Capítulo 1

 

Para la doctora Isabel Favor el orden era un valor muy preciado. Du­rante la semana llevaba trajes chaqueta de color negro y corte exquisito, con zapatos de piel y un collar de perlas rodeando su garganta. Los fines de semana, se decantaba por bonitos jerséis o blusas de seda, siempre de colores neutros. Un buen peinado y todo un surtido de caros cosméticos conseguían domar, por lo general, su cabello rubio, que mostraba una ten­dencia natural a reordenarse por su cuenta debido a sus rebeldes rizos.

No era una mujer hermosa, pero sus ojos castaño claro estaban ubicados de manera simétrica justo donde tenían que estar, y su frente guardaba una perfecta proporción con el resto del rostro. Sus labios eran tal vez de­masiado carnosos, por lo que solía disimular su turgencia con pintalabios claros, y también aplicaba maquillaje a su nariz para cubrir una mancha de pecas. Sus buenos hábitos alimentarios hacían que su piel se mantuviese rozagante y su figura delgada y sana; aunque a ella le habría gustado lucir unas caderas algo menos prominentes. En casi todos los aspectos era una mujer disciplinada, exceptuando la irregular uña del pulgar de su mano de­recha. Aunque ya no se la mordía hasta dejársela en carne viva, era marca­damente más corta que el resto. Mordisquearse esa uña era el único hábito que le quedaba de unos conflictos de infancia que no había llegado a su­perar por completo.

Cuando las luces del Empire State se encendieron al otro lado de las ventanas de su despacho, Isabel se apretó el pulgar en el puño para resis­tirse a la tentación.

Sobre su escritorio art déco se encontraba el periódico sensacionalista más leído de Manhattan, mostrando la noticia más destacada. Aquel ar­tículo la había perseguido todo el día, pero había estado demasiado ocu­pada para leerlo. Ahora era el momento de hacerlo.

LA DIVA ESTADOUNIDENSE DE LA AUTOAYUDA ES UNA PERSONA
DIFÍCIL, DOMINANTE Y EXIGENTE

La ex secretaria de la famosa conferenciante y autora de libros de autoayuda, la doctora Isabel Favor, afirma que su antigua jefa era una tirana. «Es una maníaca del control», declaró Teri Mitchell tras re­nunciar a su puesto de trabajo la semana pasada…

—No renunció —aclaró Isabel—. La despedí cuando descubrí un mensaje electrónico de una admiradora escrito dos meses atrás que ella ni siquiera se había molestado en abrir. —Se llevó el pulgar a la boca—. Y no soy una maníaca del control.

—¿A quién pretendes engañar? —Carlota Mendoza vació una pape­lera en la bolsa de basura de su carrito de limpieza—. También eres… ¿Qué otros calificativos ha utilizado… dominante y exigente? Sí, eso también.

—No lo soy. Limpia esas cosas de ahí arriba, ¿quieres?

—¿Acaso ves que haya traído la escalera? Y deja de morderte las uñas.

Isabel apartó el pulgar de la boca.

—Sigo unas reglas, eso es todo. La falta de amabilidad es un defecto. La tacañería, la envidia y la gula… también son defectos. Pero ¿acaso tengo yo alguno de ellos?

—Tienes una bolsa de chucherías guardada en el fondo del primer ca­jón, pero mi inglés no es demasiado bueno, así que a lo mejor no he entendido bien lo que significa gula.

—Muy graciosa. —Isabel no creía que comer pudiese aplacar su estrés, pero había tenido un día horrible, así que abrió el cajón de emergencia, sacó dos barras de Snickers y le tendió una a Carlota. Le dedicaría algo más de tiempo a sus cintas de yoga a la mañana siguiente.

Carlota se apoyó en su carrito para abrirla.

—Siento curiosidad por una cosa: ¿nunca llevas vaqueros?

Carlota suspiró.

—Vas a contármelo otra vez, ¿verdad? Lo de que te pagaste la univer­sidad limpiando casas.

—Y oficinas y restaurantes y fábricas. —Isabel limpió las filigranas con el dedo índice—. Trabajé de camarera, atendiendo mesas, durante el postrado. También lavé platos… Detestaba ese trabajo. Mientras escribía mi tesis, trabajé de mensajera para gente rica y perezosa.

—Como lo eres tú ahora, exceptuando lo de perezosa.

Isabel sonrió y se puso a limpiar la parte superior de un marco.

—Estoy intentando decirte algo. Trabajando duro y rezando uno pue­de lograr que sus sueños se hagan realidad.

—Si desease escuchar algo así, compraría una entrada para una de tus conferencias.

—Bueno, ahora te estoy transmitiendo mi sabiduría gratis.

—Qué suerte la mía. ¿Has acabado ya? Porque tengo que limpiar otras oficinas esta noche.

Isabel bajó del sofá, le devolvió el delantal y ordenó los productos de limpieza del carrito para que tuviese a mano los más necesarios.

—¿Por qué me has preguntado lo de los vaqueros?

—Sólo intentaba imaginármelo. —Carlota se acabó la barra Snicker—. Siempre vas demasiado elegante.

—Tengo que mantener una imagen. Escribí Las Cuatro Piedras Angu­lares de una vida favorable cuando sólo tenía veintiocho años. Si no hubie­se vestido de un modo conservador nadie me habría tomado en serio.

—¿Y ahora qué edad tienes? ¿Sesenta y dos? Ya es hora de que lleves vaqueros.

—Acabo de cumplir treinta y cuatro, y lo sabes.

—Vaqueros y una bonita blusa roja, una de esas ajustadas que te mar­quen bien las tetas. Y zapatos de tacón alto.

—Hablando de busconas, ¿te he contado lo de esas dos mujeres que hacían la calle y que ahora asisten a mi nuevo curso?

—Esas rameras volverán a ejercer su oficio la semana que viene. No sé por qué pierdes el tiempo con ellas.

—Porque me gustan. Se esfuerzan mucho. —Isabel volvió a sentarse en su silla, empeñada en encontrarle aspectos positivos a aquel humillante artículo del periódico—. Las Cuatro Piedras Angulares funcionan para todo el mundo, ya sean chicas de la calle o santas, y tengo miles de testi­monios que lo confirman.

Carlota resopló y encendió el aspirador, poniendo fin a la conversa­ción. Isabel lanzó el periódico a la bolsa de basura y miró hacia la hornacina iluminada en la pared de su derecha, donde se exhibía un magnífico jarrón Lalique de cristal grabado con los cuatro cuadrados entrelazados que for­maban el logotipo de Isabel Favor Enterprises. Cada uno de los cuadrados representaba una de las piedras angulares de una vida favorable:

Relaciones sanas

Orgullo profesional

Responsabilidad financiera

Dedicación espiritual

Sus detractores atacaban la idea de las Cuatro Piedras Angulares adu­ciendo que era demasiado simplista. En más de una ocasión la habían acusado de ser una engreída y una mojigata a partes iguales, pero ella nunca se había vanagloriado de lo que había conseguido. Y tampoco era una char­latana. Ella había puesto en pie una empresa, y también conducía su propia vida, aplicando esos principios, y le gratificaba saber que su trabajo marcaba un antes y un después en la vida de la gente. Tenía cuatro libros en su haber, y un quinto saldría a la venta en pocas semanas; además de una docena de cintas de audio; toda una gira de conferencias concertadas para el ano siguiente y una abultada cuenta bancaria. No estaba mal para tratarse de una tímida niñita crecida en un completo caos emocional.
Le echó un vistazo a su ordenado escritorio. También tenía un prometido, una boda que pensaba planificar durante todo un año y papeleo que despachar antes de poder irse a casa esa noche.

Se despidió de Carlota con un gesto cuando ésta se fue con su carrito. Después abrió un sobre de Hacienda que tendría que haber ido a parar a la mesa de Tom Reynolds, su contable y director financiero, pero éste ha­bía llamado el día anterior diciendo que estaba enfermo, y a ella no le gus­taba que creciesen las pilas de asuntos pendientes.

Nada de eso, sin embargo, significaba que fuese una persona de trato difícil, dominante o exigente.

Rasgó el sobre con un abrecartas con el logo de la empresa grabado. Los chicos de la prensa habían estado llamándola todo el día para conocer su opinión respecto a aquel horrible artículo, pero ella se había negado a hacer comentarios. Aun así, la publicidad negativa le iba a crear problemas. Había erigido su negocio sobre el respeto y el cariño que sentía por sus se­guidores, su principal motivo para esforzarse en llevar una vida ejemplar. Una imagen era algo frágil, y ese artículo iba a dañar la suya. La pregunta era: ¿hasta qué punto?

Extrajo la carta y empezó a leer. A mitad de la misma, buscó el teléfono. Justo cuando pensaba que aquel día no podía ser peor, le llegaba una nue­va vuelta de tuerca: Hacienda. Y parecía una broma de mal gusto: una mul­ta de un millón doscientos mil dólares por impago de impuestos. Ella era escrupulosamente honrada con sus impuestos, así que debía de tratarse de un error informático, lo cual no significaba que fuese a resultar sencillo so­lucionarlo. No le gustaba molestar a Tom cuando estaba enfermo, pero él tendría que atender aquel asunto de forma prioritaria a la mañana siguiente.

—Marilyn, soy Isabel. Tengo que hablar con Tom.

—¿Tom? —La voz de la mujer de su director financiero sonaba pastosa, como si hubiese estado bebiendo. Los padres de Isabel solían sonar así—. Tom no está aquí.

—Me alegro de que se encuentre mejor. ¿Cuándo crees que volverá? Me temo que tenemos una emergencia.

Marilyn se sorbió la nariz.

—Tendría que haberte llamado antes, pero… —Rompió a sollozar—. Pero… no podía…

—¿Qué sucede? Cuéntame.

—Se trata de Tom. Él… él… —Sus gemidos se encallaron en su garganta como si fuese un martillo neumático picando asfalto—. ¡Ha hu-hu-huido a Suramérica con mi-mi-mi hermana!

Con su hermana y, como Isabel descubriría menos de veinticuatro horas después, con todo el dinero de Isabel.

Michael Sheridan acompañó a Isabel mientras ésta tuvo que tratar con la policía, así como durante las largas y engorrosas reuniones con los fun­cionarios de Hacienda. No era, literalmente hablando, sólo su abogado sino el hombre al que amaba, y ella nunca se había sentido más agradecida de que formase parte de su vida. Pero ni siquiera su presencia resultó suficiente para evitar el desastre, pues a finales de mayo, dos meses después de recibir aquella desastrosa carta, sus peores temores se vieron confirmados.

—Voy a perderlo todo —dijo, y se frotó los ojos llorosos, reclinán­dose en el sillón Queen Anne del salón de su casa del Upper East Side. La habitación estaba recubierta con paneles de cerezo y alfombras orientales iluminadas por la suave luz de lámparas Frederick Cooper. Sabía que las posesiones terrenales eran pasajeras, pero no esperaba que fuesen tan pasaje­ras—. Tendré que vender esta casa… Mis muebles, mis joyas y todas mis antigüedades. —También tendría que desmantelar su fundación benéfica, que tanto bien había hecho a gente necesitada. Tendría que deshacerse de todo.

No le estaba diciendo a Michael nada que él no supiese ya, sólo intentaba hacerlo real para poder asimilarlo. Al ver que él no respondía, le miró con ternura.

—Has estado callado toda la noche. Te agoto con mis quejas, ¿verdad?

Él se apartó de la ventana desde la que estaba contemplando el parque.

—No eres una quejica, Isabel. Simplemente estás intentando reorien­tar tu vida.

—Amable como siempre. —Isabel le dedicó una triste sonrisa y enderezó uno de los cojines bordados del sofá.

Ella y Michael no vivían juntos —Isabel no creía en ello—, pero a veces deseaba que así fuese. Vivir separados implicaba el verse muy poco. En los últimos tiempos, apenas habían podido mantener su cena semanal de los sábados. Y en lo referente al sexo… Isabel no recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que uno de los dos había sentido deseos de hacerlo.

Desde el momento en que Isabel conoció a Michael Sheridan supo que era su alma gemela. Ambos habían crecido en el seno de familias disfun­cionales y habían trabajado duro para pagarse sus estudios. Él era inteli­gente y ambicioso, tan ordenado como ella e igualmente dedicado a su ca­rrera profesional. Él había sido el primero en escuchar las conferencias sobre las Cuatro Piedras Angulares mientras ella las perfeccionaba, y dos años atrás, cuando ella escribió el libro, él contribuyó en uno de los capí­tulos ofreciendo el punto de vista masculino. Los admiradores de Isabel estaban al corriente de su relación y no dejaban de preguntarle cuándo se casarían.

A Isabel también le reconfortaban sus discretas y amables miradas. Su cara era fina y delicada, y siempre llevaba el pelo castaño muy bien peinado, No llegaba al metro ochenta, así que no se alzaba sobre ella como una torre, algo que la habría hecho sentir incómoda. Además, era una perso­na razonable y lógica. Y, por encima de todo, contenida. Con Michael nunca había momentos de mal humor o de estallidos repentinos. Era fa­miliar y cariñoso, un tanto remilgado, en el mejor de los sentidos; perfecto para ella. Tenían pensado casarse el año anterior, pero ambos habían es­tado demasiado ocupados, y les iba tan bien viviendo separados que ella no había sentido la necesidad de precipitar el asunto. El matrimonio po­día convertirse en algo caótico, en lugar de algo agradable, incluso en aque­llos casos en que había buena base.

—Tengo el informe de ventas de mi nuevo libro. —Intentó controlar su amargura.

—Salió en un mal momento.

—Me he convertido en un chiste en el programa de Letterman. Mientras escribía sobre la piedra angular de la responsabilidad financiera, mi contable me estafaba. —Se sacó los zapatos y los empujó con el pie debajo de una silla para no tropezar con ellos.  

 

 

Si su editor hubiese detenido el lanzamiento del libro, podría haber evitado semejante humillación públi­ca. Su anterior libro había permanecido dieciséis semanas en la lista de los más vendidos del New York Times, pero éste pasaría directamente a las es­tanterías de las librerías porque nadie querría leerlo—. Habré vendido unos… ¿Cuántos, cien ejemplares?

—No está tan mal.

Pero sí lo estaba. Su editor había dejado de devolverle las llamadas, y la venta de entradas para su gira de conferencias de verano iba tan mal que se había visto forzada a cancelarla. No sólo había tenido que entregar sus posesiones materiales a Hacienda, también había perdido una reputación que le había costado muchos años conseguir.

Respiró hondo para evitar el pánico que amenazaba con superarla, e intentó centrarse en los aspectos positivos. Muy pronto dispondría de todo el tiempo del mundo para planificar su boda. Pero ¿cómo podría casarse con Michael sabiendo que él tendría que mantenerla hasta que lograra va­lerse por sí misma otra vez? Si es que lo conseguía…

Pero ella creía de verdad en los principios de las Cuatro Piedras Angu­lares, y no permitiría que los pensamientos negativos la paralizasen. Era un tema que tenían que discutir.

—Michael, sé que es tarde y que estás cansado, pero tenemos que ha­blar de la boda.

Él había estado sometido a un enorme estrés en el trabajo, y los pro­blemas de Isabel no le habían ayudado demasiado. Ella intentó tocarlo, pero él dio un paso atrás.

—Ahora no, Isabel.

Isabel se recordó que ellos no eran de esas parejas que acostumbran tocarse, e intentó que aquel rechazo no le afectase, en particular habida cuenta de que era muy tarde.

—Quiero que tu vida sea más sencilla, no más dura —dijo—. Últimamente no has dicho nada acerca de la boda, pero sé que estás un poco mo­lesto conmigo por no haber fijado una fecha. Ahora estoy en bancarrota, y la cuestión es que me cuesta mucho aceptar la idea de que alguien me mantenga. Incluso tú.

—Isabel, por favor…

—Sé que vas a decirme que eso no supone ninguna diferencia, que tu dinero es mi dinero, pero para mí sí resulta diferente. Me valgo por mí misma desde los dieciocho, y…

—Basta, Isabel.

Nunca antes había alzado la voz, pero ella se había lanzado como una locomotora, así que no le culpó. La firmeza de Isabel denotaba tanto su fuerza como su debilidad.

Michael se volvió hacia la ventana.

—He conocido a alguien —dijo.

—¿En serio? ¿De quién se trata?

La mayoría de amigos de Michael eran abogados, gente estupenda pero algo aburrida. Sin duda sería agradable añadir alguien nuevo en su círculo de amistades.

—Se llama Erin.

—¿La conozco?

—No. Es mayor que yo, tiene cerca de cuarenta. —Se volvió hacia ella—. Dios, es un desastre. Está un poco rellenita y vive en una especie de manicomio. No le preocupan el maquillaje o la ropa, y nunca lleva nada conjuntado. Ni siquiera tiene un título universitario.

—¿Y qué? No somos unos esnobs. —Isabel cogió la copa de vino que Michael había dejado sobre la mesita de café y la llevó a la cocina—. Aunque a veces podemos ser un poco estirados.

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