Capítulo 1

 

Debes hacer las cosas que crees que nunca podrás hacer.

– Eleanor Roosevelt

 

1

A Cornelia Litchfield Case le picaba la nariz. Tenía una nariz muy elegante. Perfectamente formada, discreta, educada. Su frente era patricia, sus pómulos graciosamente esculpidos, pero no tan afilados como para parecer vulgar. La sangre azul de los que habían llegado en el Mayflower corría por sus venas dándole un pedigrí más fino que a Jacqueline Kennedy, una de sus más famosas predecesoras.

Llevaba el pelo recogido en un moño francés, su pelo largo, común y corriente, que se hubiera cortado años atrás si su padre no se lo hubiera prohibido. Más tarde su marido había sugerido muy amablemente, porque él siempre le hablaba con mucha cortesía, que no se lo cortara nunca. Así pues allí estaba, una aristócrata americana con un peinado que odiaba y picándole una nariz que no podía rascarse porque centenares de millones de personas en todo el mundo la observaban en sus televisiones.

Enterrar a un marido seguramente no era la mejor diversión.

Se estremeció y trató de tragarse la histeria mientras cada vez era más profunda la sensación de que iba a derrumbarse. Se obligó a concentrarse en la belleza de ese día de octubre y en cómo brillaba el sol sobre las filas de tumbas del Cementerio Nacional de Arlington, pero el cielo estaba demasiado cerca, y el sol también.

Aun sentía como si la tierra fuera a abrirse bajo sus pies para tragársela.

Había hombres rodeándola por todas partes. El nuevo Presidente de los Estados Unidos la agarraba del brazo. Su padre la sujetaba por el codo. Justo detrás de ella, la pena de Terry Ackerman —consejero y mejor amigo de su marido— la engullía en una oleada grande y oscura de dolor. La asfixiaban, robándole el aire que necesitaba para respirar.

Dejó escapar un gemido y encogió los dedos dentro de las botas negras de cuero, mordiéndose el interior de la mejilla mientras sonaban los acordes de “Goodbye Yellow Brick Road”. Esa canción de Elton John le recordó que el propio Elton había escrito otra canción, para una princesa muerta. ¿Habría escrito ésta para un Presidente asesinado?

¡No! ¡No pienses sobre eso! Piensa en el peinado, en el picor de la nariz. Pensaría en que no había podido tragar bocado desde que su secretaría le había dado la noticia del asesinato de Dennis, a tres manzanas de la Casa Blanca a manos de un fanático de las armas de fuego, que no había sentido ningún reparo en utilizarlas contra el mismísimo Presidente de los Estados Unidos. El asesino había sido abatido en el acto por una oficial de policia de Washington, D.C. Pero eso no cambiaba el hecho de que su marido desde hacía ya tres años, el hombre que una vez había amado desesperadamente, yacía ante ella en un brillante ataúd negro.

Se desprendió de la mano de su padre para levantar la mano y tocar la esmaltada bandera americana que había prendido en la solapa de su traje negro. Era el alfiler que Dennis llevaba puesto con tanta frecuencia. Se lo daría a Terry. Lamentaba no poder girarse ahora y entregárselo para mitigar su pena.

Necesitaba pensar en algo positivo, pero era difícil incluso para una optimista convencida. Hasta que pensó en que…

Ya no era la Primera Dama de los Estados Unidos.

****

Unas horas más tarde, cualquier pequeña esperanza de poder disfrutar de algo de comodidad, le fue arrebatada por Lester Vandervort, el nuevo Presidente de los Estados Unidos, mientras la miraba sobre el viejo escritorio de Dennis en el despacho Oval.

La caja de bombones Milky Way que su marido tenía guardada en el humidor de Teddy Roosevelt había desaparecido, así como todas sus fotos. Vandervort no había añadido ningún toque personal, ninguna foto de su difunta esposa, un descuido que suponía que su personal pronto corregiría.

Vandervort era un hombre delgado, de apariencia ascética. Ferozmente inteligente, casi sin sentido del humor y reconocido adicto al trabajo. Un viudo de sesenta y cuatro años que se había convertido en el soltero más codiciado del mundo. Por primera vez desde la muerte de Edith Wilson, dieciocho meses después de la investidura de Woodrow Wilson, los Estados Unidos no tenían Primera Dama.

El aire del despacho Oval estaba controlado por un climatizador, la ventana de tres hojas de detrás del escritorio tenía cristales antibala, y ella comenzaba a sentir que se axfisiaba. Se apoyó en la chimenea, clavando los ojos ciegamente en el cuadro que Rembrandt Peale había pintado de Washington; la voz del nuevo Presidente parecía venir de muy lejos.

— … no quiero parecer insensible ante la pena que debes sentir sacando a este tema a colación en este momento, pero no tengo alternativa. No me volveré a casar y ninguna de mis familiares sería ni remotamente capaz de ejercer de Primera Dama. Quiero sigas siéndolo tú.

Mientras le contestaba, clavó las uñas en las palmas de las manos.

—Es imposible. No puedo hacerlo. —Quiso gritar que estaba cansaba y ni siquiera se había cambiado la ropa del entierro, pero no mostraba ni emociones ni sentimientos desde mucho antes de llegar a la Casa Blanca.

Su distinguido padre se levantó de un canapé tapizado en damasco blanco y rosa y asumió la postura Principe Phillip, colocando las manos por detrás de la espalda, balanceándose un poco sobre los talones.

—Hoy ha sido un día difícil para tí, Cornelia. Verás las cosas más claras por la mañana.

Cornelia. Todos los que le importaban la llamaban Nealy salvo su padre.

—No voy a cambiar de idea.

—Por supuesto que lo harás —dijo—. Esta Administración tiene que tener una Primera Dama competente. El Presidente y yo hemos considerado cada detalle, y los dos estamos de acuerdo, será lo mejor.

Normalmente era una mujer positiva, pero en lo que refería a su padre, tenía que tomar fuerzas para desafiarlo.

—¿Lo mejor para quién? Desde luego no para mí.

James Litchfield la miró de esa manera sobreprotectora que usaba para controlar a la gente desde hacía tanto tiempo como podía recordar. Irónicamente, tenía más poder ahora como presidente del Partido que el que había tenido durante sus ocho años como Vicepresidente de los Estados Unidos. Su padre era el primero que había visto el potencial presidencial de Dennis Case, el atractivo gobernador soltero de Virginia. Cuatro años atrás, había culminado su reputación como descubridor de líderes escoltando a su hija por el pasillo de la Iglesia para que se casase con ese mismo hombre.

—Soy consciente de lo traumático que ha sido todo para tí —continuó él—. Pero eres el enlace más visible entre Case y la Administración Vandervort. El país te necesita.

—¿No querrás decir que el Partido me necesita?

Todos sabían que la falta de carisma personal de Lester había dificultado que fuera candidato a Presidente desde el Partido. Aunque era un político capaz, carecía siquiera de un poco del carisma que tenía el Presidente Dennis Case.

—No pensamos sólo en la reelección —mintió su padre con ligereza—. Pensamos en los ciudadanos americanos. Eres un símbolo importante de estabilidad y continuidad.

Vandervort habló enérgicamente.

—Como Primera Dama, conservarás tu oficina y personal. Me aseguraré que tengas todo lo que necesites. Tómate un mes para recuperarte en casa de tu padre, en Nantucket, y luego irás adaptándote de nuevo al programa, comenzando con una recepción de gala para el cuerpo diplomatico. Mantén libres las últimas semanas de Enero para la Cumbre del G-8, y posteriormente tendríamos que viajar a Sudamérica. Todo está ya en tu programa, así que no tendrás problemas —dijo finalmente, acordándose que ella debía estar al tanto de todo eso, pues había planeado hacerlo junto a su carismático marido de pelo dorado. Dejando caer la voz, añadió tardíamente—: Sé que son momentos difíciles para tí, Cornelia, pero el Presidente habría querido que lo hicieras, y estar ocupada te ayudará a aliviar el dolor.

Bastardo. Quiso llamárselo a voz en grito, pero era hija de su padre, y desde su nacimiento había sido entrenada para silenciar sus emociones. Por eso no lo hizo. Solamente, miró al hombre firmemente.

—Es imposible. Quiero recuperar mi vida. Me lo he ganado.

Su padre se acercó, pisando la alfombra oval con el logo presidencial, robándole aún más el oxígeno que necesitaba para respirar. Se sintió encarcelada, y recordó que Bill Clinton una vez había llamado a la Casa Blanca La Joya de la Corona de la seguridad nacional.

—No tienes niños a los que cuidar, ni profesión que ejercer —dijo su padre—. No eres egoísta, Cornelia, y has sido educada para cumplir con tu deber. Después de que pases un tiempo en la isla, te sentirás mejor contigo misma. Los ciudadanos americanos cuentan contigo.

¿Cómo había ocurrido? Se preguntó ella. ¿Cómo había logrado convertirse en una Primera Dama tan popular? Su padre decía que era porque el país la había visto crecer, pero ella pensaba que era porque había sido adiestrada desde niña a actuar ante el público sin cometer errores.

—No tengo tirón popular —dijo Vandervort con la brusquedad que frecuentemente había admirado en él, si bien le costaba votos—. Tú me lo puedes proporcionar.

Vagamente se preguntó qué habría hecho Jacqueline Kennedy si LBJ hubiera sugerido algo así. Pero LBJ no había necesitado a una Primera Dama. Estaba casado con la mejor.

Nealy también pensaba que ella misma se había casado con lo mejor, pero no había resultado así.

—No quiero hacerlo. Me he ganado vivir mi vida.

—Perdiste ese derecho cuando te casaste con Dennis.

Su padre estaba equivocado. Había perdido ese derecho el día que nació siendo la hija de James Litchfield.

Cuando tenía siete años, bastante antes de que su padre se convirtiera en Vicepresidente, los periódicos de la nación habían contado con todo lujo de detalles como había regalado sus huevos de Pascua a un niño en silla de ruedas que se encontró en los jardines de la Casa Blanca. Los periódicos no contaron, sin embargo, que fue su padre, entonces senador de los Estados Unidos, quien le había susurrado al oído que debía regalarle los huevos, ni cómo había llorado después porque no había querido dárselos.

A los doce, con una brillante sonrisa en la cara, la habían fotografiado sirviendo cereales con leche en un comedor para pobres de Washington D.C. A los trece, se había manchado la nariz con pintura verde mientras ayudaba a rehabilitar una residencia para la Tercera Edad. Pero su popularidad había llegado a lo máximo cuando la fotografiaron en Etiopía a los dieciséis años sosteniendo a un desnutrido niño medio muerto entre los brazos con lágrimas de furia resbalando por sus mejillas. La foto había sido portada en el Times y la había denominado el símbolo de la compasión de América.

Las paredes azul pálido se le caían encima.

—He enterrado a mi marido hace menos de ocho horas. No discutiré sobre esto ahora.

—Por supuesto, cariño. Podemos terminar de prepararlo mañana.

Por fin. Había logrado tener seis semanas de soledad, pero después volvería de nuevo a trabajar, haciendo aquello para lo que había nacido, lo que América esperaba de ella. Ser la Primera Dama.

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