Antología

 
Toscana Para Dos

—Voy a perderlo todo —dijo Isabel, y se frotó los ojos llorosos, reclinándose en el sillón Queen Anne del salón de su casa del Upper East Side. La habitación estaba recubierta con paneles de cerezo y alfombras orientales iluminadas por la suave luz de lámparas Frederick Cooper. Sabía que las posesiones terrenales eran pasajeras, pero no esperaba que fuesen tan pasajeras—. Tendré que vender esta casa… Mis muebles, mis joyas y todas mis antigüedades. —También tendría que desmantelar su fundación benéfica, que tanto bien había hecho a gente necesitada. Tendría que deshacerse de todo.

Del Cap. 1 de ”Toscana para dos”

—Tengo el informe de ventas de mi nuevo libro. —Intentó controlar su amargura.

—Salió en un mal momento.

—Me he convertido en un chiste en el programa de Letterman. Mientras escribía sobre la piedra angular de la responsabilidad financiera, mi contable me estafaba. —Se sacó los zapatos y los empujó con el pie debajo de una silla para no tropezar con ellos. Si su editor hubiese detenido el lanzamiento del libro, podría haber evitado semejante humillación pública. Su anterior libro había permanecido dieciséis semanas en la lista de los más vendidos del New York Times, pero éste pasaría directamente a las estanterías de las librerías porque nadie querría leerlo—. Habré vendido unos… ¿Cuántos, cien ejemplares?

—No está tan mal.

Del Cap. 1 de “Toscana para dos”

Las implicaciones eran demasiado dolorosas como para tenerlas en cuenta, así que observó las estatuas al otro lado de la piazza, las copias de El rapto de las Sabinas, el Perseo de Cellini y el David de Miguel Ángel. Después sus ojos se posaron en el hombre más increíble que había visto jamás, sentado tres mesas más allá. Era un retrato de decadencia italiana enfundado en una arrugada camisa de seda negra con una oscura sombra de barba en su mandíbula, el pelo largo y unos ojos sensuales. Dos largos y elegantes dedos rodeaban la copa de vino que pendía indolente de su mano. Parecía un hombre rico, arruinado y aburrido: Marcello Mastroianni sin su cara de comediante y esculpido como la belleza masculina perfecta propia de un nuevo milenio presidido por la avaricia. Había algo vagamente familiar en él. Su cara podría haber sido pintada por uno de los maestros del Renacimiento, Miguel Ángel, Botticelli, Rafael. Tal vez por eso tenía la sensación de haberlo visto antes.

Se dispuso a estudiarlo con detenimiento, sólo para comprobar que él también la estudiaba…

Del Cap.2 de “Toscana para dos”

Él la miró fijamente a los ojos y, de forma intencionada, se tocó la comisura de los labios con un dedo. Algo cálido creció en el interior de Isabel, como una capa de hojaldre cociéndose. Observó, fascinada, cómo su nudillo se deslizaba hacia la ligera depresión de su labio superior. El gesto era tan descaradamente sexual que ella debería haberse sentido ofendida. En lugar de eso, bebió otro sorbo de vino y esperó a ver qué sucedía.

Cap.3 de “Toscana para dos”

Él se puso en pie, cogió las gafas de sol y se acercó a ella. Las dos mujeres italianas sentadas a la mesa de al lado dejaron de hablar para mirarle. Una de ellas descruzó las piernas. La otra se removió en la silla. Eran jóvenes y hermosas, pero aquel ángel caído renacentista iba como una flecha hacia Isabel.

—Signora? —Hizo un ademán hacia la silla vacía al otro lado de la mesa—. Posso farti

compagnia?

Ella asintió a pesar de que su cerebro le había ordenado responder que no. Él se sentó en la silla, seductor como una sábana negra de raso.

Cap.3 de “Toscana para dos”

Vaya… Una parte de su mente le ordenó que se pusiese en pie y se largase. La otra le dijo que no tuviese tanta prisa. Llevó a cabo una rápida comprobación para descubrir si había algún detalle que indicase que era americana, pero Europa estaba repleta de mujeres rubias, y muchas, al igual que ella, se hacían mechas en el pelo. Vestía de negro, como él: finos pantalones y un elegante jersey sin mangas y con cuello de cisne. Sus cómodos zapatos eran italianos. La única joya que llevaba era un fino brazalete de oro con la palabra «respira» grabada en el interior, para recordarse que tenía que mantenerse centrada. No había estado comiendo, así que él no sabía si se pasaba el tenedor de la mano izquierda a la derecha tal como hacían los americanos después de cortar la comida.

Cap. 3 de “Toscana para dos”

Él le tocó la mano y ella bajó la vista, pero no la retiró. Por el contrario, bebió otro sorbo de su copa. Él empezó a jugar con sus dedos, dándole a entender que se trataba de algo más que un flirteo casual. Era seducción, y el hecho de que fuese algo calculado la preocupó durante unos segundos. Estaba demasiado desmoralizada para sutilezas.

«Mantén bello tu cuerpo —indicaba la Piedra Angular de la Dedicación Espiritual—. Eres un tesoro, la mayor creación de Dios…» Ella lo creía a pies juntillas, pero Michael había hecho añicos su alma, y ese ángel llamado Dante era una oscura promesa de redención, así que le sonrió y no movió la mano

Cap. 3 de “Toscana para dos”

 

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