Las Sauces de Mar

Las Sauces de Mar

 

suthunbelles
Sugar Beth había concebido la idea de las Sauces del Mar cuando tenía once años. Había elegido aquel extraño nombre por un sueño que había tenido, aunque ya ninguna de ellas recordaba de qué iba. Las Sauces del Mar sería un club privado, les había anunciado, el club más divertido de la historia para las chicas más populares del colegio que, por supuesto, habría de elegir ella misma. Esencialmente, había hecho un buen trabajo y, transcurridos más de veinte años, las Sauces del Mar seguían siendo el club más divertido de la ciudad.
Sureñas de pura cepa, las Sauces del Mar se vestían en toda regla para reunirse, es decir, se pasaban la primera parte de todos sus encuentros comentando la ropa que llevaban. Ése era el legado que habían recibido de unas madres que se ponían medias de seda y tacones altos para ir hasta el buzón de correos. Winnie, no obstante, no era una Sauce del Mar y, a pesar de las regañinas de su madre, le había costado más tiempo que a las demás descubrir cómo adecentar su aspecto.

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Heidi Dwyer —ahora Pettibone— aún tenía sus grandes ojos color avellana y el cabello rojo, rizado y rebelde. Un osito de plata de ley colgaba de una cadenilla alrededor de su cuello, y su jersey rojo vivo estaba adornado con un racimo de cometas que ondeaban a la brisa de marzo. Sugar Beth imaginó que debía de tener una cómoda repleta de jerséis apropiados para toda estación y ocasión festiva. En los viejos tiempos, Heidi hacía la ropa para sus Barbies.

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Leeann saludó con la mano a alguien que estaba en el salón. Había sido la primera amiga de Sugar Beth. Se habían conocido en el parvulario, donde, según contaban sus madres, Leeann había intentado arrebatarle un teléfono de juguete a Sugar Beth y ésta se lo había estampado en la cabeza. Cuando Leeann rompió a llorar, Sugar Beth hizo lo propio y luego le dio su nuevo reloj de Miss Piggy para calmarla. De todas las Sauces del Mar, Leeann fue la que se sintió más traicionada cuando Sugar Beth les dio la espalda para quedarse con Darren Tharp.

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Sugar Beth entró en el salón con una bandeja de canapés y un puñado de servilletas de papel. Las Sauces del Mar irguieron las cabezas, aves de presa al acecho de su víctima. Estaban reunidas aparte, dejando que sus mandos cuidaran de sí mismos. Winnie, la vieja reproba convertida en su actual líder, brillaba entre ellas tanto como los diamantes que lucía. Bebió un sorbo de vino de su copa. Ni fingía ignorar la presencia de Sugar Beth ni la miraba fijamente, como hacían las demás.

—Bueno, bueno. —Leeann frunció el entrecejo, decepcionada por no haber conseguido reacciones más intensas—. Sigue siendo una malcriada.

Heidi estiró el cuello para poder ver a Sugar Beth en el bar.

—¿Habéis visto su cara cuando Leeann le dio la copa de Winnie? No sé vosotras, pero ésta es la velada más divertida de mi vida.

Amy parecía preocupada.

—Quizá no debamos divertirnos tanto.

—Pásatelo bien —replicó Merylinn—. Mañana pedirás perdón en la iglesia.

—Nos borró de su vida de un plumazo —recordó Heidi—. En el instante en que pisó la universidad, nosotras dejamos de existir para ella.

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—Winnie, sal de la habitación mientras votamos.

—¿Votar?

Sugar Beth la miró con altivez.

—¿Quieres ser una Sauce del Mar en toda regla o no?

Winnie le devolvió la altivez punto por punto.

—¿No os parece que ya somos mayorcitas para estas chiquilladas?

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—¿No ha llegado ya el momento de encender la vela de la iniciación?

—Aún no. —Sugar Beth arqueó una ceja calculadora—. Queda una cosa por hacer…

Amy se levantó del sillón y dijo:

—No. Eso no lo haremos.

—Es necesario para que Winnie sea oficialmente una Sauce del Mar —repuso Sugar Beth.

—Madre mía… —Merylinn echó la cabeza atrás y soltó una risotada.

Leeann gruñó.

—No debí comer tanto chocolate.

—De acuerdo, pero no se lo diremos a nadie —dijo Heidi—. Ya sabes cuánto me odia mi suegra. Si lo descubre, nunca dejará de atormentarme.

—Hacer, ¿qué? —preguntó Winnie, sin estar segura de querer saberlo.

Unos momentos de silencio. Se miraron unas a las otras. Finalmente, Amy explicó con voz queda:

—Tenemos que desnudarnos y correr tres veces alrededor de La Novia del Francés.

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—… esperábamos hasta que Sugar Beth convencía a su madre de que nos dejara a todas pasar la noche aquí.

—Preferiblemente en verano, para dormir en la galería, al aire libre —añadió Heidi.

—Cuando Griffin y Diddie ya estaban dormidos —prosiguió Amy—, nos desnudábamos y corríamos en cueros alrededor de la casa.

—Nunca oí hablar de eso —dijo Winnie.

—Era nuestro secreto mejor guardado.

—Nuestro único secreto —apostilló Leeann secamente.

—Ni siquiera los chicos lo saben.

—Apenas está anocheciendo —dijo Winnie—. Y dudo que haga quince grados fuera.

Sugar Beth le sonrió.

—Entonces más nos vale correr rápido.

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Desnudas y entre risas, se reunieron delante de la puerta trasera.

—¿Todas listas? —preguntó Merylinn.

—¡Listas! —declararon.

Sugar Beth cogió el pomo y abrió la puerta de par en par.

—¡Viva las Sauces del Mar!—gritó.

Y salieron corriendo.

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Gigi contuvo el aliento cuando las mujeres reaparecieron por el otro lado de la casa, con su madre en cabeza.

—Esto es muy embarazoso.

—Lo peor es que dudo que hayan probado siquiera el alcohol —comentó Ryan.

—Yo siempre pensaba que mamá es perfecta.

—No puede evitarlo, cariño. Las mujeres del Sur nacen con el gen de la locura.

—Yo no.

Ryan suspiró.

—Tarde o temprano seguirás su camino.

Con un siseo repentino, se encendieron los aspersores del jardín y las mujeres empezaron a chillar.

—No puedo seguir mirando —dijo Gigi.

Ryan ocultó la cara de su hija contra el pecho y sonrió.

—Por la mañana fingiremos que fue un mal sueño.

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Las tardes de domingo se reunían en casa de Winnie para tomar algo, las Sauces del Mar y sus maridos, Leeann y su «media naranja». El hecho de que Leeann y Jewel fueran ya pareja estable había causado escándalo en la ciudad, pero Leeann había declarado que estaba harta de vivir una mentira y que se sentía realmente feliz por primera vez en su vida, aunque Jewel seguía negándose a formar parte de las Sauces del Mar, pero sin perderse ni una de sus reuniones.

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