Prólogo

FANCY PANTS

Susan Elizabeth Phillips

Prólogo

—Chupa tintas —murmuró Francesca Serritella mientras las luces de los flashes relampagueaban en su cara. Agachó la cabeza y se refugió en el cuello levantado de su abrigo de piel, deseando que fuera de día para poder llevar sus gafas oscuras.
—Esa no es una opinión políticamente correcta, querida —dijo el Príncipe Stefan Marko Brancuzi mientras la tomaba del brazo y la guíaba a través de la multitud de paparazzis que estaban apostados en el interior del vestíbulo del Ciudad de Nueva York- Costa Vasca para fotografiar a las celebridades que como ellos salían de la fiesta.
Stefan Brancuzi era el monarca de un diminuto principado , Balkan, que estaba reemplazando rápidamente a Mónaco como el nuevo paraíso fiscal para la gente que evitaba pagar los elevados impuestos de sus países de origen. Pero no era a él a quién seguían las cámaras.
Era la hermosa inglesa que iba a su lado la que había atraído su atención, a quién seguía el público americano.
Mientras Stefan la llevaba hacia la limusina, Francesca levantó la mano enguantada en un gesto inútil que no hizo nada para parar la lluvia de preguntas que se lanzaron en su dirección… preguntas sobre su trabajo, su relación con Stefan, y sobre su amistad con la estrella de la exitosa serie televisiva, “China Colt.”
Finalmente, Stefan y ella se sentaron en los asientos de cuero y la limusina echó a andar en el tráfico nocturno de la calle cincuenta y cinco este.
—Este circo mediático ha sucedido a causa de este abrigo —gimió ella —la prensa casi nunca te molesta. Es a mí. Si hubiera llevado mi viejo impermeable, hubiéramos salido sin ningún alboroto.
Stefan la miró divertido. Ella frunció el entrecejo de manera reprobatoria.
— Esto nos enseña una lección importante, Stefan.
—¿Cual, querida?
—Ante el hambre en el mundo, las mujeres que llevan martas cibelinas merecen ser perseguidas.
El se rió.
—Te habrían perseguido de todas formas. Te he visto parar el tráfico llevando un chándal sudado.
—No lo puedo evitar —contestó ella sombríamente —está en mi sangre. La maldición de los Serritella.
—En serio, Francesca, nunca he conocido a una mujer que odie tanto ser hermosa.
Ella murmuró algo que él no pudo oír, lo cual seguramente fuera lo mejor, y metió sus manos en los profundos bolsillos del abrigo, inmune, como siempre, a cualquier referencia a su hermoso aspecto físico.
Tras una larga pausa, ella rompió el silencio.
—Desde el día que nací, mi cara no me ha traído más que problemas.
Por no mencionar ese maravilloso cuerpecito tuyo, pensó Stefan, pero se contuvo sabiamente de decirlo. Mientras Francesca miraba distraídamente por la ventana, él aprovechó su distracción para estudiar el increíble envoltorio que había cautivado a tantas personas.
Todavía recordaba las palabras de un conocido periodista del mundillo de la moda que, determinado a evitar todos los clichés sobre Vivien Leigh que le habían aplicado a Francesca con el paso de los años, había escrito, “Francesca Day, con el pelo castaño, cara ovalada, y etéreos ojos verdes, se parece a una princesa que pasa sus tardes tejiendo hilos de oro en los jardines de su castillo de cuento de hadas.”
Privadamente, el periodista había sido menos imaginativo. “Sé en mi corazón que Francesca Day jamás se sienta en la taza del váter…”
Stefan hizo gestos hacia la barra de nogal y latón instalada discretamente en el lateral de la limusina.
—¿Quieres beber algo?
—No, Gracias. No creo que pueda tolerar más alcohol.
No había estado durmiendo bien y su acento inglés era más pronunciado que nunca. Su abrigo se abrió y ella miró su vestido bordado con pedrería de Armani.
Vestido de Armani. . . Pieles de Fendi. Zapatos de Mario Valentino. Cerró los ojos, recordando de repente un tiempo no tan lejano, una soleada tarde de otoño cuando caminaba por una carretera de Texas llevando unos tejanos sucios con veinticinco centavos en el bolsillo trasero. Ese día había sido el principio. El principio y el fin.
La limusina giró al sur en la Quinta Avenida, y sus recuerdos retrocedieron, a los años de su niñez en Inglaterra, antes de que supiera que existía un lugar llamado Texas. Había sido un pequeño monstruo, mimada y protegida, con su madre Chloe llevándola de un país europeo a otro, de una fiesta a la siguiente.
De niña ya había sido perfectamente arrogante, tan segura que la famosa belleza Serritella pondría el mundo a sus pies, que no se había preocupado de nada más. La pequeña Francesca… una criatura vana e irreflexiva, totalmente indefensa para lo qué la vida le depararía.
Tenía veintiún años ese día de 1976, cuando caminaba por el arcén de una polvorienta carretera tejana. Veintiún años, soltera, sola, y embarazada.
Ahora tenía casi treinta y dos, y aunque poseía todo lo que había soñado tener, se sentía como si fuera ahora y estuviera en esa bochornosa tarde otoñal. Cerró los ojos con fuerza, intentando imaginar que hubiera pasado si no hubiera salido de Inglaterra. América la había cambiado tanto, que apenas se reconocía.
Sonrió. Cuándo Emma Lazarus escribió el poema de las masas apiñadas que anhelan respirar aire puro, ciertamente no podría haber estado pensando en la llegada de una inglesa, joven y egoísta a este país, llevando un suéter de cachemir y una maleta de Louis Vuitton. Pero las niñas ricas también podían soñar, y el sueño americano resultó demasiado grande para abarcarlo con sus pequeñas manos.
Stefan sabía que algo molestaba a Francesca. Había estado inusualmente calmada toda tarde, algo raro en ella. Había planeado pedirle que se casara con él esta noche, pero estaba empezando a pensar que tal vez sería mejor dejarlo para otro día.
Francesca era diferente de las otras mujeres y él sabía que nunca podría predecir cómo reaccionaría a nada. Sospechaba que las docenas de hombres que habían estado enamorados de ella habían experimentado algo similar.
Si el rumor tenía algo de cierto, la primera conquista importante de Francesca había ocurrido a la edad de nueve años en el yate Christina cuando había golpeado a Aristóteles Onassis.
Rumores. . . Había tantos rodeando a Francesca, que la mayoría no podían ser verdad. . . Excepto, sobre la clase de vida que había llevado, Stefan pensaba que quizás eso sí fuera cierto. Casualmente ella le confesó una vez que Winston Churchill la había enseñado a jugar al gin rummy, y todos sabían que el Príncipe de Gales la había cortejado.
Una tarde, no mucho después de conocerse, habían estado tomando champán y cambiando anécdotas acerca de su niñez.
—La mayoría de los bebés son concebidos en el amor —le había informado —pero yo fui concebida en una pasarela de desfiles de la sección de pieles en Harrods.
Stefan sonrió mientras la limusina pasaba delante de Cartier. Una historia divertida, pero no creía una palabra.

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