eso mismo me dijo Raoul.
Ella se batió a toda prisa en retirada hacia las escaleras. El soni­do de la discreta risa de Heath la acompañó hasta el piso de arriba.
cap 11

—Sólo por curiosidad… ¿Se ha enamorado alguna vez? De una mujer —se apresuró a aclarar, no fuera a empezar a recitarle los nombres de sus clientes.
—Estuve comprometido cuando iba a la facultad. No salió bien.
—¿Porqué no?
—La herida es demasiado reciente para hurgar en ella —dijo, arrastrando las palabras.
cap 11

Heath se limpió las comisuras de la boca con su servilleta.
—¿Qué dijo Robillard de mí?
Ella mordisqueó la corteza de su pizza. Ésta, se recordó a sí misma, era la razón por la que él había sugerido su cena íntima y fes­tiva.
—Dijo que era usted el number one de su lista de no llamables. Cito casi textualmente. Pero eso es probable que ya lo supiera.
—¿Y usted qué le dijo?
—Nada. Estaba demasiado ocupada babeando. Dios mío, esta como un queso.
Él frunció la frente.
—Dean Robillard no es uno de esos chicos ingenuos de los que le hablaba. Tenga cuidado con él. Colecciona mujeres como quien come pipas.
—Vale, encanto; a mí me puede mordisquear cuando le apetezca.
cap 11

Había tirado por la borda los últimos restos de prudencia, y se encontró con un dedo largo y afilado apuntándola.
—No se va a acostar con él. Yo conozco a estos tipos y usted no. Yo he confiado en usted respecto a Claudia Reeshman. Usted ne­cesita confiar en mí respecto a Dean Robillard.
No iba a dejar que zanjara la cuestión tan fácilmente.
—Usted busca una esposa. A lo mejor, yo busco sólo un poco de diversión.
—Si es diversión lo que necesita —contraatacó él—, yo le daré diversión.
Se quedó atónita.
Pasó un coche por la calle con la radio a todo volumen. Los dos seguían mirándose sin decir nada. También él parecía sorprendido. O tal vez no. Lenta, deliberadamente, Heath curvó hacia arriba una comisura de su boca, y ella comprendió que la Pitón estaba jugan­do con ella otra vez.
—He de irme, Campanilla. Tengo algo de trabajo atrasado. Gra­cias por la cena.
Sólo cuando la puerta de entrada se cerró tras él ella pudo mu­sitar:
—De nada.
cap 11

Un bosque de sauces azules y verdes caía en gotas del cielo. Sintió la mano de él en el centro de su espalda. Estaba haciendo presión pero ella tardó un momento en comprender lo que quería que hiciera. Despacio, la hizo doblarse sobre el pasamanos. Abajo un taxi recorría la calle. Le levantó la vaporosa falda hasta la cintura. Vista por delante, la tela la cubría recatadamente, de forma que al­guien que mirara desde una ventana del lado opuesto de la calle vería sólo a una mujer apoyada en el balcón con un hombre de pie a su espalda. Pero por detrás, se hallaba totalmente expuesta a él.
Ahora, ninguna barrera de seda se interponía entre la carne y las yemas de su pulgar al acariciarla. La abrió como los gajos de una naranja. Jugueteó con su zumo. La respiración de ella se tornó rá­pida y superficial. Gimió. Él dio un paso atrás. Ella oyó un ruido de roce mientras él se ocupaba de su ropa y de un condón —lo que le sugirió que tenía esto planeado desde un principio—. Y entonces se ocupó de ella.
Ella aguantó la respiración ante la excitante indignidad de sus dedos. El cielo estaba surcado de cometas que luego se precipita­ban hacia su extinción en el agua. Se aferró al pasamanos con más tuerza mientras él separaba sus labios con los pulgares y juguetea­ba; entonces la embistió hasta el fondo. La acometió desde atrás, agarrando con fuerza sus caderas, sujetándola en el sitio donde la quería. La acarició, haciéndola estirarse, llenándola. Ella se elevó con los cometas… floreció con los sauces… explotó con los cohetes. Al final, se desplomó en el suelo bajo una lluvia de chispas.
Después, él le ajustó de nuevo la falda, se la alisó y desapareció en el interior de su cuarto de baño, con su tocador de anticuario, su espejo italiano y su papel pintado de Colefax & Fowler. Cuando volvió tenía un aire tranquilo y sereno. Ella deseaba romper a llorar, pero en vez de eso, le dirigió la más helada de sus miradas, caminó hasta la puerta y la abrió con gesto brusco.
Él torció, divertido, una comisura de su boca. Avanzó hasta ella y pasó un dedo por el carmín corrido de su mejilla. Ella evitó mover ni un músculo. Con una nueva sonrisa, él salió al rellano y caminó hacia el ascensor ornamentado de bronce. Antes de llegar se dio la vuelta y habló por vez primera.
—¿Ya está todo claro?
cap 11

—Los gastos de mantenimiento del lugar son increíbles —dijo Heath—. Siempre me pregunté por qué lo conservaba.
—Ahora ya lo sabe.
—Ahora ya lo sé. —Se quitó las gafas de sol—. Aunque yo no echo en falta salir más al campo. Crecí dando tumbos por los bos­ques.
—¿Cazando y poniendo trampas ?
—No mucho. Nunca me tiró lo de matar bichos.
—Prefería torturarlos lentamente.
—Qué bien me conoce.
cap 12

—Cuénteme más cosas sobre el club de lectura. —Quitó su maleta de en medio y apoyó un hombro en el marco de la puerta, mientras ella volvía a meter la nota en el sobre y se la guardaba en el bolsillo del pantalón—. ¿Cómo llegó a apuntarse?
—A través de Molly. —Abrió la cremallera de su maleta—. Nos reunimos una vez al mes desde hace dos años. El año pasado, a Phoebe se le ocurrió que sería divertido que nos fuéramos todas juntas de fin de semana. Creo que ella estaba pensando en ir a un balneario, pero Janine y yo no nos lo podíamos permitir… Janine escribe libros para adolescentes; así que Molly salió con la idea de venirnos todas al camping. Los hombres no tardaron mucho apuntarse también.
Annabelle y Janine eran dos de las tres únicas componentes del club de lectura no directamente vinculadas a los Stars. La otra era la mujer ideal de Heath, Gwen. Afortunadamente, Ian y ella iban a cerrar la compra de su nueva casa ese fin de semana y no habían podido venir.
cap 12

—Eso me da igual. ¿Qué está pasando entre Heath y tú? Annabelle compuso una expresión de asombrada inocencia, tirando del anquilosado repertorio de sus días de teatro universi­tario.
—¿A qué te refieres? Asuntos de trabajo.
—No me vengas con ésas. Hace demasiado tiempo que somos amigas.
Annabelle cambió a una expresión ceñuda.
—Es mi cliente más importante. Sabes lo que esto significa pa­ra mí.
Molly no se lo tragaba.
—He visto cómo le miras. Igual que si fuera una tragaperras con los tres sietes tatuados en la frente. Como te enamores de él, te juro que no vuelvo a hablarte en la vida.
cap 12

Desde la playa llegó el sonido de risas varoniles.
—Más vale que volvamos —dijo Molly—. Mañana tenemos todo el día para hablar de los problemas de Annabelle, incluido por qué se ha traído aquí a Heath, de entrada.
Sharon parecía preocupada.
—Creo que eso salta a la vista. En serio, Annabelle, ¿en qué es­tabas pensando?
—¡Son negocios! —exclamó.
—Un poco turbios —murmuró Krystal.
—A Heath le hacía falta evadirse un poco, y yo necesito una ocasión para descubrir por qué no hay forma de encontrarle pare­ja. No hay nada más.
Charmaine intercambió con Phoebe una mirada significativa, dispuesta a añadir algo, pero Molly acudió al rescate de Annabelle.
—Más vale que volvamos antes de que empiecen a rememorar partidos.
cap 12

Phoebe pateó el muelle con la punta de su zapatilla.
—Un hombre como Heath Champion sólo sirve para una cosa.
—Ya estamos otra vez —masculló Molly.
Phoebe frunció un labio.
—Para diana en prácticas de tiro.
—¡Para ya! —le espetó Annabelle.
Todas la miraron. Annabelle aflojó los puños y trato de suavi­zar la cosa.
—Lo que quiero decir es que… o sea… Si un hombre dijera algo así de una mujer, la gente lo metería en la cárcel. Así que creo que tal vez… en fin… que tampoco una mujer debería decirlo de un hombre.
Phoebe parecía fascinada con el rebote de Annabelle.
—A la Pitón le ha salido quien le defienda.
cap 12

Normalmente, habría ido directo a comprobar los mensajes, pero esa noche no le apetecía. Annabelle, por su parte, estaba ata­cadísima. Pasó junto a él para encender una lámpara, y torció la pantalla durante la operación. Abrió una ventana, se abanicó, co­gió el bolso que había dejado en el sofá, lo volvió a dejar. Cuando por fin le miró, Heath se fijó en la mancha húmeda de su top, don­de se había derramado su tercera copa de vino. Él, como el bastar­do que era, se la había rellenado de inmediato.
—Será mejor que me vaya a la cama. —Annabelle se mordis­queó el labio inferior.
Heath no podía apartar la vista de aquellos dientes pequeños, rectos, clavados en la carne sonrosada.
—Todavía no —se oyó decir a sí mismo—. Estoy demasiado re­volucionado. Quiero hablar con alguien. —«Tocar a alguien.»
Annabelle le leyó el pensamiento y encaró la situación de frente.
—¿Cómo está de sobrio?
—Casi del todo.
—Estupendo. Porque yo no
cap 12

Ella levantó las manos en el aire. .
—Estoy borracha. Muy, muy borracha.
—Comprendido. —Se aproximó más.
—Estoy como una cuba. —Dio un pasito rápido hacia atrás, un poco extraño—. Me he puesto del revés.
—Vale. —Se detuvo en el sitio y esperó.
Ella adelantó dubitativamente la punta de una sandalia.
—¡No soy responsable!
—Recibido, alto y claro.
—Me parecería bien cualquier hombre, ahora mismo. —Otro paso hacia él—. Si entrara Dan, o Darnell, o Ron, ¡no importa quién!… Pensaría en tirármelo. —El puente de la nariz se le llenó de arrugas de indignación—. ¡Incluso Kevin! El marido de mi mejor amiga, ¿se lo imagina? Así de borracha estoy, quiero decir, hasta… —Tomó aire—. ¡Usted! ¿Se lo puede creer? Llevo tal trompa que no distinguiría un hombre de otro.
—Cogería al primero que pillara, ¿no? —Oh, era demasiado fá­cil. Avanzó la distancia que aún les separaba.
A ella se le tensaron los músculos de la garganta al tragar saliva.
—Tengo que serle sincera.
—Me cogería incluso a mí.
cap 12

Y entonces la besó.
Ella se arqueó contra él, el cuerpo flexible y los labios calientes con ese toque picante tan suyo. El pelo enredado entre sus dedos como tirabuzones de seda. Heath liberó una mano y buscó un pe­cho. A través de la ropa, el pezón se endureció contra la palma de su mano. Annabelle le rodeó el cuello con los brazos y apretó las caderas contra las suyas. Sus lenguas se embarcaron en un juego erótico. Él sintió un impulso animal, ciego. Necesitaba más, y des­lizó la mano bajo el top para sentir su piel.
Un gimoteo sofocado hendió la niebla que enturbiaba su men­te. Ella se estremeció, e hizo presión contra su pecho con la base de las manos.
Él se echó atrás.
—¿Annabelle?
Ella levantó los ojos humedecidos hacia él, aspiró por la nariz, y su boca sonrosada y suave adoptó una mueca triste.
—Ojalá estuviera borracha al menos —musitó.
cap 12

—¿Siempre ha sido tan desconfiada?
—Esto es muy propio de usted. —Marchó decidida hacia el sendero, pero inmediatamente giró en redondo, porque le queda­ba aún mucho por decir—. Quiere algo que sabe que es absoluta­mente vergonzoso, e intenta vendérmelo con una combinación de preguntas capciosas y sinceridad fingida. Acabo de ver a la Pitón en acción, ¿no es así?
El sabía que le tenía calado, pero no era partidario de reconocer nunca la derrota.
—Mi sinceridad jamás es fingida. Estaba enunciando los he­chos. Dos personas sin compromiso, una cálida noche de verano, un beso apasionado… Somos humanos, después de todo.
—Al menos uno de nosotros. El otro es un reptil.
—Esto es cruel, Annabelle. Muy cruel.
cap 13

Heath se la quedó mirando hasta que desapareció entre los arbo­les. Cuando ya no la veía, cogió una piedra del suelo, la lanzó sobre las oscuras aguas y sonrió. Tenía más razón que un santo. Él era una víbora. Y estaba avergonzado. Bueno, tal vez no en aquel momento precisamente, pero lo estaría al día siguiente, seguro. Su única excusa era que ella le gustaba una barbaridad, y no recordaba la última vez que había hecho algo por pura diversión.
Aun así, poner a una amiga en ese brete era una canallada. Aunque fuera una amiga sexy, por más que Annabelle no pareciera tener claro ese punto, lo que hacía más tentador todavía el efecto de aquellos ojos traviesos y el remolino de ese pelo asombroso. Así y todo, si había de echar por la borda su preparación para la fidelidad conyugal, hubiera debido hacerlo con una de las mujeres de Waterworks, no con Annabelle, porque ella llevaba razón en esto: ¿cómo iba a acostarse con él y presentarle luego a otras mujeres? No podía, ambos lo sabían, y dado que él no perdía nunca el tiempo defen­diendo una postura indefendible, no podía imaginar por qué lo ha­bía hecho esta noche. O a lo mejor sí podía.
Porque quería a su casamentera desnuda… Lo que, decidida­mente, no figuraba en el plan que se había trazado en un principio.
cap 13

Fue hasta el circuito público en coche con Kevin, pero acabó compartiendo el carro de los palos con Dan Calebow. Dan se con­taba en una forma estupenda para haber pasado los cuarenta.
Aparte de unas pocas arrugas de expresión, no había cambiado mucho desde sus días de jugador, en que sus ojos acerados y su determinación y sangre fría en el campo le hicieran ganarse el sobrenombre de Ice, el hombre de hielo. Dan y Heath siempre se llevaron bien pero cada vez que Heath mencionaba a Phoebe, como hizo esa misma mañana, Dan venía a responderle siempre más o menos lo mismo
—Cuando dos personas cabezotas se casan, aprenden a elegir con cuidado sus batallas. —Dan habló bajito para no distraer a Darnell, que estaba preparando su tiro desde el tee—. Ésta es toda tuya colega.
cap 13

—¡Tuíncepe!
Heath se sobresaltó al ver venir trotando hacia él al pequeño de­monio de la laguna azul en miniatura con su bañador de lunares, sus botas de lluvia rojas y una gorra de béisbol que le caía tan por de­bajo de las orejas que sólo dejaba asomar las puntas rizadas de su pelo rubio. Cogió el periódico que guardaba bajo la silla de playa e hizo como que no la veía.
Los hombres habían echado un par de partidos al veintiuno después del almuerzo, y luego Heath volvió a la cabaña para hacer algunas llamadas. Más tarde se puso el traje de baño y bajó a la pla­ya, donde supuestamente habían quedado en reunirse con las mu­jeres para nadar un poco antes de ir todos juntos a cenar al pueblo. Pese al rato pasado al teléfono, empezaba a tener la sensación de estar realmente de vacaciones.
—¿Tuíncepe?
Se acercó aún más el periódico a la cara, en la esperanza de que Pippi se marcharía si la ignoraba. Era impredecible, y esto le hacía sentirse incómodo. ¿Quién sabía con qué podría salir a continua­ron? A su izquierda, a cierta distancia, Webster y Kevin jugaban al Frisbee con algunos de los críos que había en el camping. Darnell se encontraba tumbado en una toalla de playa del ratón Mickey, ab­sorto en la lectura de un libro. Heath sintió en el brazo los golpecitos de unos dedos diminutos y llenos de arena. Pasó una página.
—¿Tuíncepe?
El no despegó los ojos del titular.
—No hay ningún tuíncepe por aquí.
Ella tiró de la pernera de su bañador y lo repitió por cuarta vez sólo que ésta sonó algo así como puíncepe, y fue entonces cuando lo entendió. «Príncipe». Le estaba llamando príncipe. Lo que resultaba más cariñoso que «capullo», desde luego.
La miró de soslayo tras el periódico.
—No me he traído el teléfono.
Ella le sonrió de oreja a oreja y se dio unas palmadas en su tripita redonda.
—Tengo un bebé.
cap 13

Cuando volvió a la playa, estuvo un rato de cháchara con Charmaine y Darnell, pero sin dejar de tener presente a Phoebe, que yacía en una tumbona a pocos pasos. Llevaba un sombrero de paja grande, un bañador negro, de una pieza y corte bajo, un pareo de estampado tropical enrollado por la cintura y un rótulo invisible que decía NO MOLESTAR. Heath decidió que había llegado el momento de tomar la iniciativa. Se disculpó con los Pruitt y se acercó a ella.
—¿Le importa que me siente aquí en la arena para que hablemos un rato?— dijo.
Ella bajó los párpados tras sus gafas de sol de cristales rosas.
—Con lo bien que me estaba yendo el día hasta ahora.
—Todo lo bueno ha de llegar a su fin. —En vez de ocupar la tumbona vacía que había junto a ella, le concedió la ventaja de la po­sición superior y se sentó en una toalla abandonada en la arena—. Hay una cosa que vengo preguntándome desde aquella fiesta de las niñas.
—Ah, ¿sí?
—¿Cómo es posible que una vampiresa como usted tuviera una niña tan dulce como Hannah?
Por una vez, se echó a reír.
—Serán los genes de Dan.
—¿La oyó hablarles a las pequeñas sobre los globos?
Finalmente, se dignó a dirigirle la mirada.
—Creo que me perdí esa conversación.
—Les decía que si les explotaba un globo podían llorar si les apetecía, pero sólo era que algún hada cascarrabias se lo había pin­chado con una aguja. ¿De dónde saca semejantes historias?
Ella sonrió.
—Hannah tiene mucha imaginación.
—Seguro. Es una cría muy especial.
cap 13

Más risitas.
—Adelante, haced bromas —dijo Krystal—. Vamos a ver esta película igualmente. Nos hará mejores mujeres.
Charmaine se puso en alerta máxima.
—¿Qué clase de película?
—Una película erótica hecha específicamente para mujeres.
—Estás de broma. No, Krystal, en serio.
—En la que he seleccionado, una de mis favoritas, salen actores de diversas razas, edades y grados de sensualidad, para que ningu­na se sienta excluida.
—¿Este era tu gran misterio? —dijo Phoebe—. ¿Que vamos a ver una porno todas juntas?
—Erótica. Hecha sólo para mujeres. Y hasta que no hayas visto una de estas películas, no deberías juzgarlas.
cap 13

Krystal empezó a toquetear el reproductor de DVD.
—Además, tiene guión y hay preámbulos a los polvos. Un montón. Se besan, se desnudan muy despacio, se acarician mogollón…
Janine hundió la cara entre las manos.
—Esto es patético. Ya me estoy poniendo cachonda.
—Pues yo no —dijo Charmaine enfurruñada—. Soy cristiana y me niego a…
—Se supone que un buen cristiano… una buena cristiana… ha de complacer a su marido. —Krystal sonrió y le dio al mando a dis­tancia—. Y créeme, esto a Darnell le volverá loco de contento.
cap 13

Cuando Annabelle volvió a la cabaña, poco después de media­noche, tenía todavía las mejillas coloradas de ver la película, y el ves­tido de verano pegado a unas carnes calientes, humedecidas… muy humedecidas. Ver que en la ventana brillaba la luz la dejó conster­nada. Podía ser que él la hubiera dejado encendida como un detalle cortés. «Que no me esté esperando despierto, por favor.» Era abso­lutamente incapaz de hacerle frente esa noche. Aun sin haber visto una película guarra, le costaba lo suyo no ponerle las manos enci­ma, pero después de lo que acababa de ver…
Subió al porche de puntillas, se quitó las sandalias y entró tan silenciosamente como le permitió la chirriante puerta con su pomo flojo.
—Hola.
Dio un respingo y dejó caer las sandalias.
—¡No me dé esos sustos!
—Perdone. —Estaba desmadejado en el sofá, con un fajo de pa­peles en una mano. No llevaba camiseta, sólo unos shorts de depor­te negros, descoloridos. Tenía los pies descalzos y los tobillos cru­zados sobre el brazo del sofá, y la luz de la lámpara de pie volvía dorados los pelos de sus pantorrillas. A ella se le fue la mirada otra vez a los pantalones de gimnasia. Después de lo que había visto en la pantalla, le daban ganas de ponerle una denuncia por exceso cri­minal de ropa.
cap 14

—¡Pare! —No quería detenerse, pero sus pies parecieron decla­rarse en huelga.
—¿Necesita un vaso de leche tibia, o algo?
—No, decididamente no necesito nada caliente.
—He dicho tibia. No he hablado de nada caliente. —Dejó los papeles a un lado.
—Ya… Ya lo sé.
Puede que ella se hubiera quedado un poco parada, pero él no, y mientras se le acercaba reparó en que llevaba el vestido arruga­do y húmedo.
—¿Qué está pasando?
cap 14

La empujó hacia el colchón. Ella recordó lo expeditivo que era Heath, y comprendió que tal vez aquella noche de cine para chi­cas hubiera elevado demasiado sus expectativas de preámbulos lúdicos. En efecto, él tardó bien poco en ponerse encima de ella, con la boca en sus pechos. Annabelle le hundió los dedos en el pelo.
—Esto va a ser «aquí te pillo, aquí te mato», ¿no?
—No te quepa duda. —Deslizó la mano sobre su vientre, apun­tando directamente al interruptor general.
—Quiero más besos.
—Ningún problema. —Tomó su pezón entre los labios.
Ella aspiró profundamente.
—En la boca.
El jugueteó con la pequeña y túrgida protuberancia, respirando cada vez más superficialmente.
—Negociemos.
Ella le clavó los dedos en la espalda, húmeda ya de la mínima contención que él pudiera estar ejerciendo. Automáticamente separo los muslos.
—Debía habérmelo esperado.
cap 14

Imágenes febriles, demenciales, resplandecieron tras sus párpa­dos. El cuerpo largo y grueso de una pitón abriéndose camino en su interior, desplegándose… estirándose… penetrando más aden­tro… más. Bajo sus manos, sintió la espalda de él ponerse muy rí­gida. El dulce ataque… la acometida. Una y otra vez. Y luego la es­calada final. Él empezó a temblar. Ella recibió su gemido bajo y gutural. Vio destellos de luz tras sus ojos. Sintió el peso de Heath desplomándose sobre ella, echó la cabeza hacia atrás y cayó rendida.
Pasaron largos minutos. Él restregó los labios por su sien y luego rodó hasta apoyarse sobre un costado, a punto de salirse del colchón. Ella se apartó para hacerle sitio. Se reacomodaron. Él la atrajo hacia su piel humedecida y empezó a juguetear con sus cabellos. Estaba aturdida, pletórica, decidida a no pensar. Aún no.
—Yo… yo no he llegado —dijo.
Él se incorporó sobre un codo y la miró a los ojos.
—Me sabe fatal decirlo, pero ya te había avisado.
—Tenías razón, como de costumbre.
A Heath se le formaron arrugas en las comisuras de los ojos, y depositó un beso breve en su mejilla.
cap 14

Aquella tierna intimidad le daba a Annabelle ganas de llorar, así que rodó hasta ponerse encima de él y empezó con su propia exploración sensual.
La respiración de Heath no tardó en acelerarse.
—Me parece… —dijo con voz ahogada— que no me va a costar recuperarme tanto como pensaba.
Ella le restregó los labios por el abdomen.
—Supongo que no puedes tener razón en todo.
Y eso fue lo último que dijo cualquiera de los dos en mucho, mucho rato.
Finalmente, él se quedó dormido, y ella pudo irse inadvertida­mente a su habitación. Al acurrucarse en su almohada, no pudo ya ocultarse la realidad de lo que había hecho. Heath había afrontado el hacerle el amor con el mismo celo adictivo con que hacía todo lo demás, y, en el proceso, ella se enamoró un poco más de él.
De la comisura de sus ojos rodaron lágrimas, pero no se las enjugó. En vez de ello, las dejó correr mientras ella se resituaba, reelaboraba, reestructuraba. Para cuando la venció el sueño, sabía inevitablemente lo que debía hacer.
cap 14

Le tendió la mano abierta, obligándole a dejar el café en el sue­lo para estrecharla si no quería parecer un pasmado. Luego ella se puso en pie de un tirón, se llevó las manos detrás de la cabeza y des­perezó su cuerpecito, estirándose como una gata satisfecha y tiran­do de la camiseta para descubrir aquel ombliguito oval en el que anoche había hundido la punta de la lengua.
—Nos vemos en el cenador. —Su expresión se inundó de sinceridad—. Y te prometo, Heath, que si sientes el menor rescoldo de resentimiento hacia mí, en una semana habrá desaparecido. Esto me hace estar más decidida que nunca a encontrarte la mujer perfecta. Ahora ya no es sólo cuestión de negocios. Ya es algo personal.
Tras lanzarle una sonrisa radiante, salió disparada hacia la coci­na para volver a asomar la cabeza al cabo de un momento.
—Gracias. De verdad. Te debo una.
Instantes más tarde se cerraba la puerta de la cabaña. Heath volvió a reclinarse sobre la almohada, apoyó el tazón en su pecho y trató de asimilar todo aquello.
¿Annabelle le había utilizado de precalentamiento para Dean Robillard?
cap 14

Al llegar cerca del cenador, Annabelle vio a Ron y a Sharon camino adelante, cogidos de la cintura. Todavía estaba temblan­do, y sentía el estómago como una ciénaga ácida. Puede que nun­ca hubiera sido la mejor actriz del Departamento de Teatro del Noroeste, pero todavía era capaz de representar una escena. De­lante de ella, Ron sostenía abierta la puerta del cenador para que pa­sara Sharon. Con la otra mano buscaba su trasero. Era fácil adivi­nar a qué se habían dedicado aquella noche. Ahora lo único que tenía que hacer era asegurarse de que ninguno de ellos percibiera a qué se había dedicado ella.
Cuando cruzó la puerta mosquitera, todos la saludaron, y for­maban, por cierto, el grupo de gente más falto de sueño y sexualmente satisfecho que había visto jamás. Molly llevaba una marca sonrosada en el cuello que parecía de rozadura de barba, y a juzgar por la expresión de suficiencia de Darnell, Charmaine no merecía su reputación de mojigata. Phoebe y Dan compartían un único biz­cocho sentados en un sofá de mimbre. Y Krystal, en vez de regañar a Webster como de costumbre, le hablaba con voz melosa y le llamaba «cielo». Los únicos rostros inocentes eran los de Pippi, el pe­queño Danny y Janine.
cap 15

—Hola, tíos. —Ian entró en el cenador. Llevaba unos shorts arrugados de tela escocesa y una camiseta de ordenadores Dell. Los hombres le saludaron ruidosamente. Darnell le dio una palmada en la espalda, lanzándolo hacia Kevin, que le atrapó por los hombros.
—No conoces a mi representante. —Kevin le condujo entre las mujeres—. Ian, éste es Heath Champion. —A Ian, el brazo exten­dido se le congeló en el aire. Gwen dio un respingo, y se llevó una mano a su oronda tripa. Se quedó mirando a Heath, primero, y luego a Annabelle.
Annabelle se las apañó para sonreír tímidamente.
—Nos han pillado.
Heath estrechó la mano paralizada de Ian sin traslucir nada, pero Annabelle distinguía una muerte súbita cuando se le venía en­cima.
—Es un placer conocerte, Ian —dijo—. Y, Gwen, me alegro de volver a verte. —Señaló con un gesto a su barriga—. Una faena rá­pida. Enhorabuena.
cap 15

Caminaron en silencio durante unos minutos. Finalmente, lle­garon hasta una arboleda, y allí fue donde Heath se volvió hacia ella.
—Me embaucaste.
«Más de una vez, si cuento lo de esta mañana», pensó Anna­belle, pero confiaba en que eso no se lo figurara.
—Necesitaba una apuesta segura para que me firmaras el con­trato, y Gwen era lo mejor que tenía. Te prometo que iba a decirte la verdad tarde o temprano. Lo que pasa es que aún no había reuni­do el valor.
—Esto sí que es una sorpresa. —Aquellos fríos ojos verdes po­drían haber cortado un cristal—. Anzuelo y cambio de agujas.
—Me… me temo que ése era el plan.
—¿Cómo conseguiste que el marido se prestara?
—Eh… uh… Un año de canguro gratis.
Una racha de viento barrió el claro, revolviéndole el pelo a Heath. Se la quedó mirando fijamente tanto rato que a ella empezó a picarle la piel. Pensó en el mal trago que había tenido que pasar esa mañana… para nada.
—Me embaucaste —dijo él de nuevo, como si aún estuviera in­tentando encajarlo.
A Annabelle, la angustia le hacía un nudo en el estómago.
—No se me ocurría otra manera.
Un pájaro graznó sobre sus cabezas. Otro le respondió. Y en­tonces, Heath frunció las comisuras de los labios.
—Así se hace, Campanilla. De eso es exactamente de lo que siempre te hablo.
cap 15

Intentó parecer ofendida.
—Buscaba el punto de vista masculino, eso es todo.
—Que te lo dé Raoul.
—Hemos terminado. Me ponía los cuernos.
—Eso ya lo sabía toda la ciudad, ¿no?
Muy bien, se habían divertido. Annabelle se sentó en una esquina del banco de pesas.
cap 17

Kevin hizo un chiste riéndose de sí mismo, y la multitud se lo celebró. Les tenía donde quería, y Heath se escabulló al pasillo para comprobar sus mensajes. Cuando vio el número de Bodie, le llamó a él en primer lugar.
—¿Qué pasa?
—Un amigo mío acaba de telefonearme desde la playa de Oak Street —dijo Bodie—. Tony Coffield, ¿te acuerdas de él? Su viejo tiene un par de bares en Andersonville.
—¿Sí? —Tony era uno de los componentes de una red de tipos que suministraban información a Bodie.
—Pues adivina quién más ha aparecido para pillar un poco de sol. Nada menos que nuestro buen amigo Robillard. Y parece que no está solo. Tony dice que comparte manta con una pelirroja. Mo­na, pero no su tipo habitual.
Heath apoyó la espalda contra la pared y apretó los dientes.
Bodie se reía.
—Tu pequeña casamentera no pierde el tiempo, desde luego.
cap 17

—Explícamelo otra vez, pues —dijo Dean, con los ojos aún ce­rrados—. Lo de que me estás utilizando descaradamente para tus propios propósitos nefandos.
—Se supone que los futbolistas no conocen palabras como «ne­fando».
—La oí en un anuncio de cerveza.
Ella sonrió y se ajustó las gafas de sol.
—Sólo voy a decirte esto: me he metido en un pequeño lío, y no, no te voy a contar con quién. La forma más fácil de escabullirme era fingir que estoy loca por ti. Y lo estoy, por supuesto.
—Mentirosa. Me tratas como a un niño.
—Sólo para protegerme de tu esplendor.
El resopló.
—Además, que me vean contigo eleva enormemente el perfil de mi empresa. —Apoyó la mejilla en el brazo—. Conseguiré que la gente hable de Perfecta para Ti, y la única publicidad que puedo permitirme en este preciso momento es la gratuita. Te lo pagaré. Te lo prometo. —Extendió el brazo y le dio una pequeña palmada en uno de sus bíceps durísimos y calentados por el sol—. De aquí a unos diez años, cuando estemos seguros de que has superado la pubertad, pienso encontrarte una mujer estupenda.
—¿Diez años?
—Tienes razón. Pongamos quince, sólo por asegurarnos.
cap 17

Annabelle intentó poner fin a la agonía al cabo de veinte minutos, pero Heath le dirigió una mirada asesina, y Keri se quedó media hora más. Cuando se quedaron a solas por fin, Annabelle elevó los ojos al cielo.
—Esto ha sido una pérdida de tiempo.
—Pero ¿qué dices? Es exactamente lo que ando buscando voy a pedirle que salgamos.
—Es tan de plástico como tú. Te lo advierto, no es una buena idea. Si alguna vez tenéis hijos, saldrán del conducto uterino con «Fisher-Price» estampado en el trasero.
Heath no quiso hacerle caso, y al día siguiente llamó a doña No­ticias de las nueve para quedar con ella a cenar.
cap 17

Sonó el timbre de la puerta.
—Ya lo he oído —gruñó el señor Bronicki desde la cocina—. No estoy sordo.
—Recuerde lo que le he dicho de sonreír —le dijo Annabelle cuando pasó a su lado arrastrando los pies.
—No he podido volver a sonreír desde que perdí los dientes.
—Tiene usted la misma gracia que una caja de lavativas.
—Un respeto, señorita.
cap 18

Él se acercó a inspeccionar el plan de dieta apuntado en un pa­nel, amarillento ya, que había pegado ella en la puerta de la nevera nada más mudarse.
—No nos hemos acostado —dijo, sin apartar un milímetro los ojos de una cena baja en carbohidratos a base de pescado.
Ella reprimió su alegría.
—No es asunto mío.
—Desde luego que no, pero eres una cotilla.
—Oye, he estado demasiado ocupada construyendo mi impe­rio para obsesionarme por tu vida sexual. O por tu falta de ella. —Contuvo sus ganas de marcarse unos pasos de claqué mientras cogía una manopla, sacaba el plato y lo ponía encima de la mesa—. No eres mi único cliente, ¿sabes?
Heath encontró un tenedor en el cajón de la plata, se sentó y examinó su plato.
—¿Es una patata frita esto que hay en mis espaguetis?
—Nouvelle cuisine. —Abrió el congelador para sacar el vaso de helado que no le había apetecido tocar en tres semanas.
cap 18

—¿Y cómo te van las cosas con tu amorcito?
Le costó un momento adivinar de quién estaba hablando. Hun­dió la cuchara en el helado.
—Cada día mejor.
—Tiene gracia. Le vi en el Waterworks hace un par de noches haciéndole el boca a boca a una clon de Britney Spears.
Ella excavó una viruta de chocolate.
—Forma parte del plan. No quiero que se sienta agobiado.
—Créeme. No lo está.
—¿Lo ves? Funciona.
El enarcó una ceja.
—Es sólo la opinión de un hombre, pero creo que estabas mejor con Raoul.
cap 18

—Esto es agradable —dijo—. Me gusta tu casa.
Al principio, ella creyó que le tomaba el pelo, pero luego compr­endió que era sincero.
—Te la cambio —dijo.
Él miró a la puerta abierta del distribuidor.
—¿Tú duermes en el ático?
—Es donde dormía de pequeña, y terminé cogiéndole gusto.
—La guarida de Campanilla. Eso tengo que verlo. —Se encaminó a las estrechas escaleras del ático.
—¿No estabas tan cansado? —exclamó ella.
—Lo que hace de ésta la ocasión perfecta para ver tu dormitorio. Soy inofensivo.
Ella no le creyó ni por un momento.
cap 18

Su simpatía era peor aún que sus burlas, pero se dio la vuelta igualmente y apoyó la cabeza en su pecho. Él le acarició el pelo Annabelle se dijo que debía apartarse, pero tenía la impresión de que estaba exactamente en su sitio tal como estaba. Y entonces tomó conciencia de la potente erección que presionaba su piel.
Lo mismo le ocurrió a él. Dio rápidamente un paso atrás, sol­tándola de golpe.
—Será mejor que vaya al piso de abajo para que recuperes tu cuarto —dijo.
Ella acertó a asentir trémulamente con la cabeza.
—Vale.
El recogió sus zapatos, pero no salió de inmediato. Primero se dirigió al escritorio y señaló con un gesto el montón de revistas que había encima.
—Me gusta leer antes de dormir. ¿No tendrás por ahí un ejem­plar del Sports Illustrated?
—Me temo que no.
—Claro que no. ¿Por qué ibas a tenerlo? —Extendió una ma­no—. ¿Puedo llevarme esta otra, entonces?
Y se fue con su catálogo de juguetes eróticos.
cap 18

Bodie desvió la mirada hacia Portia, recordándole a Colleen que debía cumplir con los formalismos.
—Ah, Paula… Éste es Bodie Gray.
—Se llama Portia —dijo él—. Y ya nos conocemos.
—¿Portia? —Su frente se llenó de arrugas—. ¿Estás seguro?
—Estoy seguro, tía Cee.
«¿Tía Cee?»
—¿Portia? Qué shakesperiano. —Colleen dio unas palmaditas en el brazo a Bodie y sonrió a Portia—. Mi sobrino es relativamen­te inofensivo, pese a su aspecto aterrador.
Portia se tambaleó ligeramente sobre sus tacones de aguja.
—¿Su sobrino?
Bodie extendió una mano para estabilizarla. Al tocarle el bra­zo, su voz suave y amenazadora se derramó sobre ella como seda negra.
—Tal vez deberías poner la cabeza entre las rodillas.
¿Y qué había del camping de caravanas, y del padre borracho? ¿Y las cucarachas, y las mujeres barriobajeras…? Se lo había inven­tado todo. Había estado jugando con ella desde un principio.
cap 18

Ella sintió que se desgarraba, y castigó a Bodie de la única ma­nera que sabía.
—Vaya montón de mentiras. Sigues por aquí porque te gusta fo­llarme.
—Eso también. —La besó en la frente—. Hay una mujer tre­menda escondida tras todo ese miedo. ¿Por qué no dejas que salga a jugar al sol?
Porque no sabía cómo.
La rigidez de su pecho le hacía difícil respirar.
—Vete al infierno. —Echó a andar calle abajo dejándole plantado, medio caminando, medio corriendo. Pero él ya la había llorar, y eso nunca se lo perdonaría.
cap 18

—Deberías vender tu puta casa, o bien vivir en ella.
—Ya lo sé. —Heath dejó su cerveza en la mesa—. Se te ve hecho mierda.
—Hay mil mujeres preciosas en esta ciudad, y yo he de ir a col­garme de Portia Powers.
—Te buscaste la ruina la primera noche, cuando la chantajeaste con esa patraña de que eras mi guardaespaldas.
Bodie se frotó la cabeza con la mano.
—Dime algo que no sepa.
—Si esa mujer se da cuenta algún día del miedo que le tienes, es­tarás bien jodido.
—Es como un grano en el culo. No paro de decirme que debo dejarla, pero…, joder, no sé… Es como si tuviera rayos X en los ojos y pudiera ver cómo es en realidad bajo el rollo que se tira. —Giro la silla, sintiéndose incómodo al revelar tanto, aunque fuera a su mejor amigo.
Heath le entendía.
—Dime que no compartimos los mismos sentimientos, Mary Lou.
—Que te jodan.
—Calla y mira el partido.
cap 18

Heath dirigió su atención a Annabelle. Nadie se hubiera imagi­nado que dos noches antes se había quedado dormido en su dormi­torio del ático, o que una vez, en una bonita cabaña a la orilla del la­go Michigan, habían hecho el amor.
—Annabelle, usted ha hecho mejor trabajo filtrando a las candidatas, y me ha presentado a muchas pasables, pero a ninguna ga­nadora.
Ella abrió la boca para contestar, pero antes de que pronunciase una palabra, él la cortó.
—Gwen no cuenta.
A diferencia de Portia, Annabelle sacaba lo mejor de sí ponién­dose a la defensiva.
—Gwen era casi perfecta.
—Siempre que pasemos por alto al marido y ese embarazo tan inoportuno.
cap 18

La sonrisa de plástico de Portia se fundió por las comisuras.
—Pero su contrato no finaliza hasta octubre. Estamos sólo a mediados de agosto.
—Ahórrese la saliva —dijo Annabelle—. Heath busca una ex­cusa para despedirnos. No cree en el fracaso, y si nos despide pue­de transferirnos la responsabilidad.
—¿Despedirnos? —Portia hacía mala cara.
—Será una experiencia nueva para usted —dijo Annabelle, de­salentada—. Afortunadamente para mí, yo ya tengo práctica.
cap 18

Ella se armó de coraje para afrontar el dolor.
—Ha sido una aventura, Bodie. Una diversión. Y ahora se ha acabado.
Habían empezado a temblarle los labios, como a una niña, y no esperó a que él respondiera. Se dio media vuelta… salió de su des­pacho… tomó el ascensor hacia la calle con la mente en blanco. Al salir, se cruzó con dos jóvenes preciosas. Una le señaló a los pies, y la otra se echó a reír.
Portia las adelantó, tensando los párpados para contener las lá­grimas, asfixiándose. Un autobús turístico rojo de dos pisos pasó despacio a su lado, y el guía iba citando a Cari Sandburg con una voz tonante y exageradamente dramática que arañaba como uñas la pizarra de su piel.
«Camorra violenta, tormentosa… Ciudad de las anchas espal­das: Me dicen que eres perversa, y yo les creo…»
Portia se enjugó los ojos y reanudó la marcha. Tenía trabajo que hacer. El trabajo lo arreglaría todo.
cap 18

Echó una mirada por encima de sus rizos, pero el salón estaba vacío. Lo que no implicaba que pudiera decirse otro tanto de su dormitorio… Resistió el impulso de entrar en tromba en la casa y comprobarlo.
—No pasa nada —dijo, algo envarado—. Hablamos la semana que viene.
Pero no se fue, sino que se quedó allí plantado. Finalmente, ella asintió y cerró la puerta.
Cinco minutos antes, se sentía el rey del mundo. Ahora que­ría emprenderla a patadas con algo. Caminó acera abajo y subió a su coche, pero no fue hasta que sacó el morro de su plaza de apar­camiento que sus luces alumbraron el vehículo aparcado al otro lado de la calle. Hasta entonces, había estado demasiado ensimis­mado para fijarse, pero ya no lo estaba.
La última vez que había visto aquel Porsche rojo reluciente, estaba aparcado en el cuartel general de los Stars.
cap 18

—Cumpliremos cinco semanas el próximo viernes. Annabelle, creo que podría ser el definitivo. Es lo más próximo al hombre perfecto que voy a encontrar en la vida. —Su sonrisa se marchitó—. Bueno… Excepto por ese pequeño problema del que te vengo ha­blando.
Annabelle soltó lentamente el aire que venía reteniendo en los pulmones.
—¿Sigue igual?
Delaney bajó la voz.
—El sábado, estuve con él en el coche metiéndole mano por todas partes. Era evidente que le excitaba, pero echó el freno. No sé si estaré paranoica, y desde luego que nunca le comentaría esto a nadie más, pero ¿estás absolutamente segura de que no es gay? En la universidad, había aquel tío totalmente macho, y luego resultó que tenía novio.
—No creo que sea gay —se oyó decir Annabelle.
—No. —Delaney sacudió la cabeza con decisión—. Estoy se­gura de que no.
—Probablemente tienes razón.
Sonó la campana avisando del final del intermedio, y Anna­belle se deslizó hasta su asiento como la miserable víbora que era.
cap 19

Heath miró a su alrededor por el palco, buscando a Annabelle. Ella solía ir a los partidos de los Stars con Molly o alguna de las otras, y estaba convencido de que acabaría por encontrársela, pero no había habido suerte hasta el momento. Mientras Delaney seguía perorando sobre Don Giovanni, Heath recordó una noche en la que, entre dos presentaciones, Annabelle le había cantado de cabo a rabo «It’s Five O’Clock Somewhere», de Alan Jackson. Claro que Annabelle almacenaba todo tipo de información inútil. Como el he­cho de que sólo a la gente con una determinada enzima en el cuer­po les olía el pis cuando comían espárragos, cosa que, había que admitirlo, tenía su interés.
cap 19

Aquella noche se sentó en la penumbra de su salón, mirando al vacío. Habían pasado casi seis semanas desde que viera a Bodie por última vez, y le echaba dolorosamente en falta. Se sentía desarrai­gada, a la deriva, sola en el mismo fondo de su corazón. Su vida pri­vada yacía hecha añicos a su alrededor, y Parejas Power se estaba hundiendo. No sólo por la deserción de sus ayudantes, sino también porque ella había perdido su ojo clínico.
Pensó en lo que había ocurrido con Heath. A diferencia de Por­tia, Annabelle había cogido su oportunidad al vuelo y la había apro­vechado brillantemente. «Una candidata cada una», había dicho él. Mientras Portia había decidido esperar siguiendo su menoscabado instinto, Annabelle dio el golpe presentándole a Delaney Lightfield. Era toda una ironía. Portia conocía a los Lightfield desde ha­cía años. Había visto crecer a Delaney. Pero había estado tan ocu­pada hundiéndose que nunca se le pasó por la cabeza presentársela a Heath.
cap 19

El móvil vibró dentro del bolsillo, junto al estuche del anillo. Annabelle le había dado órdenes estrictas de no atender el teléfono estando con Delaney, pero ¿acaso no tendría que acostumbrarse a aquello si iban a casarse?
—Champion. —Dirigió a su futura esposa una mirada de dis­culpa.
La voz de Annabelle bufó por el auricular como un radiador con una fuga.
—Ven aquí ahora mismo.
—Me pillas en medio de algo.
—Como si estás en la Antártida. Mueve tu triste culo y ven.
Heath oyó al fondo una voz masculina. O más bien voces mas­culinas. Se puso rígido en la silla.
—¿Estás bien?
—¿A ti qué te parece?
—Me parece que estás enfadada.
Pero ella ya había colgado.
cap 20

Nada más entrar, vio a Sean Palmer y a media docena de sus compañeros de los Bears acomodados alrededor del recibidor de Annabelle, lo que no era muy alarmante en sí mismo, pero por la abertura de la puerta que conducía a la cocina divisó otro grupo de jugadores, todos de los Stars de Chicago. El despacho de Anna­belle parecía ser territorio neutral, con cinco o seis jugadores, no exactamente mezclados, pero tanteándose desde esquinas opuestas, y ella plantada en mitad del arco de entrada. Heath entendía que es­tuviera nerviosa. Ninguno de los dos equipos había olvidado la po­lémica decisión arbitral que había dado a los Stars una estrecha y disputadísima victoria sobre sus rivales. No pudo evitar pregun­tarse qué parte del cerebro de Annabelle estaría de vacaciones para haber dejado entrar a todos esos tíos a la vez.
—Oíd todos, ha llegado Jerry Maguire.
cap 20

—Todo esto es culpa tuya. Aquí hay al menos cuatro clientes tuyos, a ninguno de los cuales conocía personalmente hace un año. De no ser por ti, sólo sería una hincha más viéndoles machacarse unos a otros desde una distancia prudencial.
Su acalorada pataleta estaba atrayendo la atención de todo el mundo y alguien bajó la música para no perderse detalle. Ella seña­ló a la cocina con un violento gesto de la cabeza.
—Se han bebido todo lo que había en la casa, incluida una jarra de fertilizante para las violetas africanas que acababa de mezclar y he tenido la ocurrencia de dejar en la encimera.
Tremaine le dio un puñetazo en el hombro a Eddie.
—Te dije que sabía raro.
Eddie se encogió de hombros.
—A mí me sabía bien.
cap 20

Annabelle soltó el brazo y le dio una colleja.
—No olvides con quién estás hablando.
Leandro tenía un mal pronto, y era sabido que se enganchaba de vez en cuando con los árbitros cuando no estaba de acuerdo con una decisión, pero el tight end se limitó a frotarse ligeramente el co­gote y poner una mueca contrita.
—Igual que mi madre.
—Y que la mía —dijo Tremaine, asintiendo alegremente con la cabeza.
Annabelle se volvió hacia Heath.
—¡Su madre! Tengo treinta y un años, y les recuerdo a sus madres.
—Haces lo mismo que mi madre —señaló Sean, imprudente­mente según se vio, porque fue el siguiente en recibir un pescozón en el cogote.
Heath intercambió miradas comprensivas con los chicos antes de prestar toda su atención a Annabelle, hablándole en tono dulce y paciente.
—Cuéntame cómo has llegado a esto, cariño.
cap 20

Annabelle lanzó las manos al cielo.
—No tengo ni idea. En verano era sólo Dean el que se dejaba caer por aquí. Luego empezó a traer a Jason y a Dewitt con él. Lue­go Arté me pidió que le echara un ojo a Sean, y le invité a venir (un día nada más, cuidado) y él se presentó con Leandro y Matt. Uno de los Stars por aquí, uno de los Bears por allá… Una cosa llevó a la otra. Y ahora tengo entre manos unos disturbios potencialmente mortales en mitad de mi sala de estar.
—Te dije que no te preocuparas por eso —dijo Jason—. Esto es terreno neutral.
—Sí, claro. —Echaba fuego por los ojos—. Terreno neutral, has­ta que alguno se cabree, y entonces me vendréis todos: «Perdona, Annabelle, pero parece que te faltan las ventanas de la fachada y la mitad del piso de arriba.»
—La única persona que se ha cabreado desde que estamos aquí eres tú —murmuró Sean.
Annabelle puso una expresión tan cómicamente asesina que Eddie echó cerveza por la nariz, o tal vez fertilizante de violetas, lo que hizo partirse de risa a todo el mundo.
Annabelle se lanzó sobre Heath, le agarró por la pechera de la camisa, se alzó de puntillas y le increpó entre dientes.
—Se van a emborrachar, y luego uno de estos idiotas empotrará su Mercedes en un coche lleno de monjas. Y yo seré responsable le­gal. Esto es Illinois. En este Estado hay leyes que regulan la hospitalidad.
cap 20

—Annabelle es mi chica —anunció Dean al separar sus labios mirándola a los ojos—. El que le dé problemas se las tendrá que ver conmigo… y con mi línea de defensa.
Annabelle pareció molesta, lo que hizo que Heath se sintiera muchísimo mejor.
—Puedo cuidar de mí misma. Lo que no puedo es lidiar con una casa llena de tarugos borrachos.
—Qué dura eres —dijo Eddie, con aire ofendido.
Dean le acarició un hombro.
—Chicos, ya sabéis lo irracional que se puede volver una mujer embarazada.
Hubo un asentimiento alarmantemente unánime.
—¿Te has hecho la prueba como te dije, muñeca? —Dean vol­vió a envolverla con el brazo—. ¿Ya sabes si llevas ahí al hijo de mi amor?
Aquello pareció resultar demasiado para Annabelle, porque se echó a reír.
—Necesito una cerveza. —Enganchó la botella de Tremaine y la apuró.
—No deberías beber si estás embarazada —dijo Eddie Skinner de mala cara.
Leandro le dio un manotazo en la cabeza.
Heath cayó en la cuenta de que hacía semanas que no se diver­tía tanto.
Cosa que le hizo acordarse de Delaney.
cap 20

Mientras ellos estaban fuera había llegado la comida, pero cuan­do Heath volvió a entrar en la casa no había nadie comiendo. Esta­ban todos apelotonados en el cuarto de estar, con la música baja, y la atención puesta en una gorra de la NASCAR colocada boca arriba cerca de los pies de Annabelle. Al acercarse un poco más, vio un surtido de cadenas, pendientes y anillos de oro refulgiendo en el oído.
Annabelle reparó en él y le sonrió.
—Se supone que he de cerrar los ojos, sacar una joya y acostarme con el dueño. Oro macizo por un macizo. ¿No te parece diver­tido?
Dean estiró el cuello al otro lado de la habitación.
—Sólo para que lo sepas, Heathcliff, mis pendientes siguen en mis orejas.
—Eso es porque no valen nada, puta barata. —Dewitt Gilbert el receptor favorito de Dean, le dio una palmada en la espalda.
Annabelle sonrió a Heath.
—Sólo están haciendo el ganso. Saben que no voy a hacerlo.
—A lo mejor sí—dijo Gary Sweeney—. Hay sus buenos quin­ce quilates en esa gorra.
—A la mierda. Siempre he querido acostarme con una pelirro­ja natural. —Reggie O’Shea se quitó de pronto el crucifijo recama­do de piedras preciosas del cuello y lo metió en la gorra.
Los hombres se quedaron mirándolo.
—Ahí te has pasado, eso no está bien —dijo Leandro.
Hubo suficientes murmullos de asentimiento como para que Reggie retirara su cadena.
Annabelle suspiró, y Heath percibió en su voz un arrepenti­miento sincero.
—Esto ha sido divertido, pero se nos va a enfriar toda la comi­da. Sean, es una colección de joyas magnífica, pero tu madre me ma­taría.
Por no hablar de lo que le haría Heath.
cap 20

Heath metió a Leandro en un taxi. No podía dejar de sonreír. No había nada entre Annabelle y Dean, más que travesuras. Anna­belle no estaba enamorada de él. Le trataba exactamente igual que a los demás jugadores, como si fueran niños muy crecidos. Toda aquella filfa que le había largado a él era un montaje total. Y si Dean hubiera estado enamorado de ella, era evidente que no la habría de­jado sola con otro hombre esa noche.
Estaba tumbada sobre un costado, y su aliento agitaba rítmica­mente el rizo de pelo que le caía sobre la boca. Heath buscó una sá­bana, y ella no se movió un ápice mientras la tapaba. Se sorprendió preguntándose si estaría muy mal que se deslizara bajo esa sábana y le quitara los vaqueros para que durmiera más cómoda.
Muy mal.
Por más vueltas que le diera, sólo se le ocurría una razón para que Annabelle hubiera montado aquella farsa con Dean. Porque es­taba enamorada de Heath, y quería salvar su orgullo. La divertida, combativa, gloriosa Annabelle Granger le quería. Su sonrisa se en­sanchó, y sintió ligero el corazón por primera vez en meses. Era asombroso lo que la lucidez podía hacer por la paz interior de un hombre.
cap 20

Le tendió un tazón de café. Ella esperó a darle el primer trago antes de reconocer su presencia, con la voz todavía un poco áspera.
—¿Puedo saber quién me quitó los pantalones?
Él se lo pensó un poco.
—Robillard. El tío es una sabandija.
Ella le miró con ceño.
—No estaba tan inconsciente. Noté que eras tú cuando me ba­jaste la cremallera.
Heath no habría podido mostrar arrepentimiento ni aunque lo hubiera intentado.
—Se me escapó la mano.
cap 20

—¿Me lo imaginé yo o estuvo Delaney aquí anoche?
—Estuvo.
—¿Cómo es que no se quedó a echar una mano?
Ahora llegaban a la parte delicada. Heath hizo como que buscaba algo de comer revolviendo en los armarios, pese a que sabía que la habían dejado sin nada. Después de remover un par de latas de to­mate frito, cerró las puertas.
—Toda la movida resultó un poco excesiva para ella.
Annabelle se enderezó en la silla.
—¿Qué quieres decir?
Heath se dio cuenta, demasiado tarde, de que debía haber me­ditado la forma de exponer aquello en vez de dedicarse a esconder violetas africanas y leer citas inspiradoras de Ophra. Tal vez enco­giéndose de hombros pudiera eludir el tema hasta que ella estuvie­ra bien despierta. Lo intentó.
—No funcionó.
—No lo entiendo. —Annabelle desplegó la pierna que había doblado bajo su cadera y empezó a parecer preocupada—. Me dijo que le estaba cogiendo gusto al fútbol.
—Parece ser que no cuando lo ve de cerca y en su dimensión personal.
Las arrugas se ahondaron en la frente de Annabelle.
—Yo me encargaré de que le coja el tranquillo. Los chicos sólo asustan si dejas que se te suban a las barbas.
No hubiera debido sonreír, pero ¿no era precisamente por esto por lo que su nuevo plan iba a funcionar mucho mejor que el vie­jo? Desde el mismo principio, Annabelle le había hecho feliz, pero él estaba tan obcecado en seguir la dirección equivocada que no ha­bía comprendido lo que eso significaba. Annabelle no era la mujer de sus sueños. Ni mucho menos. Sus sueños habían sido el pro­ducto de la inseguridad, la inmadurez y la ambición mal orientada. No, Annabelle era la mujer de su futuro… La mujer de su felicidad.
cap 20

Su nueva lucidez le decía que ella no iba a tomarse a bien sus noticias sobre Delaney, sobre todo porque él no estaba logrando reprimir del todo su sonrisa.
—La cosa es que… Delaney y yo hemos terminado.
Annabelle dejó el tazón de café en la mesa con un golpe, y se puso en pie súbitamente.
—No. No habéis terminado. Esto es sólo un bache en el camino.
—Me temo que no. Anoche tuvo ocasión de ver cómo es mi vida, y lo que vio no la hizo feliz.
—Yo lo arreglaré. Cuando haya entendido…
—No, Annabelle —dijo él, tajante—. Esto no tiene arreglo. No quiero casarme con ella.
Ella explotó.
—No quieres casarte con nadie.
—Eso no es… del todo cierto.
—Es cierto. Y estoy harta de ello. Estoy harta de ti. —Empezó a agitar los brazos—. Me estás volviendo loca, y no lo aguanto más. Estás despedido, señor Champion. Esta vez yo te despido a ti.
Era una exhibición de temperamento impresionante, así que Heath decidió obrar con cautela.
—Soy un cliente —observó—. No puedes despedirme.
Le traspasó con aquellos ojos color de miel.
—Acabo de hacerlo.
cap 20

Fuera, el aire de la mañana tenía el olor vivificante y ahumado del otoño. Respiró hondo y, a paso ligero, echó a andar calle abajo hacia su coche. Verla aquella noche con los muchachos le había abierto los ojos a algo que debía haber comprendido semanas antes. Annabelle Granger era su pareja ideal.
cap 20

Desde el día en que había entrado en el despacho de Heath la vida de Annabelle se había convertido en una noria girando a triple velocidad. Ascendía hasta la cumbre, permanecía allí durante unos segundos de inmensa felicidad, y a continuación se precipitaba a lo más bajo en un descenso que le revolvía las tripas. Mientras se pre­paraba para su fiesta de cumpleaños, se congratuló por haber des­pedido a Heath. Estaba loco. Y, lo que era peor, la había vuelto loca a ella.
cap 21

—¿Hola?
—Escúchame: esto es por un asunto personal, no de negocios —dijo Heath—, así que no me cuelgues. Tenemos que hablar.
El simple sonido de su voz hizo que el corazón le diera un pe­queño brinco.
—No sé de qué.
—Me despediste —dijo él con toda calma—. Te lo respeto. Ya no eres mi casamentera. Pero seguimos siendo amigos, y en interés de nuestra amistad tenemos que discutir la página trece.
—¿La página trece?
—Me has acusado de ser arrogante. Yo siempre lo he visto más bien como confianza en mí mismo, pero estoy aquí para decirte que ya no. Después de examinar estas fotos… Cielo, si esto es lo que buscas en un hombre, creo que ninguno va a dar la talla.
Ella tenía la impresión creciente de que entendía exactamente lo que estaba diciéndole, y se sentó en la esquina del escritorio.
—No tengo ni idea de qué me estás contando.
—¿Quién iba a decir que la silicona elástica viniera en tantos colores?
Su catálogo de juguetes sexuales. Se lo había llevado hacía me­ses. Esperaba que se hubiera olvidado de ello a esas alturas.
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—En la página catorce, arriba del todo… Este modelo viene con una especie de bomba de mano. Has doblado la esquina, así que de­bes estar interesada.
Estaba casi segura de no haber doblado la esquina de ninguna página, pero a saber…
—¿Y qué hay de éste de la ventosa? La cuestión es: ¿dónde hay que pegarlo, concretamente? Una pequeña advertencia, corazón, si pegas algo así en la ventana de tu habitación o, demonios, en el salpicadero de tu coche… conseguirás atraer la clase de atención que no te conviene.
Ella sonrió.
—Dime sólo una cosa, Annabelle, que tengo que irme ya. —Su voz bajó a un tono intimista y cálido que la hizo estremecerse—. ¿Por qué va a interesarle a una mujer uno artificial, cuando uno de verdad funciona mucho mejor?
Mientras ella buscaba la réplica justa, él colgó. Annabelle hizo unas cuantas inspiraciones profundas, pero no consiguió serenarse. Por más que intentara protegerse, él siempre le llegaba adentro, lo cual era la principal razón por la que no podía permitirse conversa­ciones como aquélla.
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Sonó el timbre. Gracias a Dios, Dean llegaba antes de hora. Saltó del escritorio y se presionó las mejillas con las manos para en­friarlas un poco. Adoptando una sonrisa forzada, abrió la puerta de la calle.
Heath estaba plantado al otro lado.
—Feliz cumpleaños. —Guardó su móvil en el bolsillo, bajó el catálogo y le rozó los labios con un beso rápido y leve, que a duras penas pudo ella refrenarse de devolver.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Estás preciosa. Preciosa es poco. Desgraciadamente, tu rega­lo no lo traen hasta mañana, pero no quiero que pienses que se me ha olvidado.
—¿Qué regalo? Da igual. —Se forzó a bloquear la entrada en vez de abrirle los brazos—. Dean va a pasar a recogerme en diez mi­nutos. No puedo hablar contigo ahora.
Él la hizo a un lado para poder entrar.
—Me temo que Dean está indispuesto. He venido a sustituirle. Me gusta tu vestido.
—¿De qué estás hablando? He hablado con él hace tres horas y se encontraba bien.
—Estos virus estomacales son fulminantes.
—Es una bola. ¿Qué le has hecho?
—No he sido yo. Ha sido Kevin. No sé por qué se empeñó anoche en repasar vídeos de partidos con él. No le cuentes que lo he dicho, pero tu amigo Kevin puede ser un verdadero gilipollas cuan­do quiere. —Le acarició el cuello con la nariz, justo detrás de un pendiente—. Diantre, qué bien hueles.
cap 21

Ella pasó revista a su traje gris oscuro —probablemente de Armani—, su corbata de marca, y el reloj que llevaba esa noche, un Patek Philippe increíble, de oro blanco. Su familia se tumbaría de es­paldas y le pedirían que les rascase las barrigas.
Él sabía que se la iba a camelar. Annabelle lo vio en su sonrisa ladina.
—Bueno, vale —dijo, gruñona—. Pero te lo advierto desde aho­ra: mis hermanos son los tíos más ignorantes, repelentes y dogmá­ticos que te puedas echar a la cara. —Alzó los brazos al cielo—. ¿Por qué gasto saliva? Te van a encantar.
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—Mamá, papá, éste es Heath Champion, y ya sé lo que estáis pensando. A mí también me sonó a falso. Pero su apellido era originalmente Campione, y habréis de admitir que Champion es un buen nombre desde el punto de vista del márketing.
—Muy bueno, para el márketing —dijo Kate, en tono aprobatorio. Su pulsera favorita, una de oro con dibujos grabados, tintineo contra otra de Nana, antigua, con mucho encanto. Al mismo tiempo, dirigió a Annabelle una mirada inquisitiva, que ella fingió no ver, ya que no había pensado aún en cómo explicar que el hombre que conocían como su cliente más importante se presentase co­mo su acompañante.
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—Doug, tú eres el contable, ¿no es así? —Los ojos de Heath despedían un brillo de respeto—. Tengo entendido que te han he­cho vicepresidente de Reynolds y Peate. Impresionante. Y Adam, el mejor cardiocirujano de San Luis. Es un honor.
Los hermanos Granger se sintieron igualmente honrados, y los tres se dieron amistosas palmaditas en los hombros.
—He leído sobre ti en los periódicos…
—Te has hecho toda una reputación…
—… tu nómina de clientes es asombrosa…
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—Para mí es un placer. Estaba deseando conoceros a todos. An­nabelle me ha contado unas historias asombrosas sobre tu carrera en la banca, Kate. Has sido una verdadera pionera para las mujeres.
Kate se derretía oyéndole.
—No sé si tanto, pero sí te diré que en aquel entonces las cosas resultaban mucho más difíciles para las mujeres que ahora. No paro de decirle a Annabelle la suerte que tiene. Hoy en día, los únicos obstáculos que se interponen en el camino del éxito para una mujer son los que ella misma se crea.
«Toma.»
—Está claro que la habéis educado bien —dijo Heath, adula­dor—. Es asombroso lo que ha conseguido crear en tan corto espa­cio de tiempo. Debéis de estar muy orgullosos de ella.
Kate miró fijamente a Heath para ver si estaba hablando en bro­ma. Candace soltó una risita por lo bajo. No es que Annabelle odia­ra a su cuñada, pero no estaría la primera en la fila si algún día Can­dace llegaba a necesitar un donante de riñón.
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—Así que ¿cuándo vas a venir a ver el ala nueva de cardiología, Patatita? —Adam se había sentado a su lado, y enfrente de su novia—. Qué risa, Lucille. La última vez que Annabelle vino de visita, alguien se había dejado un cubo de fregar en la recepción. Annabe­lle iba hablando, como de costumbre, y no lo vio. ¡Pataplaf!
Se echaron todos a reír, como si no hubieran oído aquella his­toria una docena de veces por lo menos.
—¿Os acordáis de aquella fiesta que hicimos antes de empezar nuestro último año de instituto? —Doug se tronchaba de risa—. Mezclamos los culos de todos los vasos y desafiamos a Patatita a que se bebiera aquel maldito brebaje. Dios, creí que no iba a acabar de vomitar nunca.
—Sí, oye, qué bonitos recuerdos, sí señor. —Annabelle apuró su copa de vino.
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—Los Granger son una de las familias originales de las desti­lerías de San Luis —dijo Candace—. Prácticamente, fundaron ellos la ciudad.
Annabelle reprimió un bostezo.
Heath, sin embargo, abandonó su costilla de primera para pres­tarle a Candace toda su atención.
—No me digas.
Candace, una esnob de nacimiento, estuvo más que encantada de extenderse en detalles.
—Mi suegro esperó a acabar el instituto para anunciar que pen­saba dedicarse a la medicina en vez de a la cerveza. Su familia se vio forzada a vender el negocio a la Anheuser-Busch. Según parece, la historia fue la comidilla de los periódicos locales.
—Me lo figuro. —Heath buscó la mirada de Annabelle, al otro lado de la mesa—. Nunca me comentaste nada de esto.
—Ninguno lo hace —dijo Candace en un susurro de conspira­dora—. Les avergüenza haber nacido ricos.
—Avergonzarnos, no —dijo Chet con firmeza—. Pero Kate y yo hemos creído siempre en el valor del trabajo duro. No teníamos la menor intención de criar a unos hijos sin nada mejor que hacer que contar el dinero de sus fideicomisos.
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Heath no había apartado la vista de Annabelle.
—¿Tuviste puesta de largo?
Ella se puso toda estirada, levantando la barbilla.
—Me encantaban los trajes, y en aquel momento parecía buena idea. ¿Tienes alguna objeción?
Heath se echó a reír, y el ataque le duró tanto que Kate tuvo que sacar un pañuelo de su bolso y pasárselo para que se secara los ojos. Annabelle no entendió, francamente, qué era lo que encontraba tan gracioso.
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A Heath le encantaron los Granger, todos y cada uno, con la excepción de Candace, que era una petarda engreída, pero, claro la chica tenía que vivir a la sombra de Annabelle, de modo que es­taba dispuesto a mostrarse tolerante. Mirando en torno a aquella mesa, vio a la familia, sólida como una roca, con la que había so­ñado de niño. Chet y Kate eran unos padres amantísimos que ha­bían dedicado su vida a hacer de sus niños unos adultos bien situa­dos. A Annabelle le sacaba de quicio la forma en que sus hermanos la pinchaban —le hacían de todo, menos collejas—, pero siendo la pequeña, y la única chica, estaba claro que era su mascota, y obser­var la no muy sutil competencia entre Adam y Doug por monopo­lizar su atención resultó uno de los atractivos de la velada. Las suti­lezas de las relaciones entre madre e hija se le escapaban. Kate se ponía machacona criticándola, pero no dejaba de buscar excusas para tocar a Annabelle siempre que podía, y le sonreía cuando ella no miraba. En cuanto a Chet… su expresión afectuosa no dejaba lu­gar a dudas sobre quién era la niña de sus ojos.
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Contemplándola al otro lado de la mesa, sintió que el orgullo le atenazaba la garganta. Nunca la había visto tan hermosa ni tan sexy, aunque era cierto que sus pensamientos parecían derivar siempre en esa dirección. Sus hombros desnudos relucían a la luz de las ve­las, y él sintió deseos de lamer el cúmulo de pecas de aquella graciosa naricilla. El remolino brillante de su pelo le recordaba a las hojas de los árboles en otoño, y ardía en deseos de despeinarlo con sus dedos. Si no hubiera estado tan obcecado con su desfasada idea de lo que era una esposa de exhibición, habría comprendido meses antes el lugar que ella ocupaba en su vida. Pero había sido necesaria la fiesta del fin de semana anterior para abrirle los ojos. Anna­belle hacía feliz a todo el mundo, incluido él. Con Annabelle, re­cordaba que la vida consistía en vivir, no sólo en trabajar, y que la risa era un bien tan precioso como el dinero.
cap 21

—Hace casi cinco meses que irrumpiste en mi despacho con aquel espantoso vestido amarillo, Annabelle. Durante este tiempo, has puesto mi vida patas arriba.
Kate alzó una mano, sacudiendo sus pulseras con un ruido me­tálico.
—Si tienes un poco de paciencia, estoy segura de que hará todo lo posible por que todo se arregle. Annabelle es extremadamente trabajadora. Admito que sus métodos profesionales pueden no ser a lo que estás acostumbrado, pero tiene el corazón en su sitio.
Doug sacó una pluma del bolsillo.
—Estoy pensando en repasar sus archivos de cabo a rabo antes de irme. Con un poco de reorganización y una mano más firme en las riendas, su negocio debería estabilizarse en un tris.
Annabelle apoyó la barbilla en una mano y suspiró.
—No estoy hablando de Perfecta para Ti —dijo Heath.
Todos le miraron desconcertados.
—Cambió el nombre de la empresa —dijo él, pacientemente—. Ya no se llama Bodas Myrna. La ha llamado Perfecta para Ti.
Adam la miró asombrado.
—¿Es verdad eso?
Candace se ajustó un pendiente.
—¿No podías haber pensado en algo más pegadizo?
—No recuerdo haber oído nada de esto —dijo Doug.
—Yo tampoco. —Chet dejó su taza de café sobre la mesa—. Na­die me cuenta nunca nada.
—Yo te lo dije —replicó Kate en tono cortante—. Lamentable­mente, no puse un anuncio en el canal de golf.
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—Sé que todos los presentes reconocéis lo especial que es Annabelle —dijo—, pero yo no la conozco hace tanto tiempo, y he tar­dado un poco en darme cuenta.
Annabelle se puso a frotar una mancha de salsa del mantel.
—Que me haya costado comprenderlo —prosiguió Heath— no quiere decir que sea estúpido. Reconozco la calidad cuando la veo y Annabelle es una mujer asombrosa. —Ahora sí que disfrutaba de toda su atención, y sintió esa familiar subida de adrenalina que anun­ciaba los momentos finales previos al cierre de un acuerdo—. Sé que hoy es tu cumpleaños, cariño, lo que significa que deberías ser tú la que reciba regalos, y no yo, pero me siento codicioso. —Se volvió primero hacia un extremo de la mesa, luego al otro—. Chet, Kate, quisiera pediros permiso para casarme con vuestra hija.
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—¡Annabelle! —A Kate se le estaba poniendo rojo el cuello—. Sólo porque Heath no quiera airear sus más íntimos sentimientos delante de gente que apenas conoce no tienes que pensar que no está enamorado de ti. ¿Cómo va a no quererte nadie?
Annabelle mantuvo su mirada clavada en la de Heath.
—Te voy a decir una cosa que he aprendido sobre las pitones madre: a veces es más importante prestar atención a lo que no dice que a lo que hacen.
Kate se puso en pie.
—Oye, estás demasiado enfadada para discutir esto ahora mismo. Heath es un hombre maravilloso. Mira si no cómo ha encajado enseguida. Espérate a mañana, cuando hayas tenido ocasión de en­friar un poco los ánimos, y entonces podéis hablar de esto los dos tranquilamente.
—Ahorra saliva —masculló Doug—. No hay más que verla para darse cuenta de que la va a fastidiar.
—Venga, Patatita —suplicó Adam—. Dile al hombre que te ca­sarás con él. Por una vez en la vida, sé un poco lista.
cap 21

—Ni se te ocurrió que yo fuera a negarme, ¿no? —Tenía la mi­rada perdida en su reflejo desvaído en la ventana—. Tenías tan cla­ro que yo estaba loca por ti que ni siquiera lo dudaste.
Él se le acercó por detrás, hasta el punto en que pudo sentir el calor de su cuerpo.
—¿No lo estás?
Se había creído muy lista restregándole a Dean por las narices pero él había sabido interpretar su pantomima, y ahora la había despojado de los últimos restos de su amor propio, por añadidura a todo lo demás.
—Sí, bueno, ¿y qué? Me enamoro con facilidad. Por fortuna, lo supero con la misma facilidad.
—Menuda mentira.
—No digas eso.
cap 21

—¿Que qué pasa? Pon atención, porque voy a empezar por el principio. Eres preciosa, toda tú. Amo tu pelo, el aspecto que tie­ne, su tacto. Adoro tocarlo, olerlo. Amo la forma en que arrugas la nariz cuando te ríes. Me hace reír, además; no falla. Y adoro ver­te comer. A veces parece imposible que te puedas meter la comida en la boca a esa velocidad, pero cuando una conversación te inte­resa se te olvida que la tienes delante. Sabe Dios que adoro hacer el amor contigo. Ni siquiera puedo hablar de eso sin desearte. Adoro tu patética fidelidad a tus jubilados. Adoro lo duro que trabajas… —Y así continuó un rato, dando vueltas por un mínimo sector de la alfombra y catalogando sus virtudes.
cap 22

Heath se emborrachó el sábado por la noche, igual que solía ha­cerlo su viejo. Sólo le hacía falta tener a mano una mujer a la que pegar, y sería de tal palo tal astilla. Pensándolo bien, el viejo estaría orgulloso de él, porque hacía un par de horas que había vapuleado a una a base de bien; tal vez no físicamente, pero en el plano emo­cional le había dado una paliza de muerte. Y ella le había devuelto los golpes. Le había dado donde más le dolía. Cuando se desplomó en la cama, hacia la madrugada, deseó haberle dicho que la amaba, haber pronunciado las palabras que ella necesitaba oír. Pero a An­nabelle no podía ofrecerle sino la verdad. Ella significaba demasia­do para él.
cap 22

Cogió unas aspirinas, bajó al piso inferior y se dirigió a la sala de audiovisuales, para poder seguir algún partido. No se había ves­tido ni afeitado ni había comido, y le importaba un carajo. Mientras zapeaba por los canales deportivos, pensó en cómo la había tomado con él la familia de Annabelle después de que ella abandonara la reunión. Como un banco de pirañas.
«¿A qué juegas, Champion?»
«¿La quieres o no?»
«Nadie hace daño a Annabelle y se va de rositas.»
Hasta Candace había intervenido: «Estoy convencida de que la has hecho llorar, y no soporta que se le corra el maquillaje.»
Para rematar la faena, Chet lo había dicho todo:
«Ahora será mejor que te vayas.»
cap 22

—¿Portia? —Pasó por encima de los cristales rotos, pero no vio nada más que las ramas agitándose al otro lado de la ventana. Aquel rostro oscuro, embozado y desprovisto de todo rasgo humano, a excepción de un par de ojos desorbitados, no podía ser producto de su imaginación. Volvió al recibidor y abrió la puerta de par en par. El porche estaba vacío.
Oyó una voz sibilante detrás de los arbustos.
—Acérquese.
—Ni hablar. He leído a Stephen King. Venga usted aquí.
cap 22

Transcurrieron unos segundos más, y luego ella bajó la mano. Estaba azul. Su cara entera y lo que alcanzaba a ver de su cuello eran azules. No de un leve tono azulado, sino de un azul brillante, intenso, como de metileno. Sólo sus ojos y sus labios se habían sal­vado.
—Ya lo sé —dijo—. Parezco un pitufo.
El parpadeó.
—Yo estaba pensando en otra cosa, pero sí, tiene razón. ¿No se le va con jabón?
—¿Cree que saldría de casa con esta pinta si se fuera con jabón?
—Supongo que no.
—Es un producto cosmético exfoliante muy especial. Me lo apli­caron ayer por la mañana. —Parecía enfadada, como si fuera culpa de Heath—. Evidentemente, no pensaba dejarme ver hasta que se fuera.
—Y sin embargo, aquí está. ¿Cuánto dura el efecto pitufo?
—Unos pocos días más, y luego se pela. Ayer tenía peor aspecto.
—Es difícil de imaginar. ¿Y se ha hecho usted esto por…?
—Elimina las células muertas y estimula la generación de nue­vas… Da lo mismo.
cap 22

—Ya veo. —Tomó nota de la ausencia de muebles en la sala, pero no hizo ningún comentario—. Me he enterado de que anoche le propuso matrimonio a Annabelle Granger. Lo que no sé es por qué la muy boba le rechazó. Dado que salió a toda prisa del club Mayfair sin usted, deduzco que eso es lo que ocurrió.
La sensación de haber sido maltratado de Heath hizo erupción.
—Porque está como una cabra, por eso. Y maldita la falta que me hace que me complique más la vida con sus chifladuras. Y no la llame usted boba.
—Discúlpeme —dijo, arrastrando las sílabas.
—No es que tenga un montón de hombres haciendo cola para casarse con ella, tampoco.
—Tengo entendido que su último prometido sufría un proble­ma de identidad sexual, así que creo que podemos decir sin temor a equivocarnos que suponía usted una mejora.
—Parece ser que no.
cap 22

Ella se volvió lentamente hacia él, con la cabeza erguida, y unos regueros plateados corriendo por el azul brillante de sus mejillas.
—Reclamo mi presentación.
Heath oyó lo que había dicho, pero sus palabras carecían de sentido.
—Nos prometió a Annabelle y a mí una última presentación. Annabelle agotó la suya con Delaney Lightfield. Ahora me toca a mí.
—¿Quiere presentarme a alguien? ¿Ahora? ¿Después de decir­me que estoy enamorado de Annabelle?
—Tenemos un acuerdo. —Se frotó la nariz con la manga del im­permeable—. Fue usted quien definió los términos, y yo tengo a una joven preciosa que es justo lo que usted necesita. Es inteligen­te y animosa. También es impulsiva, y algo temperamental, lo que ayudará a que usted no pierda interés. Atractiva, por supuesto, como lo son todas las candidatas de Parejas Power. Tiene un pelo rojo espectacular…
Habitualmente, Heath no era tan duro de mollera, y, al final, en­tendió.
—¿Pretende presentarme a Annabelle?
—No es que lo pretenda. Es que voy a hacerlo —dijo con fiera determinación—. Tenemos un acuerdo. Su contrato no expira hasta la medianoche del martes.
—Pero…
cap 22

En aquel preciso instante, lo único que él entendía era la enor­midad de su propia estupidez. Amaba a Annabelle. Por supuesto que la amaba. Eso explicaba todos aquellos sentimientos a los que no había dado nombre porque estaba demasiado asustado.
Necesitaba quedarse solo para darle vueltas a aquello. Portia pa­reció comprenderlo, porque se abrochó el impermeable y abando­nó la habitación. Heath se sentía como si le hubieran dado un gol­pe en la cabeza con una pelota de béisbol, de bolea. Se derrumbó en el asiento y hundió la cara entre las manos.
Los tacones de Portia repiquetearon en el suelo de mármol del recibidor. Oyó que abría la puerta de la calle y luego, inesperada­mente, la voz de Bodie.
—¡Joder!
cap 22

—Tengo miedo constantemente, Bodie. Constantemente.
Él le acarició el pelo apelmazado.
—Lo sé, nena. Lo sé.
—Te quiero. ¿También lo sabes?
—Eso no lo sabía. —La besó encima de la cabeza—. Pero me alegra oírlo.
La cola de su pañuelo le cruzó la mejilla, agitada por el aire.
—¿Me quieres tú?
—Me temo que sí.
cap 23

—Ay, Dios. Estoy tan excitado ahora mismo que voy a explo­tar. —Bruscamente, se levantó del banco, tirando de ella—. Vámo­nos de vuelta a mi piso. Ya.
—Sólo si me prometes que no me vas a contar chistes verdes de esos que me sacan los colores.
—Con el color que tienes ahora mismo, la cosa no podría em­peorar mucho.
Ella sonrió.
—Ya sabes que no tengo sentido del humor.
—Trabajaremos ese asunto. —Y entonces la besó, con labios azules y todo.
cap 23

Soplaba el viento procedente del lago, y la nubosa mañana de oc­tubre había amanecido con algo de rasca. Aparcó en el callejón de­trás de la casa de Annabelle, y encontró allí el flamante deportivo plateado, un Audi TT Roadster, que había encargado para ella por su cumpleaños, pero no su Crown Vic. El señor Bronicki reparó en Heath de inmediato, y se acercó a ver qué buscaba, pero aparte de trasladarle la información de que Annabelle había salido conducien­do como una loca el sábado por la noche, no pudo decirle nada más. Se interesó no obstante por el Audi y, cuando supo que era un rega­lo de cumpleaños, advirtió a Heath que más valía que no esperara tener «relaciones» con ella en compensación por un coche de lujo.
—No crea que porque su abuelita no está aquí ya no va a haber gente que cuide de ella.
—Qué me va usted a contar —masculló Heath.
—¿Cómo dice?
—Digo que estoy enamorado de ella. —Le gustó cómo sonaba aquello, y lo repitió—. Quiero a Annabelle, y tengo intención de casarme con ella. —Si es que la encontraba. Y si ella estaba dispues­ta a aceptarle.
El señor Bronicki refunfuñó.
—Bueno, pero asegúrese de que no suba sus tarifas. Mucha gen­te ha de subsistir con unos ingresos fijos, ¿sabe?
—Haré lo que pueda.
cap 23

—No, Annabelle no ha pasado la noche aquí—dijo Ian—. Tío más vale que te guardes las espaldas. Ayer habló con alguna de las del club de lectura, y las mujeres están muy cabreadas. Acéptame un consejo, colega. Es difícil encontrar a una mujer que se muera de ganas de casarse con un tío que no está enamorado de ella, por muy forrado que tenga el riñón.
—¡Estoy enamorado de ella!
—Díselo a ella, no a mí.
—Maldita sea, es lo que intento. Y no sé cómo expresarte lo có­modo que me siento de saber que en esta ciudad todo el mundo está al tanto de mis asuntos privados.
—Tú te lo has buscado. Es el precio de la estupidez.
cap 23

—Una cosa más —dijo Kevin—. Robillard ha estado llamando a todo el mundo, tratando de ponerse en contacto contigo.
—Puede esperar.
—¿He oído bien? —dijo Kevin—. Es de Dean Robillard de quien estamos hablando. Aparentemente, después de meses de tontear con unos y otros, ha descubierto que necesita urgentemente un re­presentante.
—Le llamaré más adelante. —Heath se dirigió a la calzada, ha­cia su coche.
—¿Será más o menos cuando te decidas a felicitarme por el par­tido de ayer, que se puede considerar el mejor de mi carrera?
—Sí, felicidades. Eres el mejor. Tengo que dejarte.
—Vale, sabandija, no sé quién eres ni qué pretendes, pero haz que se ponga otra vez al teléfono mi representante ahora mismo.
cap 23

—Dudo que me llame. A menos que esa prueba de embarazo…
—Te lo advierto, Robillard, como me entere de que sabes dón­de ha ido y no me lo dices voy a romperte hasta el último puto hue­so de ese hombro tuyo que vale un millón de dólares.
—Está el tío hablando de pegarse, y no es ni la hora de comer. Sí que estás lanzado. Bueno, vamos al asunto, Heathcliff, al motivo por el que te he estado llamando. Un par de capitostes de la Pepsi-cola se han puesto en contacto conmigo, y…
cap 23

—He hablado con Molly esta mañana. —El antiguo prometido de Annabelle observó el mentón sin afeitar y el atuendo desaliña­do de Heath desde detrás de su escritorio en el departamento de márketing de la editorial de Molly—. Ya le hice yo bastante daño a Annabelle. ¿Tenía usted que machacarla también?
Rosemary no era la mujer más atractiva que hubiera visto Heath, pero iba bien vestida y tenía un aspecto muy digno. Demasiado dig­no. No era en absoluto la persona adecuada para Annabelle. ¿En qué estaría ella pensando?
cap 23

—¿Dónde está? Y no me digáis que no lo sabéis.
Molly descruzó las piernas y se puso en pie.
—Lo sabemos, y tenemos órdenes de mantener la boca cerrada. Annabelle necesita tiempo para reflexionar.
—Eso es sólo lo que ella cree. Tengo que hablar con ella.
Gwen le miró por encima de su enorme barriga como un Buda hostil.
—¿Tienes pensado darle más razones por las que debería casar­se con un hombre que no la quiere?
cap 23

La puerta se abrió tras la niña, y apareció Phoebe, rubia, pode­rosa y despiadada. No le prestó a él ninguna atención. Simplemen­te se agachó junto a Pippi y le arregló una de sus coletitas, mientras le hablaba en voz baja. Heath se llevó la mano al bolsillo para bus­car sus llaves.
Phoebe se dio la vuelta para volver a la casa. Pippi dejó caer sus animales de peluche y bajó trotando las escaleras.
—¡Puíncepe! Tengo que decirte una cosa. —Corrió hacia él, vo­lando sobre sus zapatillas rosas. Al llegar a su lado, inclinó la cabe­za hacia atrás para mirarle—. Tengo un secreto.
Él se agachó junto a ella. Olía a inocencia. Como los lápices de colores y el zumo de frutas.
—¿Sí?
—Dice tía Phoebe que no se lo diga a nadie más que a ti, ni si­quiera a mamá.
Heath miró al porche de reojo, pero Phoebe había desapare­cido.
—¿Decirme qué?
—¡Belle! —Pippi sonreía—. ¡Ha ido a nuestro campamento!
Una descarga de adrenalina le recorrió las venas. La cabeza em­pezó a darle vueltas. Levantó a Pippi en el aire, la atrajo hacia sí y la besó en las mejillas hasta hartarse.
—Gracias, cariño. Gracias por decírmelo.
Ella le puso la manita en el mentón y le apartó la cabeza con ceño.
—Rasca.
Heath se rió, le dio otro beso para cerrar la cuenta y la posó de nuevo en el suelo. Se le había olvidado apagar el móvil, que empe­zó a sonar. A la niña se le agrandaron los ojos. Él lo sacó con gesto automático.
—Champion.
—Heathcliff, tío, necesito un representante —exclamó Dean—, y te juro por Dios que como vuelvas a colgarme…
Heath le endosó el móvil a Pippi.
—Habla con este señor tan simpático, cariño. Cuéntale que tu papi es el mejor quarterback que ha dado o dará jamás el fútbol.
Al salir camino abajo, vio a Pippi dirigirse de nuevo al porche, con el móvil pegado a la oreja y las coletas bailando mientras ha­blaba por los codos.
Dentro de la casa, se movieron las cortinas de la entrada, y a tra­vés de la ventana vio asomar el rostro de la mujer más poderosa de la Liga Nacional de Fútbol. Puede que fuera cosa de su imaginación, pero le pareció que sonreía.
cap 23

Llegó a la playa desierta y se detuvo un instante. Se arrebujó el jersey y fue paseando hasta el muelle. El lago estaba tranquilo sin veraneantes, y le sobrevino el recuerdo de la noche en que Heath y ella habían bailado sobre la arena. Se sentó al final del muelle y se llevó las rodillas al pecho. Se había colado dos veces por hombres traumatizados. Pero nunca más.
Oyó pisadas sobre el muelle, detrás de ella. Alguno de los hués­pedes. Se restregó la mejilla húmeda contra la rodilla para enjugar las lágrimas.
—Hola, cariño.
cap 24

Annabelle se dio la vuelta muy despacio. Abrió los ojos de asombro. Iba vestido de cualquier manera, desaseado y sin afeitar. Bajo una sudadera roja gastada, llevaba una camiseta naranja des­colorida y unos pantalones de calle azul marino con pinta de haber dormido con ellos puestos. Sostenía en la mano un montón de glo­bos de Disney. Goofy se había desinflado y colgaba junto a su pier­na, pero él no parecía haberse dado cuenta. Entre los globos y su pelo alborotado, tendría que haberle parecido ridículo. Pero, des­provisto del barniz de refinamiento que tanto esfuerzo le había cos­tado obtener, le hizo sentirse incluso más amenazada.
—No deberías haber venido aquí —se oyó decir a sí misma—. Esto es perder el tiempo.
Él ladeó la cabeza y le brindó su sonrisa de charlatán.
—Oye, se supone que esto ha de ser como Jerry Maguire. ¿Te acuerdas? «Me conquistaste en cuanto dijiste hola.»
—Las mujeres flacuchas son unas incautas.
cap 24

—Mi verdadero nombre es Harley. Harley D. Campione. Adi­vina de qué es la D. —Se hubiera lanzado sobre ella, pero no deja­ba de balancearse.
—¿De desgraciado?
—De Davidson. Harley Davidson Campione. ¿Qué te parece? A mi viejo le encantaban las bromas, siempre que no se las gastaran a él.
Annabelle no iba a permitirle que jugara a hacerse el simpático.
—Vete, Harley. Los dos hemos dicho todo lo que teníamos que decir.
cap 24

Repiquetearon en el porche unas pisadas ligeras, demasiado ligeras para ser de Heath. Oyó que llamaban a la puerta. Arrastran­do los pies, se levantó, atravesó la habitación, abrió la puerta… y dio un grito. Dicho en su honor, no fue un alarido de película de mie­do, sino más bien una especie de hipido entrecortado de sobresalto.
—Ya lo sé —dijo una voz conocida—. He tenido días mejores.
Annabelle dio un paso atrás involuntariamente.
—Está usted azul.
—Un tratamiento cosmético. Ya se está pelando. ¿Puedo en­trar?
cap 24

—Está claro que ha perdido el juicio, por no hablar de su bue­na presencia.
Sorprendentemente, Portia no se ofendió.
—Mi buena presencia la recuperaré sobradamente. Espere a ver qué hay debajo de todo esto.
—Tendré que fiarme de su palabra.
cap 24

—Heath no sabe que estamos aquí Portia y yo. Sólo he conse­guido enterarme de adonde había ido por una conversación telefó­nica accidental con la cría de Kevin. —Deslizó el brazo en torno a los hombros de Portia—. La cosa, Annabelle, es que… ¿y si Portia tiene razón? Y, reconozcámoslo, ella tiene más experiencia que tú con estas cosas. Y el hecho de que tenga un historial de joderse la vida ella misma, cosa que me alegra decir que está superando, no quita que haya hecho un éxito de la de los demás. Conclusión: hay una forma más o menos fácil de aclarar todo esto.
Pelearse con los dos había agotado los recursos ya disminuidos de Annabelle y se dejó caer en el sofá.
—Con ese hombre nada es fácil.
—Esta vez sí —dijo él—. Le he visto a lo lejos, dirigiéndose a ese camino que da la vuelta al lago.
El mismo camino por el que había planeado ella dar un paseo después de comer.
—Sal a buscarle —continuó Bodie—, y cuando le encuentres sólo has de hacerle dos preguntas. Cuando hayas oído sus respues­tas, sabrás exactamente qué hacer.
—¿Dos preguntas?
—Eso es. Y te voy a decir concretamente cuáles son…
cap 24

El camino se hacía más empinado al subir hacia el acantilado ro­coso que se erguía sobre el lago. Molly le había dicho que Kevin y ella iban de vez en cuando a saltar al agua desde allí. Annabelle se detuvo tras dar la vuelta a un recodo para recuperar el aliento. Fue entonces cuando vio a Heath. Estaba de pie al extremo del risco, contemplando el lago, con la chaqueta echada hacia atrás y las pun­tas de los dedos metidas en los bolsillos traseros del pantalón. Inclu­so desaseado y con el pelo revuelto, era magnífico, un macho alfa a la cabeza de todo aquello que emprendía, excepto la empresa más importante de todas.
El oyó sus pisadas y volvió la cabeza. Lentamente, dejó caer las manos a sus costados. En el cielo, a lo lejos, Annabelle vio un pun­to diminuto. Los globos, perdiéndose en la distancia. No parecía un augurio tranquilizador.
—Tengo dos preguntas que hacerte —dijo.
cap 24

En los ojos de él, la esperanza pugnaba por desbancar al de­saliento. Habló sin apenas mover los labios.
—¿Me crees?
—A-ja. —Los latidos de su corazón habían creado un efecto de ondas concéntricas, y tuvo que apretar los puños para que dejaran de temblarle las manos.
—¿Sí?
Ella asintió con la cabeza.
—¿Vas a casarte conmigo?
Ella volvió a asentir, y a Heath no le hizo falta más. Con un ge­mido grave, tiró de ella para ayudarla a incorporarse y la besó. Du­rante segundos… horas… Annabelle no supo cuánto duró aquel beso, pero él cubrió mucho terreno: labios, lengua y dientes; sus me­jillas y sus párpados; su cuello. Introdujo las manos bajo su jersey para acariciarle los senos. Ella hurgó bajo su chaqueta para tocar su pecho desnudo.
cap 24

Se desnudaron, con una urgencia que les volvía torpes al quitar­se apresuradamente los zapatos embarrados y los empapados va­queros, al desprenderse dando botes de los calcetines húmedos, cho­cando con los muebles, y el uno con el otro. Ella tiritaba de frío para cuando él levantó las mantas y la arrastró consigo a la cama helada. Le ofreció el calor de su cuerpo para hacer desaparecer la piel de gallina, le frotó los brazos y los riñones, le chupeteó los contraídos pezones hasta devolverles la calidez. Finalmente, halló con dedos fe­briles los pliegues prietos de su entrepierna y los abrió convirtién­dolos en pétalos caldeados por el verano, hinchados por un rocío de bienvenida. Reivindicó cada rincón de su cuerpo con su tacto. Ella gimió con un sonido ahogado cuando la penetró.
—Te quiero tanto, mi dulce, dulce Annabelle —susurró, vol­cando en sus palabras todo lo que su corazón sentía.
Ella rió con el gozo de su invasión y le miró a los ojos.
—Y yo a ti.
cap 24

Era noche cerrada cuando Annabelle despertó. Se envolvió en un edredón, fue al salón y recuperó su móvil. Al cabo de unos se­gundos, le saltó el contestador de Dean.
—Ya sé que Heath ha perdido un poco la cabeza contigo, co­lega, y te pido disculpas en su nombre. El hombre está enamora­do, así que no ha podido evitarlo. Te prometo que lo primero que hará mañana por la mañana será llamarte y poner las cosas en su si­tio, de modo que ni se te ocurra hablar con IMG entretanto. Te lo digo en serio, Dean, si firmas con otro que no sea Heath no volve­ré a hablarte en la vida. Es más, le diré a todo Chicago que duermes con un póster gigante de ti mismo junto a la cama. Lo que proba­blemente sea cierto.
cap 24

—Tendrás que pagar por eso, no lo dudes.
—Qué más quisieras. —Apoyó el cuaderno en sus rodillas en­vueltas por el edredón y se regaló con la vista de Heath. Parecía un pirata malo contra la nívea funda de la almohada. La piel morena, el oscuro pelo alborotado y la barba de tres días de malhechor, que había irritado diversas partes sensibles de su cuerpo—. Muy bien amante, es hora de negociar.
Él se incorporó un poco sobre las almohadas y se fijó en la libreta.
—¿Es realmente necesario?
—¿Estás mal de la cabeza? ¿Crees que voy a casarme con la pitón sin un acuerdo prenupcial blindado?
Heath hurgó bajo las sábanas buscando sus piececitos fríos.
—Parece que no.
—De entrada… —Mientras él le calentaba los dedos de los pies frotándolos con su mano, ella empezó a escribir en la libreta— No habrá móviles, ni BlackBerrys, ni faxes, ni ningún otro tipo de dis­positivo electrónico que esté aún por inventar, en nuestra mesa a la hora de cenar.
cap 24

La sábana resbaló hasta media altura sobre el pecho de Heath, lo que la distrajo momentáneamente mientras él seguía hablando.
—Los desacuerdos sobre dinero son la principal causa de di­vorcio.
Ella agitó la mano de un lado a otro.
—Ningún problema en absoluto. Tu dinero es nuestro dinero. Mi dinero es mi dinero. —Se apresuró a escribirlo.
—Debería dejarte negociar a ti con Phoebe.
cap 24

—Príncipe todavía está enfadado por todos los teléfonos que me quedé cuando sólo tenía tres años —dijo a la grabadora—. Pero sólo era un bebé, y mamá los encontró casi todos y se los devolvió.
—No todos.
—¡Porque no me acuerdo de dónde los guardé! —exclamó ella, fulminándole con su mirada de diminuta quarterback—. Te lo he dicho como un millón de veces. —Pasando de él, volvió a concen­trarse en lo que estaba haciendo—. Éstas son las cosas que me gus­tan. Me gustan papá y mamá y Danny y la tía Phoebe y el tío Dan y mis primos y Príncipe cuando no habla de teléfonos y Belle y to­das las del club de lectura excepto Portia, porque no me dejó ir de­lante tirando las flores cuando se casó con Bodie porque se zurra­ron en Las Vegas.
Heath se echó a reír.
—Se «fugaron» a Las Vegas.
—Se fugaron —repitió—. Y Belle no quería que Portia fuera del club de lectura, pero la tía Phoebe ensistió porque decía que Portia necesitaba… —No se acordaba, y miró a Heath en busca de ayuda.
—Amistades femeninas no competitivas —dijo él, con una son­risa—. Y la tía Phoebe tenía razón, como de costumbre. Que es por lo que yo, en mi brillantez, convencí a la tía Phoebe para que se hi­ciera mentora de Portia.
Epílogo

Ella se hundió más en el gran sillón reclinable, cruzando los to­billos igual que él.
—Príncipe pagó un montón de dinero a Portia por el regalo de boda de Belle. Mami dijo que era un regalo estúpido, pero Belle di­jo que Príncipe no podía haberle dado nada que le hiciera más ilu­sión, y ahora Portia da consejos a Belle sobre cómo ser casamente­ra. —Se estrujó la frente—. ¿Qué era esa cosa que le diste de regalo de boda?
—La base de datos de la antigua empresa de Portia.
—Le tenías que haber regalado un perrito.
Epílogo

Y éstas son las cosas que no me gustan. —Lanzó a Heath otra mirada sombría—. No me gusta Trevor Granger Champion. Que es un pañal lleno de caca.
—Ya empezamos otra vez. —Heath apoyó sobre el hombro el fardo que acunaba entre los brazos.
Pip dejó la grabadora a un lado, maniobró para bajar del sillón reclinable, se encaramó al sofá al lado de Heath, y una vez allí con­templó con disgusto al bebé dormido.
—Trevor me ha dicho que no le gusta nada que lo lleves encima todo el rato. Dice que quiere… que le dejes… ¡en el… suelo!
Dado que Trevor sólo tenía seis meses, Heath dudaba mucho que hubiera desarrollado tanto sus habilidades lingüísticas, pero bajó el volumen de la tele y dedicó su atención a la niña celosa de cinco años.
—Creía que ya habíamos hablado de esto.
Epílogo

Finalmente, abrigaron a su hijo y salieron los tres a dar un paseo. Un hombre y su familia. Una hermosa tarde en Chicago. Los Sox camino del título.
—¿Por qué sonríes? —preguntó su mujer, sonriendo ella a su vez.
—Porque eres perfecta.
—No, no lo soy —dijo ella entre risas—. Pero soy perfecta pa­ra ti.
La Pitón no podía estar más de acuerdo.
Epílogo

 

 

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