Capítulo 1

1

Kenny Traveler era perezoso. Eso explicaba que se quedara dormido en la sala Ambassador de la TWA del aeropuerto Dallas-Fort Worth, en lugar de ir a esperar el vuelo 2193 de British Airways.
Pereza, y que no quería esperar el vuelo 2193.
Desafortunadamente, la entrada de unos ruidosos hombres de negocios le despertó. Se desperezó lentamente mientras bostezaba. Una atractiva mujer vestida con un sobrio traje gris le sonrió, y le devolvió la sonrisa. Miró su reloj de pulsera y vio que llegaba media hora tarde. Bostezó otra vez. Y se estiró.
—Perdona —dijo la mujer —. Yo, lamento molestarte, pero. . . Tu cara me resulta familiar. ¿Eres…?
—Sí, señora soy yo… —inclinó su sombrero vaquero y le dedicó una sonrisa abierta aunque todavía con un pequeño bostezo —. Y me halaga que me haya reconocido fuera del anillo del rodeo. La mayoría de la gente no me reconoce.
Ella pareció confundida.
—¿Rodeo? Lo siento. Pensaba que eras… te pareces muchísimo a Kenny Traveler, eres prácticamente el doble del golfista profesional.
—¿Golfista? ¿Yo? Ah, no, señora. Soy demasiado joven para jugar un deporte de viejos, como el golf. Me gustan los deportes de acción.
—Pero…
—El rodeo sí que es un verdadero deporte. El fútbol americano, también, y el baloncesto.
Lentamente, levantó su metro ochenta y tres de la silla.
—Con el tenis, tengo mis dudas. En cuanto al golf, no es algo que impresione a un hombre de verdad.
La del traje gris no era tonta, y sonrió.
—Todavía recuerdo cuando te vi ganar el EN&T y el Buick Invitantes en la televisión este invierno. Juro que pensé que Tiger iba a ponerse a llorar en ese partido en Torrey Pines.
Su sonrisa se desvaneció.
—Aún no puedo creer que ese miembro de la comisión…
—Señora, le agradecería, que no nombre al Anticristo delante de mí.
—Lo siento. ¿Cuánto crees que estarás suspendido?
Kenny echó otro vistazo a su Rolex de oro.
—Eso depende de lo que tarde en llegar a la terminal de British Airways.
—¿Perdón?
—Ha sido un placer hablar con usted, señora.
Inclinó su Stetson y salió de la sala.
Una de sus ex-novias había descrito la forma de andar de Kenny como lo más alejado de andar deprisa. Pero Kenny siempre trataba de ahorrar energía para el campo de golf. Le gustaba hacer las cosas lentamente y con tranquilidad, aunque últimamente estaba siendo duro.
Mientras caminaba, pasó delante de un quiosco de prensa, negándose a mirar los periódicos que llevaban la historia de su reciente suspensión por medio del Comisionado de la PGA, Dallas Fremont Beaudine, una suspensión que llegaba en medio de una increíble racha de juego y triunfos e iba a impedirle jugar el Masters que empezaba en menos de dos semanas.
-Hola, Kenny.
Saludó con la cabeza hacia un hombre trajeado, que tenía el aspecto ansioso de la gente cuando ve una cara famosa. El hombre era un norteño porque dijo su nombre correctamente, en lugar del “Kinny” que decía la gente como Dios manda.
Siguió caminando mirando de reojo al hombre por si le detenía para hablarle de su último triunfo en Bay Hill el mes pasado. Una mujer con una gran melena y pantalones ajustados le lanzó varias miraditas, no parecía una aficionada al golf, de modo que Kenny supuso que era su atractivo lo que la atraía.
Otra ex novia había dicho que si Hollywood hacía una película de la vida de Kenny, el único actor lo bastante guapo para hacerla era Pierce Brosnan. Eso había hecho que Kenny se subiera por las paredes. No porque ella le hiciera de menos, pensaba que el tipo era guapo, pero no su elección de cuerpo.
Le dijo entonces que para que Pierce Brosnan hiciera de él, tendría que deshacerse primero de ese remilgado acento extranjero, y comer suficientes filetes con patatas para que no le derribara una brisa de Texas. Pero sobre todo, tendrían que darle clases al viejo Pierce para enseñarle a mover un palo de golf.
Y por supuesto, aprender su andar pausado.
Se detuvo a descansar ante un puesto de frutos secos y caramelos, y se compró algunas Jelly Bellys, coqueteando lo justo con el bombón mejicano que trabajaba allí para convencerla de que echara todos los de plátano. Le gustaban las gominolas bien mezcladas, pero requería tanto esfuerzo escogerlas que siempre trataba de convencer a alguien para hacerlo. Si no era así, se las comía y punto.
La puerta de British Airways estaba vacía, así que se apoyó contra una de las columnas, sacó un puñado de gominolas del bolsillo, y se las metió en la boca mientras pensaba cuánto le gustaría retorcer el cuello de cierta Francesca Serritella Day Beaudine, la célebre esposa del Anticristo, el Comisionado de la PGA, una mujer que pensaba era su amiga.
—Simplemente hazme este pequeño favor, Kenny —había dicho ella —. Si te encargas de Emma las dos próximas semanas, te garantizo que hablaré con Dallie para reducir tu suspensión. Sé que añorarás el Masters, pero…
—Y dime, ¿cómo podrías hacer algo?
—Nunca cuestiones mis métodos en lo que se refiere a tratar con mi marido.
No lo hizo. Todo el mundo sabía que Francesca no tenía más que mirar a Dallie Beaudine para conmoverlo, aunque ya llevaban casados doce años.
El agudo chillido de un niño, seguido por una alegre voz con acento inglés, le distrajo.
—Deja el pelo de tu hermana, Reggie, o me enfadaré contigo. Y no hay necesidad de llorar, Penny. Si no le hubieras lamido, él no te habría pegado.
Se giró, y sonrió abiertamente cuando vio a una mujer volver la esquina con dos niños pequeños. Lo primero que le llamó la atención fue el sombrero, un pequeño y alegre sombrero de paja, de ala respingona, con un pequeño racimo de cerezas en el centro. Llevaba una falda de vuelo verde clarito con dibujos de rosas y una blusa suelta rosada, completaba el atuendo unos pequeños zapatos rosas.
En una mano llevaba agarrado a un jovencito, junto con un bolso del tamaño de Montana. Con la otra mano, sujetaba a una niñita de aspecto enfadado, un paraguas decorado con más flores, y una mochila rosa frambuesa hinchada con periódicos, libros, y otro colorido paraguas. Los rizos color caramelo sobresalían por todas partes bajo el sombrero, y parecía no importarle que no quedara nada de maquillaje en su rostro.
Lo cual estaba bien, pensó Kenny, aun sin lápiz de labios, tenía la boca más sexy que hubiera visto nunca. Ancha, con un labio inferior gordito, y un labio superior con un arco bien definido en el centro. A pesar de su ropa frívola, su mandíbula era firme. Era de huesos finos, y las mejillas parecían de una muñeca de porcelana. La nariz era un poco estrecha, pero no lo suficiente como para hacerle perder interés, porque también tenía unos asombrosos ojos dorados rodeados de espesas pestañas.
Mentalmente la imaginó con un top apretado, una minifalda, y un par de tacones de aguja, y añadió unas medias negras de rejilla. Él nunca había pagado por sexo, pero decidió que sería feliz de darle un pequeño suplemento si decidía que necesitaba ganar un dinero extra para las ortodoncias de sus hijos.
Para su sorpresa, ella le miró.
—¿Sr. Traveler?
La fantasía era una cosa, la realidad otra, y cuando la miró fijamente junto con los ruidosos niños, tuvo una sensación de vacío en el estómago. Ella parecía esperarlo, lo que indicaba que sólo podía ser Lady Emma Wells-Finch, a quién tenía que escoltar las próximas dos semanas. Pero Francesca no había mencionado nada acerca de unos niños.
Demasiado tarde comprendió que había asentido con la cabeza de manera automática, en lugar de dirigirse directamente hacía su coche. Pero no podía hacerlo porque, más que nada, necesitaba volver al circuito.
—¡Espléndido!
Sonriendo, siguió caminando con brío, en un remolino de faldas, niños y paraguas, con los periódicos y revistas ondeando con la brisa, igual que su pelo color sirope.
Simplemente mirarla, ya le cansaba.
Ella soltó a la niñita, agarró la mano de Kenny, y comenzó a apretársela. Para ser una mujer pequeña, tenía bastante fuerza.
—Encantada de conocerle, Sr. Traveler —las cerezas del sombrero oscilaron arriba y abajo—. Soy Emma Wells-Finch.
El niño echó para atrás su zapatilla y, antes de que Kenny pudiera moverse le dio una fuerte patada en la espinilla.
—¡Tú no me gustas!
Kenny miró al niño, pensando en darle un azote, pero a quién de verdad quería darle una zurra era a Francesca, después de decirle lo que pensaba de las sucias chantajistas.
Lady Emma miró al niño, pero en lugar de reprenderle como merecía, frunció el ceño.
—Reggie, cariño, sácate el dedo de la nariz. ¿No ves que es feo? Y pídele perdón al Sr. Traveler.
El niño se limpió el dedo en los pantalones de Kenny.
Kenny se preparaba para dar un cachete al pequeño mocoso cuando una mujer de aspecto acalorado llegó corriendo.
—Gracias, querida Emma por cuidarlos. ¿Reggie, Penélope, os habéis portado bien con la señorita Wells-Finch?
—Han sido unos ángeles —contestó lady Emma, con un tono tan sincero que Kenny casi se ahoga con una gominola de manzana agria que tenía en la boca.
Lady Emma terminó golpeándole la espalda. Lamentablemente, golpeaba tan fuerte como apretaba manos, y él juró por Dios que sintió una grieta en una costilla. Cuando recuperó el aliento, los Malditos Niños habían desaparecido, junto con su madre.
—Bueno… —Lady Emma le sonrió—. Aquí estamos.
Kenny se sintió mareado. En parte por su posible fisura en la costilla, pero lo peor era obligar a su mente a conectar lo que conocía de la alta sociedad británica y una cara que debería tener una flecha de neón anunciando peligro.
Mientras Kenny se recobraba, Emma hizo una valoración de él. Como directora de St. Gertrude School para Chicas en los últimos dos años, además de maestra, también había sido estudiante desde los seis años, y se había acostumbrado a clasificar a las personas rápidamente. Sólo le llevó un momento decidir que este vaquero Típico Norteamericano era exactamente lo que necesitaba, un hombre con buena apariencia y poco carácter.
Llevaba un sombrero tejano pegado a la cabeza, del cual asomaba un pelo negro rizado. Su camiseta azul marino, con un logotipo de Cadillac, exhibía unos pectorales más que respetables, y los pantalones vaqueros descoloridos moldeaban unas caderas estrechas y las piernas delgadas y musculosas.
Miró las botas camperas cosidas a mano. Estaban domadas por el uso, pero no le asombró que parecieran venir de pisar estiércol. Nariz fina, pómulos fuertes, una boca bien estructurada, y dientes blancos. Y sus ojos. Violetas como un Jacinto silvestre. Era una vergüenza que un hombre tuviera unos ojos así.
Su inspección superficial también le dijo todo lo que necesitaba saber de su carácter. Indolencia en su manera de andar con los hombros caídos, arrogancia en el ángulo de su cabeza, y un parpadeo de algo inequívocamente carnal en esos ojos violetas semicerrados.
Ella reprimió un escalofrío.
—Está algo despistado, ¿no Sr. Traveler? Llega un poco tarde. Espero que nadie haya cogido mi equipaje.
Ella extendió la bolsa grande para él, golpeándole en el pecho. Cayó al suelo el The Times, junto con la nueva biografía de Sam Houston que estaba leyendo, y una de las tabletas de chocolate que sus caderas no necesitaban, pero disfrutaba de todos modos.
Ella se agachó para recogerlo, justo cuando él daba un paso adelante. Su sombrero de paja golpeó su rodilla, uniéndose a todo el montón en el suelo.
Rápidamente ella lo colocó de nuevo sobre sus revoltosos rizos.
—Lo siento.
Normalmente no era torpe, pero últimamente estaba distraída por sus problemas con su mejor amiga, Penelope Briggs, quien le había dicho que estaba en peligro inminente de convertirse en una de esas “queridas solteronas” tan apreciadas por los escritores británicos de misterio.
La idea de convertirse en una “querida solterona” cuando apenas tenía treinta años la deprimía insoportablemente, de modo que mejor no pensar en ello. Además, si todos sus planes fructificaban, esa preocupación desaparecería.
Él no ayudaba a llevar sus cosas, tampoco se ofrecía a coger su bolso cuando veía que ella estaba cargada, pero, ¿cuánta iniciativa podía una esperar de un hombre que había nacido tan guapo?
—Entonces deje de estar despistado.
Ella señaló la dirección apropiada con su paraguas enrollado.
Casi había alcanzado el fin del área de la salida cuando se percató que él no la seguía. Miró para atrás para ver cuál era el problema.
Él miraba fijamente su paraguas extendido. Era un paraguas normal, y no entendía por qué le fascinaba tanto. Tal vez era más tonto de lo que había pensado.
—Tú. . . Eh, uh. . . ¿Siempre señalas así la dirección? —preguntó él.
Ella bajó la mirada hacía su paraguas floreado y se preguntó de qué demonios hablaba.
—Tenemos que recoger mi equipaje —explicó ella pacientemente, agarrando el asa de su bolso para dar más énfasis.
—Lo sé.
—Pues bien, ¿entonces?
Él la miró con un brillo sospechoso en los ojos.
—De acuerdo.
Cuando él comenzó a moverse, ella se puso en camino. Su falda se arremolinaba alrededor de sus piernas, y un mechón rebelde le acariciaba la mejilla. Probablemente debería haberse arreglado un poquito antes de salir del avión, pero había estado tan ocupada entreteniendo a los niños que no había pensado en ello.
—Sr. Traveler, se me ocurre. . . —y se percató que hablaba sola.
Se detuvo, miró hacia atrás, y le vio tranquilamente de pie frente al escaparate de una tienda de recuerdos. Le esperó pacientemente mientras golpeaba ligeramente el suelo con el pie, esperando que se uniera a ella.
Él continuó mirando el escaparate.
Con un suspiro, caminó para unirse a él.
—¿Sucede algo?
—¿Qué?
—Tengo que recoger mi equipaje.
Él miró hacia arriba.
—Miraba los llaveros.
—¿Va a comprarse uno?
—Tal vez.
Ella esperó.
Él se movió furtivamente seis centímetros a la izquierda para obtener una mejor vista.
—Sr. Traveler, tenemos que seguir.
—Mire, tengo este llavero de Gucci que una amiga me regaló hace años. Pero nunca me ha gustado llevar algo con las iniciales de otra gente.
—¿Y tiene ese llavero desde hace años?
—Sí, señora.
Ella recordó un sermón que había oído sobre como Dios compensa a los seres humanos que nacieron impedidos en un área, entregándoles una donación en otra. Por ejemplo, alguien que había nacido con una apariencia excepcional, podría ser estúpido. Sintió una punzada de compasión, junto con un sentimiento de alivio. Este hecho simplificaba las siguientes dos semanas.
—Muy bien. Espero.
Él continuó estudiando el escaparate.
Sus brazos comenzaban a dolerle del peso de los bolsos. Finalmente extendió su bolsa grande.
—¿Le importaría ayudarme con esto?
Él lo evaluó dudosamente.
—Parece pesado.
—Sí. Lo es.
Él inclinó la cabeza vagamente, luego devolvió su atención a los llaveros.
Ella se cambió la bolsa de brazo. Finalmente, lo intentó por otro lado.
—¿Quiere una ayuda?
—Oh, puedo pagarlo yo.
—No quiero decir eso. ¿Le gustaría que le ayude a elegir?
—No soy de esas personas que dejan que les escojan los llaveros.
Sus hombros empezaban a dolerle una barbaridad.
—Sr. Traveler, tenemos que irnos ahora. ¿Podría comprarse el llavero otro día?
—Supongo que sí, aunque el surtido no sería tan amplio.
Su paciencia llegó al límite.
—¡Muy bien, de acuerdo! Elija ese del cowboy.
—¿Sí? ¿Le gusta?
Ella se esforzó en relajar la mandíbula.
—Me encanta.
—El del cowboy entonces.
Contento, él entró en la tienda, hizo una pausa en el camino para mirar unos paños de cocina, y se paró para hablar con la atractiva chica del mostrador. Finalmente, salió con un paquete pequeño, que inmediatamente depositó en sus dedos agarrotados.
—Aquí tiene.
—¿Qué es esto?
Él parecía exasperado.
—El llavero. Dijo que le encantaba el del cowboy.
—¡El llavero era para usted!
—¿Por qué querría un llavero de cowboy cuándo tengo un elegante Gucci para mis llaves?
Él empezó a caminar por el pasillo, y juraria que le oyó silbar “Hail Britannia”.

Veinte minutos más tarde, estaban en el estacionamiento y Emma clavaba los ojos en su coche con súbita desilusión. Era un automóvil americano de lujo, un Cadillac Eldorado modelo retro, color champán.
—Yo… posiblemente no puedo permitirme esto.
Él abrió el maletero con un golpecito de muñeca.
—¿Perdón?
Emma había hecho un excelente trabajo manejando las finanzas del St. Gert, pero no así con las suyas propias. Los edificios viejos eran caros de mantener, nunca había suficiente dinero, y cuándo la escuela necesitaba desesperadamente equipo para el laboratorio o una fotocopiadora nueva, Emma había desarrollado el hábito de zambullirse en sus bolsillos. Como consecuencia, su presupuesto era escaso.
De repente se sintió avergonzada.
—Yo…me temo que ha habido un error, Sr. Traveler. Tengo un presupuesto limitado. Cuando le dije a Francesca que sólo podría permitirme el lujo de pagar cincuenta dólares al día, indicó que eso cubriría sus servicios. Pero posiblemente no sea suficiente para el uso de un coche como éste.
—¿Cincuenta dólares al día?
Ella quiso creer que su insistente malestar era el Jet Lag causado por el viaje, pero siempre había sido una buena viajera, y sospechaba que su dolor de cabeza venía de la frustración. Comunicarse con este primoroso tonto era más difícil que tratar con sus estudiantes más torpes. No sólo se movía como un caracol, sino que no parecía entender ninguna de sus instrucciones. Aun después del incidente con el llavero, había requerido toda su pericia llevarlo a buscar el equipaje.
—Esto es realmente embarazoso. Pensé que Francesca habría discutido todo esto con usted. ¿Espera más de cincuenta dólares?
Él levantó sus dos pesadas bolsas con un sorprendente poco esfuerzo, considerando que, sólo unos momentos antes, había actuado como si llevar esas mismas bolsas planteara una seria amenaza para su cuerpo. Otra vez, sus ojos se desviaron hacía los músculos bien desarrollados que su camiseta encubría. Una persona tiene que expender energía para construir músculos como esos, ¿no?
—Sospecho que depende de lo que cubran esos cincuenta, además de conducir.
Él tomó su bolsa grande y la lanzó al lado de la otra. Luego sopesó su bolso de mano.
—Estoy asombrado que las compañías aéreas permitan llevar esto cómo equipaje de mano. ¿Lo quieres también en el maletero?
—No, gracias.
Su dolor de cabeza había viajado de las sienes hacía la nuca.
—Quizá deberíamos regresar a la terminal donde podemos sentarnos y discutir todo esto.
—Demasiado lejos para caminar.
Él se cruzó de brazos y se apoyó en el maletero.
Mientras pensaba qué decirle, contempló el brillo alegre del sol de abril que se colaba por los ventanales del aparcamiento y pensó en el contraste con sus oscuros y deprimentes pensamientos.
—Enseñé historia antes de convertirme en directora de escuela en St. Gert, y…
—¿Directora?
—Sí, y…
—¿Vas por el mundo llamándote eso? ¿Directora?
—Es lo que hago.
Él pareció infinitamente divertido.
—Sois increíbles, los británicos sí que ponéis títulos picantes a vuestros trabajos.
Si otro americano la hubiera ridiculizado así, se habría reído, pero algo acerca de su manera de decirlo hizo que ella pareciera tan almidonada como Helen Pruitt, la maestra de química.
—Sea como fuere. . . —hizo una pausa cuando la congestionada frase hizo eco en sus oídos. Sonaba como Helen Pruitt—. He estado trabajando en Lady Sarah Thornton, una inglesa que viajó por Texas en 1870. También era una chica del St. Gert. El trabajo está casi hecho, pero necesito el acceso a varias bibliotecas de aquí para terminarlo, y ya que tenía un descanso entre la primavera y el verano, parecía el momento oportuno para este viaje. Francesca le recomendó como mi guía, y señaló que cincuenta dólares al día pagarían por sus servicios.
—¿Mis servicios?
—Como mi guía —repitió ella—. Mi chófer.
—Ajá. Pues bien, es una suerte que solo sea eso, pensaba que podrías querer algo más, en cuyo caso cincuenta dólares apenas lo cubrirían.
Todavía parecía divertido, aunque ella no sabía por qué.
—Le necesito como chófer. Además de Dallas, tengo que visitar la biblioteca de la Universidad de Texas, y…
—¿Chófer? ¿Eso es todo?
Eso no era todo, pero ahora no era el momento de mencionar que también necesitaba que la iniciara en el lado más caliente de la vida de Texas.
—Este es un estado grande.
—No. Me refería a mis otros servicios.
—¿Qué otros servicios ofrece?
Él sonrió abiertamente.
—Digamos que, comenzaría con el paquete básico, y luego podíamos hablar de extras.
Con sus fondos limitados, le miró con incertidumbre.
—Siempre es mejor aclarar las cosas desde el principio, ¿no está de acuerdo?
—Creo que está claro por ahora.
Él se movió hacia el lateral del coche y le abrió la puerta para que entrara.
—Me pagas cincuenta dólares al día por ser tu chófer durante dos semanas.
—Tengo una lista.
—Sí, apuesto que la tienes. Recoge la falda —cerró de un golpe la puerta, y entró por el otro lado—. Podrías ahorrarte dinero, comprando un par de “mapas de rutas” y utilizando transporte público.
Él cerró la puerta y metió la llave en la ignición. El interior espacioso del coche olía a dinero, y la imagen del Duque de Beddington brotó en su mente. Ella la apartó a la fuerza.
—Prefiero el coche —dijo ella.
—Todo el mundo de más de catorce años prefiere el coche —girando la cabeza hacia atrás, empezó a salir del estacionamiento, y se dirigió a la salida—. ¿Cuánto hace que conoces a Francesca?
Él entró sin problemas en la autopista.
Ella no retiraba los ojos del velocímetro del Cadillac, que desde su posición ventajosa, parecía subir a una velocidad alarmante. Se obligó a convertir las millas en kilómetros.
—La conocí hace varios años cuando su productor visitó St. Gert para realizar un programa con actores británicos para “Francesca Today”. Disfrutamos de nuestra mutua compañía, y hemos seguido en contacto desde entonces. Planifiqué la visita pensando que ella estaba aquí, pero parece que se han mudado a Florida.
Sus planes volaban también a Florida, pensó Kenny. Comenzaba a sospechar que Francesca sabía exactamente el problema que le provocaría Lady Emma y lo había hecho deliberadamente.
—Acerca de sus honorarios. . . —Lady Emma parecía preocupada mientras miraba alrededor—. Éste es un coche tan grande. Sólo el gasto en gasolina debe ser prohibitivo.
Una arruga pequeña se formaba en su frente, y ella comenzó a mordisquearse el labio inferior. Él deseó que no lo hiciera. Era un incordio. Ella era una molestia infernal en el momento que abría la boca, y juraba por Dios que la próxima vez que apuntara a algo con su paraguas, iba a romperlo en dos. Ver esa húmeda boca de doscientos dólares la hora trabajando había hecho que se preguntara como iba a sobrevivir estas siguientes dos semanas.
En la cama.
La idea se abrió de pronto como una pequeña explosión en su cabeza y allí se quedó. Sonrió. Éste era el tipo de pensamientos que le habían hecho campeón en tres continentes. La mejor manera para evitar matarla era ponerla desnuda tan pronto como fuera posible.
Preferentemente en los siguientes dos días.
Entrar en ella tan rápido sería un buen desafío, pero Kenny no tenía nada mejor que hacer, así que se pondría en ello. Pensó en los cincuenta dólares por día que ella le pagaría, luego recordó los tres millones que recogería en contratos comerciales este año y sonrió. Era la primera vez en los últimos días que sonreía por asuntos de dinero ya que su fraudulento director comercial había conseguido meter a Kenny en el escándalo que había conducido a su suspensión en el circuito de profesionales.
Su sonrisa se convirtió en un ceño fruncido al imaginar la reacción divertida de Francesca cuando Lady Emma le había ofrecido su retribución de cincuenta dólares, e incluso la increíble diversión cuando decidió pasarle esta delicadeza particular a Kenny. Nunca dejaba de asombrarle que un bastardo de corazón pedregoso, con un aspecto tan controlado como Dallie Beaudine tuviera una esposa así. La única mujer a la que alguna vez había querido Kenny había sido su madre. Aunque casi le arruina la vida, le había enseñado lecciones que nunca había olvidado, y desde entonces hacía todo lo posible porque una mujer no llevara las riendas de su vida.
Recorrió con la mirada a Lady Emma con sus rizos color sirope, mejillas de muñeca de porcelana, tan llena de rosas, y cerezas. Había manipulado a las mujeres en su vida adulta, y nunca dejaba que olvidaran el lugar en su vida.

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